Fotos y poemas laguneros. «Canto a Aguere». Domingo J. Manrique (1869-1934)

Canto a Aguere
Bajo un cielo de luz espleadorosa,
de fértil vega en la pendiente suave,
bañada por la Brisa cadenciosa,
aparécese Aguere en quietud grave,
cual preciado tesoro,
sobre regio tapiz de verde y oro.
Es el amanecer: los resplandorea
del sol de la mañana,
estallan en torrentes de colores
al herir su campiña soberana,
mostrándosele al alma de improviso;
como trasunto fiel del paraíso.
La sierra que domina el panorama,
medio envuelta en las nieblas transparentes
qué el aire desparrama
como un inmenso tul por sus vertientes,
eleva allá sus crestas de granito
por la ignota región del infinito.
Y abajo, en la llanura,
la ciudad que indolente se despierta,
recatando su nítida blancura
con la espesa arboleda mal cubierta,
y extiende entre el ramaje sus tejados
por el rocío matinal bañados.
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Acá sombrean las risueñas lomas, |
los brezos y rosales confundidos,
entre cuya espesura las palomas
abandonan sus nidos
para cantar su amor y su alegría
bañándose en la luz del claro día.
Lucen allá los aromados huertos
con sus palmeras de gallardo talle
y sus naranjos de azahar cubiertos,
y en simétricas franjas, por el valle,
los trigales dorados
por lindes de amapolas separados.
La rica vid verdea en los oteros,
y enjambres de pintadas mariposas
desbórdanse por calles y senderos,
como lluvia, de rosas
por invisibles manos arrojada
en los brazos del aura embalsamada.
Cuanto en contorno abarca la pupila
todo es encanto y luz, sombra y matices;
resbala por la atmósfera tranquila,
con transparencias grises,
el humo que se eleva en los bogares,
como nubes de incienso en los altares.
Y arriba, en el espacio,
jirones de celajes vaporosos
con, tonos de carmín y dé topacio
se agrupan perezosos,
como flotantes velos
suspendidos por gala entre dos cielos.
Más allá… el mar azul, cuyo borízonte
en blanca gradación se desvanece;
de un monte al otro monté
su lejano rumor llega y decrece,
como si se adormiera su oleaje
en la infinita calma del paisaje.
Allí está, sin rival; del ancho seno
del que fué en otros tiempos lago umbrosó
cuyo cristal sereno
sirvió de espejo al guanche valeroso,
y a cuya agreste orilla los Menceyes
proclamaron sus dogmas y sus leyes.
Surgió Aguere feliz, valle envidiable,
aromado vergel, fresco y florido,
rincón incomparable
que atesora el Atlántico, escondido
en el suelo nivario:
brillante pela del edén canario.
Hasta el altivo Teide, ese coloso
que de lejos admira el navegante,
sublime y majestuoso,
eleva allá su mole y, palpitante,
para verla a sus anchas, se abre paso
por cima de las brumas, del Ocaso.
