La leyenda de Manuel «Finito», el hombre que «cargó el diablo» por desafiar a san Benito. Por Julio Torres Santos

Aunque hoy casi nadie la recuerda, una antigua leyenda sobre san Benito recorrió durante décadas los caminos, las casas y las gallanías de La Laguna. Su protagonista era Manuel Pérez, conocido popularmente como Manuel «Finito», apodo que probablemente hacía referencia a su delgada complexión. Sobre este vecino del camino El Tornero circuló, especialmente entre la gente mayor de las zonas agrícolas y ganaderas laguneras, un relato muy comentado que se extendió desde la Cruz de Marca —en La Verdellada— hasta Guamasa, y desde El Ortigal hasta Bajamar.

A principios del siglo XX, la imagen de san Benito era sacada en rogativa para implorar su intercesión ante sequías, plagas, malas cosechas y toda clase de desgracias que amenazaban a la población tinerfeña. Durante aquellos recorridos, largos y tortuosos, el santo avanzaba a hombros de sus devotos entre caminos de tierra y calles adoquinadas. Mientras el clero desgranaba monótonos rosarios y entonaba lánguidas letanías que parecían evaporarse con la calidez de la mañana lagunera, las pesadas andas avanzaban lentamente entre el fervor popular. Su enorme peso obligaba a los cargadores a relevarse una y otra vez a lo largo del trayecto, mientras el patrón de las sementeras marchaba solemne entre caminos, huertas y sembrados.

Cuando empezó a caer la noche sobre la procesión en rogativa, Manuel «Finito» cargaba las andas de san Benito entre el gentío apretado, el humo espeso del incienso y el rumor acompasado de los pies sobre el camino de tierra. Las luces vacilantes de los cirios apenas rompían la oscuridad mientras el santo seguía su lento caminar entre rezos y letanías. Según contaban, a Manuel apenas lo relevaron durante buena parte del trayecto. Poco a poco, el peso de las andas fue hundiéndole los hombros y cortándole la respiración; el sudor le corría por la frente, las piernas comenzaban a doblársele y cada paso parecía arrancarle las últimas fuerzas del cuerpo.

Llegó la comitiva a la zona de la actual plaza Doctor Olivera —la antigua plaza de La Antigua—. Manuel, exhausto y fuera de sí, lanzó una frase que heló a quienes caminaban cerca de él:
—«Para abajo te cargué, pero para arriba que te cargue el diablo; yo no te cargo más».

Aquellas palabras, pronunciadas en mitad de la procesión y ante la mirada del santo, cayeron sobre los presentes como una blasfemia imperdonable. Y la creencia popular quiso ver en lo que sucedió después el castigo inmediato a semejante atrevimiento: decían que fue el propio diablo quien cargó a Manuel de regreso.

Por entonces, los sembrados se extendían casi sin interrupción desde la trasera de la Ermita de San Benito hasta las laderas del Lomo del Púlpito. A través de aquel mar oscuro de trigales, apenas iluminado por la luna y algunas luces lejanas, aseguraban que Manuel se elevó sobre los altos sembrados, avanzando sobre las esbeltas espigas sin doblarlas siquiera, como si sus pies ya no tocaran la tierra. Quienes afirmaban haberlo visto decían que atravesó las mieses como una sombra, sin dejar rastro humano a su paso, como suspendido en el aire hasta llegar a la humilde vivienda materna.

Al alcanzar la pequeña casa terrera, entró por un angosto postigo de apenas sesenta centímetros de ancho, demasiado estrecho para el cuerpo de un hombre adulto. Dentro de la casa, según refirieron durante décadas los vecinos, Manuel comenzó a forcejear con una violencia sobrehumana. En medio del espanto de su madre y de quienes acudieron a socorrerlo, dobló con las manos uno de aquellos gruesos aldabones de hierro que servían de tranca para puertas y ventanas. Nadie creyó entonces que semejante fuerza pudiera pertenecer a un hombre corriente. Para muchos, aquella noche Manuel «Finito» ya no estaba solo: era el diablo quien murmuraba y se agitaba dentro de él.

La noticia se propagó con rapidez por toda la zona, de casa en casa y de boca en boca, alimentando el espanto y la superstición de aquellos años. Antes de que amaneciera, una comitiva encabezada por el párroco de la Iglesia de la Concepción llegó hasta la vivienda de la madre de Manuel. Entraron entre rezos apresurados y rostros desencajados, convencidos de que allí se libraba una lucha entre el bien y el mal.

