La taberna «La Oficina» en los días más fuertes del verano lagunero era un remanzo de frescor. Por Julio Torres

                                                                                 La Oficina en el verano de 2008. Foto: Julio Torres.

Paseando hace unos días por la calle de Los Bolos, en La Laguna, me asaltó la nostalgia. Regresaron a la memoria el vino fino, el morcón, el jamón, el manchego curado, las garbanzas y la figura entrañable de Ramón Mario, que cada mañana, durante los abrasadores días del verano lagunero, regaba la taberna desde muy temprano para refrescar el entorno.

La Oficina fue fundada el 8 de diciembre de 1944 por Enrique Fernández Remigio y Ramón Herrera Amaya. Sus orígenes se remontan a una antigua carbonería situada en la trasera del Teatro Leal, donde, junto al carbón, se vendía el apreciado vino herreño. Sin embargo, el polvo del carbón terminaba manchando la ropa de los clientes, por lo que sus propietarios decidieron trasladar el negocio a un local más digno, a pocos pasos de la iglesia de La Concepción.

Encontrar un nombre no fue sencillo. Se barajaron varias propuestas hasta que Manuel Verdugo sugirió el definitivo: La Oficina, un nombre que acabaría convirtiéndose en un símbolo de la ciudad.

Con el paso de los años, La Oficina se transformó en una de las grandes tabernas literarias de La Laguna y en la única de su género que sobrevivió hasta el 21 de julio de 2009, fecha en la que desapareció bajo la voracidad de la pala mecánica. Con ella se perdió uno de los espacios más emblemáticos de la memoria colectiva lagunera.

Sobre sus viejas barricas, desgastadas por décadas de tertulias, apoyaron sus codos y compartieron incontables conversaciones personajes tan destacados como López Ruiz, Bonín, Nijota, Comado Bonilla, González de Mesa, Juan Oliva, Leopoldo Renshaw y hasta el propio José María Pemán. Escritores, artistas, profesores y políticos de ideologías diversas encontraban allí un terreno común: hablar de literatura, arte, poesía, política —siempre con la prudencia que imponían los tiempos— y, cómo no, del inagotable arte lagunero del chismorreo.

Porque si alguna ciudad ha elevado el comentario ingenioso a la categoría de tradición, esa ha sido La Laguna. Si algún día se escribiera una antología del chismorreo, difícilmente habría mejores cronistas que aquellos contertulios capaces de convertir una anécdota cotidiana en una obra de fina ironía. Comparada con ellos, la prensa sensacionalista inglesa parecería un simple aprendiz.

No en vano, la experiencia es la madre de la ciencia, y pocas ciudades acumulan tanta práctica en ese arte de conversar como la Muy Noble, Leal, Fiel y de Ilustre Historia, Episcopal y Universitaria Ciudad de San Cristóbal de La Laguna, Patrimonio de la Humanidad.

Muchos consideran que uno de los clientes más ilustres de La Oficina fue José María Pemán. Sin restarle mérito al gran dramaturgo gaditano, quizá nadie representó mejor el espíritu del local que Manuel Verdugo Bartlett.

Nacido en Manila en 1877, hijo del general Federico Verdugo y Massieu y de Julia Ignacia Bartlett de Tarríus, desde muy joven mostró una extraordinaria facilidad para la poesía. Apenas contaba once años cuando ya escribía versos inspirados por uno de sus autores predilectos: Julio Verne.

Verdugo supo retratar como pocos la personalidad de La Laguna. La definió con delicadeza como la:

Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas…

Pero también descubrió la otra cara de la ciudad: la de sus tabernas, refugio del ingenio y de la conversación. Con su característico humor escribió:

Aquí está la de Tomás.
Si te parece mezquina
existen más por fortuna.
En esta triste Laguna
hay ventas en cada esquina.

Aquellas tabernas eran, para él, auténticas «clínicas de urgencia», lugares donde se curaban las preocupaciones del espíritu. Entre todas ellas, ninguna ocupó un lugar tan especial como La Oficina, a la que dedicó estos versos:

Tiene mucho de bar y de bodega
y también de colmado… Nadie llega
a definirlo de concreto modo.
Te diré con Bartrina: «no analices».
Lleva el vaso fragante a tus narices,
a tu boca después… y empina el codo.

Y quizá su composición más recordada, durante años escrita en una de las paredes del establecimiento, resumía mejor que ninguna el espíritu del lugar:

Contra la sed ardorosa,
es buena medicina
la inyección intra-vinosa;
para informes, La Oficina.

Al recordar aquellos versos es inevitable evocar el ambiente en que nacieron. En un reducido espacio se reunían hombres cultos, ingeniosos y brillantes. El vino —que entonces costaba apenas dos pesetas y media el litro—, el humo del tabaco y las interminables conversaciones creaban una atmósfera única donde el humor, la ironía y la literatura convivían con absoluta naturalidad.

Allí las musas parecían mezclarse con los vapores del vino mientras Baco presidía discretamente las tertulias. Sin perder nunca la compostura, se discutía de poesía, de libros, de arte o de la actualidad cotidiana. Manuel Verdugo entendió como pocos ese equilibrio entre el ingenio, la bohemia y la inteligencia; supo reconocer las debilidades humanas, convivir con ellas y transformarlas en inspiración.

Los versos que aún permanecían escritos en las paredes del reservado de los poetas eran mucho más que simples adornos: constituían un fragmento de la historia sentimental de La Laguna, una memoria que nunca llegó a escribirse en los libros, pero que quedó grabada para siempre en el recuerdo de quienes tuvieron la fortuna de cruzar la puerta de La Oficina.

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