Personajes laguneros “Alberto el de las medallas”. Por Julio Fajardo Sánchez

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Alberto el de las medallas tenía una alto sentido del civismo. por eso terminó sus días convertido en el semáforo de La Laguna. como una denuncia continuada a la carencia tradicional de tales artilugios para la regulación del órden circulatorio. Tal orden puede surgir del caos controlado o del secretó pacto colectivo que fía a la intuición, la improvisación y la aplicación directa del derecho natural, la salida airosa del atasco. tal como se produce, por la imposición de la ley de la costrumbre, en la Plaza de la Estrella de París; pero en el caso de La Laguna podía considerarse más una dejación que un riesgo calculado, y una demostración de ello estaba en la especial dedicación que Alberto ponía para eficaz solución. en lo que estuviera de su mano, de un problema tan serio, tan moderno y tan inquietante.

Alberto se apostaba en esquinas estrategicas y allí ejercía de agente estampillado, avalado, ya que no poseía otros atributos que le pudieran investir de autoridad, por sus medallas de hojalata.

Algunas chapas de bebidas refrescantes, -precedente inmediato de las que usan los actuales guardacoches: interesados individuos que alternan el cuido con el descuido acompañado a la medalla de la Milagrosa o a una advocación de San Vicente Paul, colgando de su chaqueta recordando aquellas otras que predían del flamante uniforme de D. Anatolio y que hicieran escribir a Verdugo sus ingeniosos versos de:

Ayer te ví, estabas bello.
Del ombligo al cuello cien cruces,
al cinto espada;
quincalleria dorada
y seriedad de camello.
Total: nada

Pero Alberto no dedicó toda su vida a velar por el orden ciudadano ni a ejercer su especial.cortesía callejera, utilizando el original piropo de “encantadorita” cuando se dirigía a las jóvenes pipiolas que alegraban la vida universitaria de la ciudad de su época. Alberto, antes del tráfico, fue sotasacristán de la iglesia de San Agustín, la iglesia más grande, más popular, más acogedora y simpática de La Laguna. Allí ejercía su oficio devoto casi con el mismo esperpento con el que más tarde luciría su medallero variopinto. La sotana le colgaba diez centímetros sobre los tobillos, y en su declinación rabona dejaba ver unas canillas escuálidas asomando sobre unos calcetines remetidos en sus zapatos acartonados. El roquete, por contra, estaba pensado para dos tallas mayores que la suya, de tal forma que le daba el aspecto de estar embutido en una cortina de encajes; y si vestía una sobrepelliz las mangas le colgaban por debajo de la rodilla. Alberto era visible en su menester de acólito desde toda la iglesia, pues San Agustín tenía el presbiterio situado sobre una grada elevada, la de más altura de las iglesias de La Laguna, debido seguramente a su nombre original: del Espíritu Santo, imaginado en posiciones más altas que la del santo obispo de Hipona, fundador de la orden que residía en el convento-universidad adyacente al templo.

Torre del convento de S. AgustínAllí, Alberto era práctico en el manejo de las vinajeras y en el traslado de misales, aunque siempre existieron dudas sobre el riguroso latín con que contestaba al oficiante mientras ayudaba a la Santa Misa, menos mal que a los ojos de Dios el sacrificio era válido de cualquier forma porque lo que cuenta es la intención. A cambio, los Padres Paules le proporcionaban alojamiento y manutención.

Llamaba la atención su extrema seriedad. que se acentuaba al cargar la manga de la cruz, en clara competencia con Miguel el Burro descansando sobre su cabeza pelona la de la Santa Iglesia Catedral.

De estas obligaciones quedó manumitido tras el desgraciado incendio que destruyó a San Agustin, convirtiéndola en un desolado esqueleto arquitectónico que reposa como ruina romántica en el centro de La Laguna y en las acuarelas de Raul Tabares. A partir de este momento Alberto pasó a la calle, a su función ciudadana; más importante, si cabe, que la de Paco Zuppo, en la vecina Santa Cruz, que, por menos, fue condecorado por su Ayuntamiento. El pobre Alberto murió después de muchos años de entrega al servicio público sin que el Ayuntamiento hiciera algo para convertir en realidad alguna de las medallas que lucía sobre el pecho; pese a la suplencia que realizaba, con el desinterés y altruismo propios de su alma buena, disfrazada de severa seriedad cuando intentaba imponer rabioso sus ordenes tajantes a conductores y peatones, con más energía que la de los agentes de la autoridad pero rematando la jugada con una sonrisa amable, inusual en quien lleva uniforme en lugar de las ingenuas medallas de Alberto, que en gloria esté.

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