La festividad que celebra hoy La Orotava en la pluma de los pregoneros

Francisco Montero Galvache (De la Real Academia Hispano Americana de Cádiz) dijo de las Fiestas en 1965: “Aquello, entonces, de las Alfombras de los “pasillos” o de los “corridos”, constituye una escenografía inmortal. No hubo pintor que ataviase colores más rugientes ni claroscuros más suaves y yo diría que La Orotava, en sus fiestas famosas, es como la historia de la pintura universal vertida a los suelos, donde arenas teideanas y cañaveras auríferas forjan, labran, los cuadros más rotundos. Y todo ello, además, para que pase y pise el Santísimo Señor.

Puertas ferradas, aleros salideros, nobiísimas, prueban la permanencia de un estilo único de un modo impar de la vida. Villa entre azules, La Orotava es un puro milagro que cada día renueva su verdad y se convierte en asombro. Sus alfombras nacen de las manos de sus hombres, pero el aura y el estilo nacen de los ángeles. Y debe ser así porque cuando las vísperas va uno y a la medianoche de la Octava se queda bisojo viendo y remirando perfecciones florales no cree que la luz de la mañana siguiente pueda decir aquí está todo hecho y perfecto. Y sin embargo es así. Los ojos estarán ya ante el panorama que sólo un privilegiado entendimiento estético es capaz de elaborar. Póngasele a todo la gentileza más exquisita e inimitable; agréguele el horizonte más azul, el Teide más terso y gigante, las músicas más acariciantes, y todo en alegría, y la Villa será con nosotros.”

Y el pasado año dijo en su pregón Bosco González: “Hay dos recuerdos, grabados en mi memoria como si se tratara de experiencias trascen-dentales que, allá donde esté, me traen al presente el tiempo primero de mi vida; y son aromas ambos. Uno es el del brezo despiezado que junta las alfombras de flores convirtiéndolas en un solo tapiz y que, de niño, se metía en mis pequeñas sandalias cuando, el jueves de Corpus, hacía junto a mis padres y hermanos el recorrido vegetal, horas antes de la procesión del Santísimo. Yo decía a mi madre “mami, pincha”, porque mis pies aún no tenían la piel curtida y las ramitas convertían el paseo en un pequeño calvario. Pero, a pesar de la incomodidad, no dejaba de admirarme al ver aquellos dibujos y formas coloridas plasmadas en el suelo por las manos artistas de gente igual de corriente que yo. Luego venía la sorpresa, al finalizar la mañana o la tarde, ante la iglesia de la Concepción al contemplar lo que me decían se llamaba “andas del Santísimo” y, de repente, un halo de misterio y curiosidad me invadía sembrando la inquietud que en años posteriores despertó en mí el interés y, me atrevo a decir, la necesidad del Evangelio.

[…] Aquellos aromas primeros continúan hoy vigentes, tan vivos, tan genuinos y tan presentes como el primer día en que me 29 alcanzaron. En este momento de mi propia historia en que, además, me veo bendecido por la presencia de un ser humano íntegro y sabio: mi esposa, que, como brillante estudiosa de la filosofía y el pensamiento budista, me recuerda hasta qué punto esa tradición milenaria centra la atención en la gratitud hacia los ancestros, siento la urgencia de dar las gracias a quienes fueron las gentes de la Villa, porque, igual que del canal lo que importa es el agua, ellas y ellos fueron el cimiento de lo que soy, de lo que somos. Por eso, ahora, cada vez que llega a mí el aroma a brezo o gofio, esté donde esté, me digo “huele a la Villa”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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