«Cuestión de género» (I), por Fátima Hernández Martín

” La ciencia es un modo de leer la naturaleza entre líneas, de ver más allá de aquello que está a mano. Navegar fuera del sistema solar y de nuestra galaxia sin movernos de casa. Viajar al pasado del planeta y revivir en nuestras mentes el andar de animales extintos hace millones de años. Ampliar una gota de agua para contemplar la vida de diminutos seres microscópicos. Hoy en día, estos paisajes intangibles nos resultan familiares gracias a una larga historia de hallazgos e ideas científicas que empezaron hace pocos siglos y que fueron, trazo a trazo, dibujando la imagen que tenemos …”

Edelstein & Gomberoff (2018)

El ama de confianza, conocida en palacio como Aguamana porque presumía a diario de haber sido criada, con gran penuria, en una isla remota del poniente de Canarias, a base de raíces de helecho asadas y majadas con manteca, lloriqueaba en la esquina más oscura de la alcoba, ornamentada -de manera asfixiante- con viejos y densos tapices, elaborados con tela brocada de hilos dorados, traídos desde el Viejo Continente que, como dote de boda, había hecho trasladar, no sin dificultades, su augusta dama. Una noche más, esperaba –inútilmente- no ser vista gimiendo desconsolada, casi habiendo perdido toda esperanza de confirmar la salvación y especialmente la sonrisa iluminando -otra vez- el rostro hermoso de su delicada señora. A duras penas, de vez en cuando, empapaba las enrojecidas mejillas, aún pueriles, que decían…tanto habían fascinado, lejos, allá, muy cerca de la Corte, con un lienzo mojado en agua aromatizada con esencia de hierbas, aquellas que le había recomendado la Madre Abadesa del cercano Monasterio de la Encarnación, mujer adusta donde las hubiera y que gustaba revestir su hábito con pomposas joyas, en especial cuando tenía visitas de alto linaje. Bien sabía la anciana, desde antaño, que se trataba de plantas cultivadas en el lado oeste de la mansión virreinal, que ella se cuidaba recoger al alba, recién regadas con el rocío de la dulce brisa y la neblina casi permanente en la fresca amanecida, intentando que esa loción olorosa mitigara la sudoración excesiva, que exhalaba cada poro de la piel en aquella faz tierna, aniñada y tan querida. La observaba y recordaba cuando, recién llegada, causaba admiración, los comentarios que hacían de ella por su lozanía y prestancia, durante los actos en que participaba, y cómo las dos recorrían –entre risas- a la manera de las tapadas, visionando solo con un ojo, a través de las sayas elaboradas con delicadas sedas, los coloristas mercados que exhibían suculentos productos de las huertas de la comarca, así como las visitas que hacían –sin ser reconocidas- a los tenderos que regateaban en horas matutinas con exquisitos artículos de filigrana de la mejor plata de la región, metal que a su señora gustaba tanto y que se extraía -no lejos- en las minas de las que tanto hablaba el esposo, conversaciones a las que ellas –lógicamente- no estaban invitadas. También recordó el miedo que pasaron durante uno de los frecuentes terremotos, mientras gritaban enloquecidas por los pasillos del palacete, al tiempo que caían búcaros y cuadros al suelo, y cómo se sorprendieron los lugareños de que hubiera sido capaz –la dama- de haber viajado desde tan lejos, gestando una criatura a la que parió con grandes dolores a poco de llegar al continente, pero especialmente por abandonar una posición segura y confortable en aquel lindo pueblo, para seguirle a él, hasta un lugar tan remoto, por mandato de S.M. Así estaba, absorta, cuando se percató de una nueva convulsión que obligó a la joven a vomitar un repugnante líquido de coloración indescriptible, en medio de estertóreos movimientos de su inflamado abdomen. Sus ojos, enrojecidos por la fiebre, habían transformado unos rasgos tranquilos y sosegados en ademanes incapaces de ser dominados. Mientras tanto, al lado, en otra estancia contigua, con estantes plagados de añosos libros de cuentas, pesados cortinajes e informes secretos venidos desde la metrópoli, dos hombres hablaban en voz baja, a la luz de velones. Uno de ellos recibió, del otro, con cuidado y sigilo, un saquito de contenido misterioso, y corrió precipitadamente a llevarlo a la habitación colindante, donde su egregia cónyuge agonizaba en un lecho de bellísimo dosel trabajado por los mejores ebanistas de Cuzco. Allí lo dejó, tras besarlo, en manos del ama que, al lado de la joven, aún sollozaba. Luego el caballero se retiró con el rostro cabizbajo, disimulando su estado. Desde hacía días, él languidecía, pues se contaba en las cocinas que, despertando durante las noches, el hombre maldecía con frases inconexas en medio de ataques provocados por terribles dolores y fiebres calenturientas, que le aparecían cada dos días, aunque se hacía el fuerte delante de su mujer y de todos los presentes. Y es que… el Virrey no, el Virrey no podía enfermar.

