Las parrandas en laguneras tras la celebración de la Misa del Gallo

Decían los viejos laguneros que antes la Navidad no empezaba con luces ni regalos, sino con el sonido de las cuerdas y el acordeón afinándose en la calle. Cuando el sol se iba escondiendo el 24 de diciembre, los hombres dejaban el trabajo temprano, se ponían la chaqueta buena —la única— y salían de casa con el instrumento bajo el brazo.

La parranda se armaba sola. Uno traía la guitarra, otro el laúd, alguno el acordeón que sonaba como si hablara. No hacía falta avisar: bastaba escuchar la primera copla para que los demás se fueran sumando. Cantaban villancicos aprendidos de oído, coplas viejas que ya habían cantado los abuelos y que nadie sabía quién había compuesto.

Recorrían las calles del pueblo despacio, parándose frente a las casas conocidas. Desde las ventanas salía gente a escuchar, alguien ofrecía un trago, otro un pedazo de dulce. Las risas se mezclaban con la música y el frío de la noche se olvidaba un poco.

Cuando las campanas empezaban a llamar, la parranda enfilaba hacia la iglesia. Entraban todavía cantando, con respeto pero sin solemnidad exagerada, porque así era la fe de entonces: cercana, compartida, sin silencios forzados. Esa era la Misa del Gallo, la más esperada del año, la que juntaba a todo el pueblo, incluso a los que no iban nunca.

Después, al salir, la música volvía a tomar la calle. No había prisa. La noche era larga y la Navidad apenas comenzaba. Algunos decían que mientras hubiera parranda, el pueblo seguía vivo.

Y por eso se guardaron estas fotos. Porque en ellas no solo están los rostros, sino el sonido de aquella noche, la amistad, la costumbre y la forma en que la familia aprendió que celebrar juntos era tan importante como creer.

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