La segunda quincena de agosto toca hablar de Bajamar (y III)

Montando la mesa un colaborador y patrocinador de aquellos «inventos» de Tomás Morales, el entrañable Carlos Díaz de la Rosa.

Así, Bajamar entró de nuevo en el Libro Guinness de los Récords el 12 de agosto de 1999, de la mano de Tomás Morales y su singular iniciativa: «La Pelota de Gofio». El propio Morales explicaba que la idea partía de un razonamiento sencillo: «El gofio es un alimento elaborado exclusivamente en las Islas Canarias y en seis o siete países sudamericanos, con lo cual no hay muchas posibilidades de que nos rebasen».

Para elaborar aquella Gran Pelota de Gofio y miel fueron necesarios nada menos que 5.000 kilos de gofio. Ante semejante cantidad, Tomás Morales recurrió a una «concretera» —canarismo con el que se denomina a la hormigonera—, uno de esos artilugios empleados en la construcción para amasar el cemento. También fue necesaria una cuba con 2.000 litros de leche, tanto para transportar como para poder amasar aquella descomunal cantidad de gofio.

Sin embargo, Tomás y su equipo se encontraron con un imprevisto: debido a un error de cálculo, se agotó la miel. Fue entonces cuando a «alguien» se le ocurrió sustituirla por ron miel. La solución resultó tan ingeniosa como peligrosa. Varias decenas de cajas, cada una con doce botellas de un litro de Ron Miel «Cocal», acabaron dentro de la «concretera». El resultado fue que no pocos asistentes conservaron de aquella jornada un recuerdo especialmente «memorable», en forma de dolor de cabeza provocado por el consiguiente «colocón».

De aquella singular experiencia fueron testigos numerosos habitantes de la isla que, atraídos por el intento de alcanzar el Guinness, se acercaron a Bajamar aquel día. Si las estimaciones fueron acertadas y acudieron alrededor de veinte mil personas, otras tantas pudieron degustar la mayor «pelota» de gofio realizada hasta entonces. Un auténtico «pelotazo» que, visto con los ojos de hoy, difícilmente habría superado los actuales controles de alcoholemia.

Bajamar, qué duda cabe, siempre ha tenido unas fiestas diferentes. Durante mucho tiempo, hablar de Bajamar era hablar de buen sol, veraneantes y, sobre todo, amistad. Sin embargo, el Bajamar de hoy ya no es aquel al que se refería la vieja copla:

El bajamar de los años 60, los hoteles y guaguas turísticas.

Tiene Bajamar tres cosas,
que no tiene Santa Cruz:
Zulú, el agua Mariana
y el hotel de Pepe Cruz.

Aunque hoy tenga más hoteles —y otras cosas de las que no quiero ocuparme—, Bajamar es diferente al de ayer. A pesar de ello, conserva aquello que siempre lo hizo especial: buen sol, buen mar, tranquilidad, amigos, temperaturas saludables y, sobre todo, gratos recuerdos.

Son recuerdos ligados a sus fiestas y a aquellas multitudinarias paellas; a doña Luisa Machado, a los Bordón, a Yayita Ríos y, por supuesto, a don Tomás Morales, personaje inseparable ya de algunas de las páginas más singulares de la historia festiva de Bajamar.

Hoy Bajamar lucha por mantener vivas sus propias tradiciones. Por eso se vuelca en sus festivales y en sus afamadas verbenas, celebradas en el incomparable entorno de sus noches veraniegas; en la Cabalgata del Haragán, que continúa contando con una multitudinaria participación popular; y, naturalmente, en los actos religiosos y en sus emotivas procesiones.

Son celebraciones en las que se mezclan devoción, fiesta, memoria y sentimiento de pertenencia. Porque, aunque el paso del tiempo haya transformado inevitablemente el pueblo y sus costumbres, Bajamar continúa reconociéndose en sus fiestas y en el recuerdo de quienes contribuyeron a hacerlas únicas. Y entre esas historias permanece aquella jornada de agosto de 1999 en la que miles de personas se reunieron alrededor de una gigantesca pelota de gofio, convirtiendo una ocurrencia festiva en uno de esos episodios que, con el tiempo, pasan a formar parte de la memoria colectiva de un pueblo.

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