En La Laguna se le quemaban las “barbas de San Pedro”. Por Julio Torres

«Quemar las barbas de San Pedro», es como se denominaban a las quemas de las «fogaleras» de San Pedro, al igual que la de San Juan, pero con menos combustible, se hacían la noche del 28 de junio, víspera de las fiesta dedicada a los Apóstoles San Pedro y San Pablo.
En la noche oscura de esa fecha, en los barrios y pagos cercanos al casco, era llamativo ver las llamas por todas partes y escuchar a lo lejos o cercanamente «los foguetes rabones» y la alegría de los concurrentes; especialmente los niños, que eran los encargado de conseguir el combustible.
«La fogalera» de San Pedro y San Pablo
La muerte de los Apóstoles por crucifixión y decapitación se asocia de este modo, en el rito de la hoguera, con el sacrificio en la hoguera
Cada 28 de junio, después de haber recolectado y acarreado toda clase de elementos combustibles, durante los días posteriores a la celebración de San Juan, llegaba el momento culminante: los chicos de cada barrio encendían sus «fogaleras».
La «fogalera» es un rito religioso y conserva ese carácter aun cuando quienes la preparan, la encienden y la disfrutan en esa noche mágica, ignoren lo que en ese día se conmemora y celebra.
Para los cristianos, el 29 de junio es la fiesta de San Pedro y San Pablo, el primer Papa y el gran Apóstol de los Gentiles. Según la tradición, ambos fueron ejecutados alrededor del año 67, por orden de Nerón. Pedro fue crucificado cabeza abajo según su deseo, por considerarse indigno morir como su maestro. Pablo fue conducido a Ostia, y allí fue decapitado.
Ahora bien, en la religiosidad popular, los elementos de la naturaleza (el agua, el árbol, las flores, el fuego), son signos de otra realidad trascendente e inefable. El simbolismo del fuego –concretamente- tiene siempre un trasfondo religioso: expía el demonismo de las brujas, ahuyenta los malos espíritus, conmemora acontecimientos sagrados…
Esa reverencia instintiva hacia los acontecimientos de la naturaleza, propia de la religiosidad humana, ha inspirado los rituales de cambio de estación, en los solsticios y en los equinoccios. Así, al comienzo del invierno del hemisferio norte, se hacían desde la antigüedad fuegos nocturnos para intentar devolver su fuerza a un sol que día a día se mostraba más débil. Ahora bien, los cultos populares son propicios para el sincretismo. Por otra parte, el cristianismo dentro de su conmemoración anual de acontecimientos religiosos y salvíficos, integra también elementos populares y ritos de naturaleza cósmica. Por ello, el ritual cristiano asume esta antigua tradición, y en la noche más larga enciende la máxima luz de esperanza para los hombres: el nacimiento de Jesús, la Nochebuena.
Con el retorno de la primavera, en la Pascua florida, la vida vuelve a renacer; y en el primer domingo de luna llena de cada primavera boreal, los cristianos celebramos la victoria definitiva de Cristo ante la muerte: el domingo de Resurrección. Los días se van haciendo más largos, se desarrolla la vida de plantas y animales, y en la noche de San Juan (el solsticio de verano del hemisferio norte), se encienden hogueras de fiesta a la puesta del sol y hasta su nueva salida, para abolir para siempre la oscuridad.
Según la creencia popular -de corte pagano- en estas noches mágicas se produce la comunicación entre el mundo profano y el mundo sagrado. Desde nuestra duración temporal, una transitoria brecha nos permite comunicarnos con lo trascendente. Este hecho se manifiesta además en humildes milagros: confraternizan ricos con pobres, se comparte la cena con desconocidos, las niñas sueñan con quien ha de desposarlas, y las viejas enseñan los ritos que curan el mal de ojo y el empacho, cuyo poder efectivo sólo entonces puede transmitirse.
El sentido purificador atribuido al fuego, se mezcla con el rito estival (entre nosotros invernal) de la fogata de San Juan. Del mismo modo, para la misma época del año, el martirio de los santos Pedro y Pablo se confunde con las ordalías en que se quemaban presuntos cómplices del diablo. La muerte de los Apóstoles por crucifixión y decapitación se asocia de este modo, en el rito de la fogata, con el sacrificio en la hoguera. Así, en lo alto de la «fogarata» no suele faltar «el muñeco», una figura humana hecha al modo de los espantapájaros, que es quemado como expiación colectiva, o para rendir homenaje a mártires inocentes. Hasta solía atribuirse festivamente al muñeco o «machanga», la identidad de algún vecino del barrio, como signo de popularidad (o a veces de agravio).
Esta fiesta pagana y religiosa, que sigue vigente en los barrios y pueblos laguneros, es para muchos una tradición querida que enlaza con la sacralidad tan primitiva como auténtica del ritual del fuego; en definitiva, expresa el anhelo de trascendencia que -a veces sin sospecharlo- tenemos todos los hombres.
¡Viva San Pedro! ¡Viva San Pablo!
