
Plaza de la Junta Suprema de Canarias (Juegos de los Bolos). Foto La Laguna a finales del siglo XIX.
Lucen allá los aromados huertos
con sus palmeras de gallardo talle
y sus naranjos de azahar cubiertos,
y en simétricas franjas por el valle,
los trigales dorados
por lindes de amapolas separados.
La rica vid verdea en los oteros,
y enjambres de pintadas mariposas
desbórdanse por calles y senderos
como lluvia de rosas
por invisibles manos arrojada
en los brazos del aura embalsamada.
Cuanto en contorno abarca la pupila
todo es encanto y luz, sombra y matices:
resbala por la atmósfera tranquila,
con transparencias grises,
el humo que se eleva en los hogares,
como nubes de incienso en los altares
Y arriba, en el espacio,
jirones de celajes vaporosos
con tonos de carmín y de topacio
se agrupan perezosos,
como flotantes velos
suspendidos por gala entre dos cielos.
Más allá… el mar azul, cuyo horizonte
en blanca graduación se desvanece
de un monte al otro monte
su lejano rumor llega y decrece,
como si se adormiera su oleaje
en la infinita calma del paisaje…
Allí está, sin rival; del ancho seno
del que fue en otros tiempos lago umbroso
cuyo cristal sereno
sirvió de espejo al guanche valeroso
y a cuya agreste orilla los menceyes
proclamaron sus dogmas y sus leyes
surgió Aguere feliz, valle envidiable
aromado vergel, fresco y florido
rincón incomparableincomparable
que atesora el Atlántico, escondido
en su suelo nlvario:
brillante perla del edén canario.
¡Hasta el altivo Teide, ese coloso
Que de lejos admira el navegante,
Sublime y majestuoso
Eleva allá su mole y, palpitante,
Para verla a sus anchas, se abre paso
Por encima de las brumas del ocaso.
