PERSONAJES LAGUNEROS «Elvirita»

Por Julio Fajardo Sánchez

elvirita

Elvirita siempre iba de negro, un negro raído, desteñido, desvaído, pero negro al fin. Demasiado tiempo para ser luto y demasiado sucio para ser un uniforme de respeto. Elvirita llevaba peluca, también negra, algo desencajada; pero no importaba, porque si hubiera estado en su sitio también se hubiera notado. Sus labios, pintados y perfilados con un rojo intensivo, eran la Única nota de color en su cara blanca como la de un clown. Parecían los de una mistinguet callejera, puntiagudos, igual que los de alguna ridícula bailarina de Toulouse- Lautrec. Pero estos recuerdos livianos no eran suficientes para confundir su figura pacata de enérgica defensora de una moral decimonónica, en flagrante contradicción con los escenarios en los que ejercía su apostolado.

Sus ojos eran pequeños y vivos, empeñados en estar presentes a fuerza de un rimel bien contrastado con su cara de arroz. Con la agudeza del Teniente Colombo, escudriñaba los bolsillos de sus interlocutores, para demandar después, con diplomacia vaticana, una ayuda adecuada a las posibilidades de cada uno.

Elvirita andaba víctima de un reuma saludable: ágil y rápido, pero renqueante, con un bamboleo cadencioso provocado, con seguruidad, por conseguir el e quilibrio, como los tentetiesos, de los lastres que colgaban de sus brazos como apendices dos inmensas bolsas de contenido misterioso, por lo inservible, y un paraguas con el que nunca se protegió de la lluvia, pero al que utilizó, como estoque quijotesco, para defender con las armas, cuando fuera necesario, áquello que no podía acreditar con su palabra insistente.

Elvirita postulaba por las calles con el objeto de recaudar fondos para el mantenimiento de su albergue particular, en el que acogía una infinitud de sus perros, únicos y auténticos amigos. Se acercaban a este grado las personas que la interrogaban, en serio o en broma, para interesarse por la salud de sus animales, más inteligentes que el caballo del señor Gil.

Patrullaba las calles de su ciudad saludando a señores y plebeyos, porque, al fin y al cabo, ella era, una señora que gustaba de consumir la vida de la marginalidad. Seguro que su catecismos recaudatorio no era el mismo cuando llegaba la noche reina del café con leche; a la hora en que los olores cambiaban por culpa de los desperdicios acumulados a lo largo del día. Un penetrante aroma a borras de café, a licores derramados y a orines no degradados por el zotal, impregnaba el ambiente nocturno de Elvirita, atenta siempre a la caída de los veinte duritos. Eso contrastaba con el diálogo que podía mantener a lo largo del día con la señora lagunera, tan puesta ella. Elvirita la lisonjeaba, con un casi tú a tú, desde su abrigo raído con su estola de falso astracán; le repasaba a los miembros de su familia, haciendo alarde de una memoria prodigiosa, para rematar la jugada con una solicitud de apoyo dinerario, siempre en diminutivo para desagraviar.

Elvirita era entrañable defensora de la moral entre noctámbulos, borrachos y balas perdidas que nunca comprendieron su soledad de pan y mantequilla y que entablaron con ella duelos amagados en los que recibieron algún que otro paraguazo. Un compendio de la ciudad: del día y de la noche, de su señorío holgazán, de sus artesanos laboriosos, de sus tarambanas y de sus borrachos ilustres. Todo ello vigilado por su Cristo a quién tenía encomendada,conjuntamente con su esfuerzo, la salud de sus perros.

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