La Laguna continúa en calma en el trigésimo octavo día de confinamiento: Hoy la lagunera calle Bencomo

El sobrecogedor silencio de las calles laguneras en estos días de confinamiento. Un silencio alque no acabo de acostrumbrarme. Hacer el trabajo en la soledad más absoluta no es nada fácil. Hoy hemos visitado la calle Bencomo.

Yo la llamaría la calle de los seis nombres, puesto que con anterioridad a calle Bencomo fue denominada calle de Moya, como resultado de la vivienda de un vecino así apedillado, Francísco de Moya; y también como calle del Consulado, por haber ocupado allí una casa, esquina a Tabares de Cala, el Real Consulado Marítimo y Terrestre. Incluso como calle de los Oficios y calle de las Piteras, sin duda así llamada por encontarse en ella un gran número de estas plantas.

Otro nombre que definió a esta calle fue el que lo identificaba como calle del Tambor. También en 1592 recibió el nombre de calle de Espinosa.

El nombre actual deriva de los hermanos Bencomo, don Cristóbal, don Pedro y don Santiago, quienes nacieron en una casa que hacía esquina, en el siglo XVIII, y quienes se hicieron célebres, además de por otras circunstancias, por costear la reedificación de la catedral lagunera.

El Rey Fernando VII le entrega a Cristóbal Bencomo la bula papal de la creación de la Diócesis. Grabado de Juan Abreu, ca. 1830.

¿Quiénes fueron los hermanos Bencomo?

Cristóbal Bencomo nació en San Cristóbal de La Laguna, en la isla de Tenerife, el 30 de agosto de 1758. Sus padres eran Francisco Braulio Bencomo y Bárbara Rodríguez Fleitas.

Tuvo otros dos hermanos: Pedro José y Santiago Bencomo y Rodríguez. Los tres fueron destacados clérigos que contribuyeron en gran medida al establecimiento de la Universidad de San Fernando (actualmente la Universidad de La Laguna), impulsaron las obras de la Catedral de La Laguna y contribuyeron a la creación del Obispado de San Cristóbal de La Laguna. Los tres hermanos eran descendientes de Kebehi Benchomo, último mencey guanche del Menceyato de Taoro. Aunque de los tres, sería Cristóbal Bencomo quién tendría un papel decisivo en la erección de la universidad y el obispado.​

Se cree que Cristóbal inició sus estudios bajo la tutela de los frailes franciscanos del Convento de San Miguel de las Victorias (actualmente el Real Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna). Debido a que no pertenecía a la burguesía española decidió estudiar la carrera eclesiástica, que era en la época la que se consideraba más fructífera junto con la militar.

Cristóbal sobresalió en los estudios de filosofía y teología, con un amplio conocimiento de la lengua y literatura latina.4 Tras terminar sus estudios, el obispo de la diócesis de Canarias, fray Joaquín de Herrera de la Bárcena le confirió en 1790, la tonsura y el título de predicador, así como el nombramiento de maestro de pajes y sagradas ceremonias. Tras esto se trasladó a Madrid, buscando mejores expectativas laborales. Allí, se dedicó al estudio de la literatura y la lengua griega.

Confesor del rey

El rey Carlos IV de España le nombró en 1793 maestro de filosofía y política de sus caballeros pajes, y posteriormente profesor de latinidad del príncipe de Asturias, con la dignidad de chantre de Plasencia. Posteriormente en 1780, Bencomo fue nombrado confesor del príncipe Fernando, con quién tendría una cierta complicidad.

Cuando Carlos IV y su hijo Fernando VII parten para Bayona a reunirse con Napoleón, Bencomo regresó por un tiempo a Tenerife hasta que en 1814 Fernando VII retornó a Madrid y reclamó la presencia en la corte de su confesor. El rey ordenó desplazar a la isla un navío de guerra con el solo propósito de trasladarlo de regreso a la corte con toda la pompa posible.

En 1815 el rey le confiere honores de miembro del consejo y cámara de Castilla y la Gran Cruz de la Real y distinguida Orden de Carlos III cuya insignia le fue puesta por el propio monarca en 1817. En este mismo año fue presentado por el monarca y preconizado arzobispo titular de Heraclea​ in partibus infidelium por el Papa Pío VII, siendo apadrinado en la consagración por el infante Carlos María Isidro de Borbón, quien le regaló un valioso pontifical.

Creación de la Universidad y el Obispado Nivariense

Cristóbal Bencomo y Rodríguez tuvo un decisivo papel en la creación de la primera universidad canaria, la Universidad Literaria de San Fernando de San Cristóbal de La Laguna (Universidad de La Laguna). Dicha institución sería creada por Real cédula en 1816. En dicho real decreto se resolvió «establecer en la Ciudad de San Cristóbal de La Laguna una Universidad con los mismos privilegios, exenciones y prerrogativas que gozan las demás de estos Reinos, y que dicha Universidad se denomine y llame Universidad de San Fernando».

Además, fue directamente el impulsor y benefactor de la creación de la diócesis de San Cristóbal de La Laguna. En 1818, en colaboración con el clero y las autoridades de Tenerife solicitó la creación de un nuevo obispado canario a la Santa Sede. El documento solicitatorio contaba con el apoyo pleno del rey Fernando VII. Era un documento llamado Instrucción de la Cámara de Castilla.​ El 1 de febrero de 1819 una bula papal aprobaba la división del obispado de Canarias en dos diócesis. Finalmente, entre febrero y diciembre de 1819 Vicente Román y Linares llevó a efecto la partición y creación de esta diócesis, ya que anteriormente la diócesis de Canarias era la que administraba todo el archipiélago. La diócesis de San Cristóbal de La Laguna engloba las islas de Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro.

Pedro José (1749-1828)

Su hermano Pedro José (1749-1828), que era canónigo de la Catedral de Santa Ana en Las Palmas de Gran Canaria se convirtió posteriormente en el primer deán de Tenerife, tras la creación de la diócesis.​ Además, Pedro José fue comisionado regio conjuntamente con Don Alonso de Nava y Grimón, para el establecimiento de la Universidad de San Fernando de la cual fue su primer rector.

Santiago Bencomo y Rodríguez (1754-1918), también fue deán de la Catedral de Santa Ana de Las Palmas y canónigo de la misma.4​ Además tuvo los títulos de caballero pensionado de la Real y la distinguida Orden de Carlos III, obispo electo de Astorga y doctor en sagrada teología.​ Existe un pasaje anecdótico en su biografía que relata que siendo canónigo de la Catedral de Santa Ana, sucedió que en 1810 se desató en las islas una epidemia de fiebre amarilla y todas las autoridades políticas, militares y eclesiásticas de Las Palmas de Gran Canaria huyeron de la ciudad y se refugiaron en el interior de la isla de Gran Canaria. Sin embargo, Bencomo se mantuvo en su puesto prestando ayuda a los afectados.

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