Epílogo.- Cuentan que el 14 de agosto de 1628 zarpaba del puerto de Cádiz, con destino a Lima, el Excelentísimo señor Don Luís Jerónimo de Cabrera y Bobadilla (ver figura 1), Cuarto Conde de Chinchón, Señor de Valdemoro y Casarrubios, Caballero Comendador del Campo de Criptana en la Orden de Santiago, Alcalde, Guarda y Alférez Mayor de los Alcázares de Segovia, Tesorero General de la Corona de Aragón, Gentihombre de Cámara de S. M., de los Consejos de Aragón y de Italia, a la sazón recién nombrado Virrey del Perú por S. M. D. Felipe IV, rey de España. Le acompañaba su segunda esposa, Doña Francisca Enríquez de Ribera, con la que había contraído matrimonio seis meses antes y que gestaba su primer hijo, ya que la primera, de nombre Dª Ana de Osorio había fallecido hacía tiempo. Relatan que, después de más de dos meses de navegación, llegaron al puerto de Paita, donde la esposa desembarcó por miedo a que el parto se presentase durante la travesía, mientras su marido siguió por mar hasta el puerto de Callao, donde arribó el 18 de diciembre, entrando en Lima el 14 de enero de 1629 (después de recorrer los doce kilómetros de distancia desde el enclave portuario). Tras dar a luz el 4 de enero en Lambayeque, la condesa se reunió con su esposo el 19 de abril. Según estudiosos consultados, la estancia de Don Luis Jerónimo de Cabrera y su mujer en tierras americanas (en concreto en Perú), la extraña enfermedad que uno de los dos padeció, los dos sufrieron, o afectó a ninguno; así como su posterior regreso a España, es un confuso episodio de Historia, vinculado no solo con la etapa virreinal (como pudiera pensarse), sino también con la Medicina, Biología, la Botánica y el comercio, ya que por entonces, algunos sostienen, se descubre el efecto antipalúdico de la corteza de un árbol (enigmático en ese tiempo): el árbol de la quina, cuyo nombre y utilidad ha traído no pocos quebraderos de cabeza, generando falsedades, intrigas, fraudes, espionajes, competencias y engaños, a lo largo de los siglos, a toda la Humanidad. Las fechas documentadas de la estancia del virrey Chinchón en Perú fueron del año 1629 al 1639, una década a considerar con atención, pues implica graves problemas de cronología al asunto, como veremos a continuación.

Y es que a pesar de lo que se extendió por entonces y ha llegado hasta la actualidad, algunos expertos sostienen que no fue la condesa de Chinchón (la Virreina) quien enfermó y luego sanó gracias a una extraña pócima (extracto de corteza del árbol de la quina) que le suministraron, sino el propio Virrey el que había contraído unas enigmáticas fiebres desde el 15 de febrero del año del Señor de 1631 y, a finales de abril, su galeno personal (Juan de Vega, personaje complejo en toda la trama, como verán) estableció como diagnóstico “calentura terciana” (es decir, un acceso de fiebre cada 48 horas). Le aplicaron sangrías y purgantes (a la usanza) y, una vez sanado, el Virrey, hombre piadoso, atribuyó su curación a un milagro de la Virgen del Prado, a cuya intercesión se había encomendado, sospechando los eruditos del caso que no fue informado de haber sido tratado, tal vez, con un nuevo remedio, de intrigante uso en la Corte del Virreinato.

