Leyendas laguneras de otoño: Las ánimas de sor Úrsula de San Pedro y don Jerónimo de Grimón (III), por Julio Torres

III

Tras depositar el mechero de chispa en el poyete de la hornacina, la anciana se acomodó, apoyando su mano en la pared del convento, mientras gesticulaba con la otra, para enfatizar sus palabras.

  • Mi ama y don Jerónimo murieron de amor…

Apenas había comenzado su relato, con voz pausada, cuando… “¿Qué es ese sonido?”, pensé. “¿He oído crujir las vetustas maderas de un piso de tea bajo unos apresurados pasos? ¿Son mi imaginación o mis oídos los que me están jugando esta mala pasada?” Mientras estas preguntas se agolpaban en mi cabeza, la anciana reiteró…

  • ¡Se amaban tanto!

Después dejó escapar un suspiro impregnado de nostalgia. Tiritando de frío, osé preguntar:

  • Pero, ¿de quiénes me habla, señora?
  • Os hablo de mi ama, Úrsula de Soria y Rojas, que profesó en este convento de Santa Catalina de Siena, como sor Úrsula de San Pedro, enamorada de don Jerónimo de Grimón, hijo natural del dueño de la casa que ampara esos otros muros -señaló para el hoy conocido como Palacio de Nava. Por eso quisieron escapar en un viejo galeón inglés.

“Allí seremos libres ¡y podremos por fin estar eternamente juntos!”, díjome mi ama cuando terminó de susurrarme al oído, en un rincón de la arquería del claustro que creíamos alejado de oídos indiscretos y de espurias murmuraciones, el plan que ambos habían trazado.

Continuó su relato precisando que el galeón inglés estaba anclado en la bahía del puerto Santa Cruz. Al parecer, sor Úrsula de san Pedro “vistió ropajes de hombre” y se descolgó por las tapias del convento.  Pero, “¡No pudo ser!”, exclamó triste y decepcionada. Poco antes de zarpar el navío, fueron descubiertos por la justicia, cuando ya creían saborear la tan ansiada libertad.

Sor Úrsula fue entregada al prelado y devuelta al convento; don Jerónimo fue acusado de rapto de una religiosa y condenado a muerte.

  • Don Jerónimo fue ejecutado justo en la esquina de la plaza que está a vuestra espalda- señaló a la que conocemos como plaza del Adelantado. Corría la primavera del año del Señor de 1651. Aquellas “piadosas” gentes dijeron que: “En público cadalso expió su pecado de amor y de herejía”.

Y continuó relatándome cómo, cruelmente, se obligó a sor Úrsula, por sentencia, a presenciar desde la celosía del ajimez, la ejecución pública de su amado don Jerónimo.

  • ¡No fue un cobarde! ¡Ni gritó, ni gimoteó, ni lloró! Chilló la anciana, casi aullando, escupiendo espumarajos por la boca.

¡No, caballero, no! Erguido, con las manos engrilletadas y la mirada buscando a mi ama, mantuvo la cabeza bien alta hasta que el verdugo la separó de su cuerpo con un vil y certero tajo.

Terminado el ajusticiamiento, la cabeza de don Jerónimo fue clavada en una pica y expuesta en el Llano de los Ángeles (actualmente “el Adelantado”, es decir, justo frente al convento), en la plaza de los Remedios y en la de la Concepción, en la Villa de Arriba,

  • Fue para escarmiento –dijo, entre sollozos. Así mi señora, sabedora de que la cabeza de su amado estaba próxima a su celda, podría expiar su pecado una y otra vez, tantos días como duró el escarnio. ¡Canallas! ¡Cuánta crueldad!

Sor Úrsula de San Pedro fue encerrada de por vida en su celda y sólo podía presenciar los oficios religiosos a través de un pequeño vano situado a la derecha del altar mayor de la iglesia del convento, “tan pequeño que más bien parecíame un resquicio”, precisó.

  • Y por eso, sus espíritus vagan por este callejón repitiendo el momento de su huída una y otra vez, porque así hacen realidad su deseo: “¡Eternamente juntos!”, chilló más que exclamó la anciana.

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