Libros de verano para gente que le guste leer y conocer La Laguna: «Las Antiguas Calles de La Laguna». Por Carlos García

La presentación del libro en una tarde de otoño de 1996 en el Palacio de Lercaro. De izquierda a derecha don Julio Torres, don Enrique Rumeu Palazuelos, don Elfidio Alonso, don Carlos García, don Fernando Clavijo y don Juan Manuel Castañeda.
Pare comenzar con esta sección que mejor que uno de los libros de Carlos García, amigo y colaborador habitual de este periódico, Las Antiguas Calle de La Laguna. Les invitamos a leer el prólogo:
Por Enrique Rumeu Palazuelos
Conde de Bárbate
Carlos García, nacido en Santa Cruz de Tenerife, médico e investigador de los hechos históricos de la isla, nos invita con las noticias que incluye en las páginas que siguen, y a las que sirven de modesta introducción estos comentarios, nos invita repito, a hacer un a mi entender, delicioso e instructivo paseo por las calles de La Laguna. De una ciudad que nació de improviso, según dice él, con acierto, en un lugar que era de paso, pero que reunía óptimas condiciones para convertirse en habitáculo de seres que llegaban de muy lejos, y con nuevos modos y costumbres.
Alonso Fernández de Lugo decidió establecer aquí una ciudad capital, con condiciones contradictorias a las que ofrecía el lugar de Santa Cruz de Tenerife, naciente también.
Los paisajes de Agüere la situaban en un buen nudo de comunicaciones para los futuros poblados del norte; en su valle había abundancia de aguas y madera para las construcciones, y estaba también lo suficientemente apartada de las costas para evitar el peligro directo de los piratas, que eran en aquellos años un peligro, según se demostró luego en Santa Cruz.
La villa, luego ciudad de San Cristóbal de La Laguna, creció con enorme vitalidad desde sus primeros años, y después se estancó en su desarrollo. Por eso era fácil aún, en el siglo XIX establecer un triángulo histórico, cuyos vértices se situaban en tres templos. El convento de Santo Domingo a la entrada de la población por el camino de Santa Cruz; el de San Miguel de las Victorias, sede del Santo Cristo, v en la parte alta; y el de la iglesia matriz de Nuestra Señora de la Concepción, cercana a la antigua charca o laguna, que caracterizó el panorama.
El trazado de las vías fue casi regular en la entonces reducida zona central. Un cuadriculado de horizontales y verticales. Su espina dorsal la calle que va desde la plaza a la iglesia, o calle de la Carrera: con sus paralelas de los Herradores, por un lado, y por el otro, las Piteras (Bencomo) y Real o Sancti Spíritu (San Agustín), y del Jardín (Anchieta). Cortándolas en escuadras, las del Agua, del Pino, Los Álamos, Juan de Vera y del Piche.
No ocurrió lo mismo en la parte alta de la población, la que se conoció Villa de Arriba, en la que como señala muy bien Carlos García, se construyó más caprichosamente. Tal empuje en la construcción ha aumentado desde comienzos del siglo con acentuada progresión en estos años, lo que ha obligado a nuevas denominaciones para las vías resultantes.
Por este entresijo de calles y plazas es por el que nos va a hacer caminar Carlos García, mientras leamos las páginas de su trabajo. Se ha servido de planos antiguos, de actas municipales y de libros técnicos, con los que ha desentrañado los nombres originales de cada rúa, y las ha relacionado con la pequeña historia de La Laguna según se puede observar en el recorrido que nos propone. En ocasiones, la denominación inicial, era el nombre de una persona o el de una posición, calle de las Quinteras y calle del Remojo.
Son estos nombres los que enlazan la situación urbana con la histórica, que a veces nos deja con una incógnita; ¿Quiénes fueron las Quinteras? ¿Quién fue el dueño del Tambor de tanta resonancia como para dar su nombre a una calle? ¿Y el Tejar de Moreno? O bien, ¿quién fue la Encantada? ¿El Tizón? ¿La Rosada? ¿Dónde estaba la Higuera, el Laurel el Ciprés, el Peral?
Por estos caminos callejeros en los que late la secuencia histórica de La Laguna, ciudad cercana ya al Quinto Centenario de su fundación, nos va a llevar Carlos García. Con él sabremos más del desarrollo urbano y de la variación de los nombres de sus calles que se basará casi siempre en un episodio. Habremos de pensar que no han sido ni son espacios muertos, sino arterias vitales, por las que han pasado miles y miles de antepasados y en las que han ocurrido cientos de sucesos que han jalonado la vida de La Laguna y la han glorificado o entristecido: desfiles de hombres de armas, procesiones, romerías, manifestaciones de protesta,…, un corregidor y unos soldados custodiando a los jesuitas expulsos; la muchedumbre en las procesiones de la semana santa o asistiendo en la plaza, a la decapitación de un caballero que se escapó con una monja; tal vez un duelo a muerte al caer de la noche, bajo unos álamos, entre dos enamorados de la misma dama, también la serenata romántica de un grupo de alegres trasnochadores bajo las ventanas de alguna bella lagunera…
Aunque sus nombres se modifiquen las calles están. Sus animadores seculares son las mujeres y los hombres que las recorren. Recorrámoslas nosotros a través del itinerario que con estudiada precisión nos ofrece Carlos García.