Cuentan que Manuel se revolvía con violencia cada vez que intentaban acercarle un crucifijo o pronunciar sobre él las oraciones. El sacerdote y quienes lo acompañaban comenzaron entonces a rociarlo con agua bendita mientras recitaban letanías y lo santiguaban una y otra vez. A pesar de su resistencia y de los gritos con los que rechazaba cualquier objeto sagrado, lograron colocarle escapularios al cuello e incluso telas pertenecientes al terno diario de una venerada imagen mariana lagunera, reliquias humildes a las que el pueblo atribuía un poder protector casi milagroso.
Durante horas, según repetía la tradición popular, la casa quedó envuelta en rezos, sollozos y un silencio denso que parecía oprimir las paredes. Hasta que, finalmente, Manuel cayó exhausto. Fue entonces cuando los presentes creyeron que el mal había cedido y que, tras aquella larga noche de terror, el diablo había abandonado por fin su cuerpo.

No resulta casual que aquella historia terminara vinculándose al demonio. En la tradición popular católica, san Benito Abad es considerado un poderoso protector contra el maligno y las malas influencias, hasta el punto de que muchos lo tienen por «patrón de los exorcistas». Desde hace siglos, su figura aparece asociada a relatos de enfrentamientos con el diablo, a la célebre medalla de san Benito —empleada como defensa contra el mal— y a la conocida invocación «Vade retro Satana». Por eso, para la mentalidad popular de la época, la blasfemia pronunciada por Manuel «Finito» ante el santo patrón de las sementeras no podía quedar sin castigo: lo sucedido aquella noche fue interpretado por muchos como la prueba de que el maligno había acudido de inmediato a cobrarse su atrevimiento, que «el diablo lo cargó» por haberle faltado el respeto a san Benito.

Porque, como repetía la gente mayor:
—«No se juega con ningún santo; pero menos con san Benito, que es un santo muy serio».
En algunas versiones del relato, transmitidas al calor de las cocinas o en las largas noches de invierno, se añadía que varias personas

conocidas por sus rezos, remedios y saberes antiguos acudieron para auxiliar a Manuel. Entre ellas se mencionaba a Foronda, a Ignacio Alegría y a Ignacia «La Grilla», vecina de El Portezuelo, personajes envueltos ya entonces en un halo de misterio y temor reverente. El pueblo les atribuía poderes paranormales, asegurando que podían hablar con las ánimas, escuchar voces del otro mundo y percibir presencias que escapaban al resto de los mortales.
En aquellos años todavía sobrevivía en muchos rincones de la Vega lagunera la creencia en hombres y mujeres capaces de servir de puente entre este mundo y el de los difuntos. Se decía que algunos entraban en trance durante los rezos, que hablaban con voces ajenas o que recibían avisos y revelaciones de las almas errantes. A medio camino entre la religiosidad popular y las antiguas supersticiones campesinas, aquellos médiums eran buscados tanto para curar males del cuerpo como para combatir desgracias que se creían obra de fuerzas oscuras.

Decían que aquellos hombres y mujeres permanecieron junto a Manuel durante la larga noche en que el mal parecía haberse apoderado de él, rezando en voz baja, pronunciando fórmulas antiguas y enfrentándose, según la creencia popular, a aquello que habitaba en su cuerpo. Y muchos quedaron convencidos de que, gracias a sus oraciones y conocimientos secretos, lograron finalmente expulsar al maligno de su cuerpo.

Y así, la leyenda comenzó a derramarse por las casas, los campos y las gallanías de la Vega lagunera, transmitida en voz queda de boca en boca, como una advertencia maldita, alimentada por el miedo y la superstición.

Recuerdo haber escuchado este relato por primera vez en una noche de víspera de las Fiestas de San Benito. La procesión avanzaba lentamente por la calle de tierra, precedida por la Danza de San Diego y la Cruz Alzada de la Concepción, mientras el repique festivo de las campanas se confundía con el seco golpear de las castañetas y el ritmo antiguo del tajaraste. La luz vacilante de los cirios apenas lograba abrirse paso entre el humo del incienso y la oscuridad que caía sobre las casas. Y allí, entre sombras, las andas del santo parecían deslizarse sobre la multitud como una aparición solemne, suspendidas entre el fervor y la tradición.

Fue entonces cuando los susurros de la gente que me rodeaba hicieron que mi atención se centrase en uno de los cargadores de la delantera de las andas. Era un hombre muy delgado, ya castigado por la edad, con entradas pronunciadas en el cabello cano, barba mal afeitada y aquellas gruesas gafas de pasta que llevaban los mayores de entonces. Caminaba inclinado bajo el peso de las andas, en silencio, como quien cumple una penitencia antigua que nunca termina de pagarse.

Y en medio de aquella calle apenas iluminada, alguien murmuró casi en secreto, con esa mezcla de temor y respeto con la que se cuentan las viejas historias:

—«Ahí va Manuel «Finito» cargando a san Benito… Menos mal que el santo lo perdonó».

Algunas de las personas con las que he podido hablar a lo largo de los años sitúan la vivienda donde ocurrieron los hechos en el camino El Tornero, por la entrada de Cho Pancho «el Gato», donde Manuel vivió primero junto a su madre y más tarde con su esposa. Allí, entre huertas, caminos de tierra y antiguas casas campesinas, dicen que permaneció durante décadas el recuerdo de aquella noche.

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