Los vinos finos no tienen crisis ni les afectan las campañas antialcohol

Mientras el sector del vino encadena malas noticias año tras año, hay un rincón del mercado donde la palabra crisis no ha llegado a pronunciarse. Basta mirar las cuentas de las bodegas más caras y más conocidas de España para comprobar que el vino que se vende por su nombre, y no por su precio, vive en otro planeta.

Los datos del conjunto son conocidos y no invitan al optimismo. El Informe Sectorial 2026 sobre el Vino de AgroBank y Agrifood Comunicación recoge que el consumo en el mercado nacional fue de 9,1 millones de hectolitros entre julio de 2025 y junio de 2026, un 7,2% menos que en los doce meses anteriores, aunque todavía por encima del mínimo histórico de 8,8 millones registrado en lo peor de la pandemia.

Los últimos datos del INFOVI empeoran el cuadro: el mercado interior se situó en 8,96 millones de hectolitros en el interanual a julio de 2026, un 8,1% menos que un año antes.

Fuera tampoco hay alegrías: 2025 fue el cuarto año con descenso del volumen exportado de vino, que bajó por segundo año consecutivo de los 20 millones de hectolitros. Y el problema no es solo español, porque el consumo mundial cayó en 2025 hasta unos 208 millones de hectolitros, un 2,7% menos que en 2024 y cerca de un 14% por debajo de 2018.

Ahora miremos a la cúspide. Vega Sicilia cerró 2024 con cifras récord en ventas, beneficios y precio medio por botella. Comercializó 321.219 botellas, un 14% más que el año anterior y la cifra más alta desde 2018; su ebitda creció un 43%, hasta 33,5 millones, y el beneficio antes de impuestos un 72%, hasta 42,7 millones. Y lo hizo subiendo precios: las botellas se encarecieron un año más, siguiendo la estrategia que la bodega aplica desde hace ocho años.

Lo más llamativo para quien piense que el consumidor español ha dado la espalda al vino es que el mayor crecimiento se produjo en el mercado nacional, donde vendió un 31% más de botellas. En el conjunto del grupo, Pablo Álvarez explicaba que en 2024 se cerró con una facturación en torno a los 90 millones de euros.

Pago de Carraovejas es la otra cara del mismo fenómeno. Su vino principal es, año tras año, uno de los más demandados en tiendas especializadas, y la bodega ha sido reconocida entre las 20 mejores del mundo por el ranking World’s Best Vineyards 2025.

Mientras el discurso general habla de arranque de viñedo, excedentes y destilaciones, estas casas hablan de nuevas bodegas, de añadas agotadas y de cupos.

consumo vino

¿Por qué ocurre esto?

Porque el comprador de un ‘Único’ o de un ‘Cuesta de las Liebres’ no toma una decisión de consumo, sino de afición, de celebración o de coleccionismo. No bebe más o menos por un mensaje sanitario, ni cambia de hábitos por una etiqueta de advertencia.

Su botella tiene más que ver con un reloj o con una mesa en un restaurante con estrella que con el vino de diario. Es un bien de lujo, y los bienes de lujo tienen sus propias leyes: escasez, marca, prestigio y una demanda que resiste mucho mejor que la del gran consumo.

Conviene, eso sí, no caer en la euforia. Los vinos finos, los Fine Wine, no son inmunes a todo. El mercado internacional de reventa ha sufrido una corrección seria: el índice Liv-ex 100 cayó un 24,7% en cinco años tras el pico alcista, aunque en la última década acumula una subida del 34,1%, y en 2026 los precios han seguido estabilizándose.

Lo que ha castigado a ese segmento no han sido las campañas antialcohol, sino los tipos de interés, la retirada de China y los aranceles. Y hay otra señal que no debe pasar desapercibida: entre enero y abril de 2026, el vino con DOP envasado perdió un 9,4% en valor. Es decir, la gama media con denominación sí está sufriendo. La resistencia es de los iconos, no de todo lo que lleva contraetiqueta.

Y aquí llega la pregunta incómoda. Si los grandes vinos no notan el efecto de las campañas antialcohol, ¿está acertando el sector al poner tanto empeño en rebatirlas?

Para este tipo de vinos, la respuesta es sencilla: esa batalla no es la suya. A Vega Sicilia o a Carraovejas no les va a mover las ventas un debate sobre la dosis segura de alcohol. Sus riesgos son otros: el relevo generacional de su cliente, los aranceles, el cambio climático y el techo de precios que el mercado esté dispuesto a pagar.

Para el conjunto del sector, la respuesta tiene más matices. Las organizaciones han ido corrigiendo el tiro. La OIVE reclamó a las administraciones que no se demonice el vino, al que presenta como motor económico con un valor añadido bruto de 22.350 millones de euros y 386.110 empleos, buena parte en el medio rural, y lo ha hecho con un lema bien elegido: “Menores ni una gota, pero no penalices al resto de consumidores y al sector del vino”.

Su campaña #VidaConModeración reivindica el lugar del vino en la cultura mediterránea y defiende el consumo moderado como la única forma posible de disfrute. Eso es mucho más inteligente que discutir la evidencia sanitaria punto por punto, un terreno en el que el vino tiene más que perder que ganar ante la opinión pública.

Defender al sector ante regulaciones desproporcionadas es legítimo y necesario. Pero pensar que la caída del consumo se explica por la presión antialcohol es confundir el síntoma con la causa. Todo esto podría hacernos reflexionar sobre que el problema de fondo es generacional y cultural.

Lo muestran los propios datos del panel de hogares: las parejas jóvenes sin hijos apenas representan el 2,7% del volumen, con 3,1 litros per cápita, y las parejas con hijos pequeños se quedan en 1,7 litros por persona. Esos jóvenes no han dejado el vino porque la Organización Mundial de la Salud (OMS) les haya convencido, sino porque nunca se lo hemos sabido contar ni poner a su alcance.

La lección de los vinos finos es precisamente esa. Ganan quienes han construido un relato, una marca, un territorio y una experiencia que el consumidor quiere vivir, no quienes se dedican a responder a sus críticos.

Porque el futuro del vino no pasa por beber más, sino por beber mejor. Y en eso, los de arriba nos llevan años de ventaja.

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