GASTRONOMÍA TRADICIONAL EN TIEMPOS DE CARNAVAL (I). Carlos García

El Carnaval fue siempre, desde el principio, la fiesta del vientre por excelencia, en especial para las clases oprimidas y pobres a quienes la misma ofrecía la posibilidad de hartarse de comidas en contraposición con el resto del año en que mantenían grandes privaciones alimenticias.
Fiestas en las que el elemento alimentario constituía la mayor caracterización aparecieron con el fin de aliviar el hambre crónica de antaño, a pesar de que las mismas vinieran rodeadas de máscaras alegóricas, juegos de la cucaña y otros diferentes espectáculos.
Como ejemplo de ellas recordemos la Fiesta de la Polenta que, allá por 1222, se creó en Tosignano, cerca de Bologna, en donde un rico hacendado solicitó a los mas pudientes de la ciudad, cantidades de harina para cocinarla en la plaza pública en forma de una enorme polenta, mandándola repartir entre todo el pueblo. Lo mismo se hizo en una aldea cercana, Ponticelli, donde se repartió pasta entre los pobres.
Otras costumbres italianas nos cuentan que desde 1530 en Verona, se viene manteniendo la costumbre de repartir bocaditos de patatas en la fiesta denominada Vernedí Gnoccolare; y también es costumbre ver en los desfiles de carnaval al Fantoche llevando fiambres y pan.
Grandes comilonas se daban también entre las clases pudientes siendo famoso un libro publicado en Venecia, en 1617, donde un cocinero describe un banquete ofrecido a 54 convidados: la mesa contenía 291 platos, sin contar con 15 estatuas de azúcar que representaban a Baco, Venus y Cupido. Sin los postres, los platos servidos fueron 17, y cada uno de ellos contenía 8 o 9 manjares con un total de 145.
Los religiosos también tenían su protagonismo. De un decreto de la Facultad de Teología de París de 1444, se deduce que muchas iglesias se transformaban en tabernas en donde el clero celebraba suntuosos banquetes.
