El Valle de Las Mercedes de las primeras décadas del siglo XX
Ningún sitio en el mundo cual este valle encantador para adormecerse en la dulzura melancólica de un ambiente «amigo»; ninguno más propio para suavizar las hondas heridas del corazón. Apartado del tumulto ciudadano, entre la montaña que me dice: «asciende» y el mar infinito que me dice: «huye», las horas se van veloces, encantadas. Y el dolor lacerante baja el tono hasta el suspiro de la resignación, hasta el gemido apagado de la conformidad cristiana. Lloran conmigo dulcemente las cosas que me rodean. Manos invisibles que me acarician.