Para ciertos eruditos, el tratamiento del Virrey coincide en tiempo con los manejos médico-comerciales de su doctor personal, el tal de Vega, conocedor de las propiedades antifebriles de las hojas de un árbol –la quina– que utilizaban indígenas de la zona. De hecho, algunos investigadores concluyeron que fue dicho médico, al servicio personal de la condesa, el que trajo, a su regreso a Europa, un importante cargamento de corteza, con el que consiguió amasar una fortuna, quina que comenzó vendiendo a cien reales la libra. Lo menciona, por ejemplo, Gaspar Bravo (1669), quien atribuyó a de Vega la difusión de la corteza en España.

Según otra hipótesis de esta intrigante historia, en el año de 1638, habiendo llegado la noticia al Corregidor de que la Virreina del Perú padecía tercianas, escribió al Virrey y le remitió una porción de unas extrañas cortezas (del árbol de la quina), avisándole de su admirable virtud, modo de usarlas, y esperanza de que cortarían las fiebres a su esposa. El Virrey le llamó a Lima, y le pidió que antes de dárselas a su mujer debía probarlas en los Hospitales con otros tercianarios (pacientes con fiebres tercianas). En efecto, acompañado de los médicos del Hospital, llevó a cabo lo que el Virrey le había mandado y, en poco tiempo, sanaron todos los enfermos que habían tomado el susodicho remedio. Decidió el Virrey, en conclusión, que se le diese a su esposa, la cual sanó de las calenturas, recobrando la salud perdida.

Sin embargo, relata Medina Rodríguez (2007) que Antonio de Suardo, autor del Diario del Virreinato de Chinchón (mayo de 1629-mayo de 1639), descubierto en 1930 en el Archivo de Indias de Sevilla (Haggis, 1941), no señala anomalías en la salud de la condesa, que era óptima, con una agenda activa en la sociedad limeña, en cuyos actos, se recoge en dicho Diario, gustaba participar. En cambio, son muchas las referencias de que el conde y su hijo sí padecieron tercianas, dando fechas y tratamientos (a la usanza de entonces) a los que se sometieron. Según los estudiosos de dicho Diario, el Virrey padeció las fiebres, pero de su esposa no se menciona nada al respecto, aunque es verdad que se habla de cierta indisposición que sufrió en una ocasión y que ha dado origen a la leyenda que la vincula con el descubrimiento de la quina y su repercusión en Europa. De hecho, Paz Soldán (1938, 1940) afirma que la condesa murió en Cartagena de Indias, el 14 de enero de 1641, poco antes de la fecha en la que, junto con su marido, se proponía embarcar de regreso a España y que el Virrey sufrió varios años de tercianas, curándose de manera repentina en 1639, casi a punto de regresar a Europa.

Keeble (1997) tampoco apoya la leyenda de la condesa de Chinchón, porque afirma que el primer uso de la corteza de quina, contra la malaria en Europa, fue en 1630 y no se comercializó hasta 1643. Otra versión de la historia cuenta que fue el Corregidor de Loja, Juan López de Cañizares que, enterado de las propiedades de la planta, informó a los jesuitas y ellos llevaron la quina a Roma y, desde allí, se difundió por todo el mundo. Y aunque Acosta-Solís (1989), insiste en que la corteza de Cinchona fue conocida en Europa gracias al médico del Virrey, Juan de Vega, (algo que también señala La Condamine, estableciendo el año 1638 como el de la sanación de la Condesa), Medina Rodríguez (2007) establece que los documentos firmados por de Vega en la Universidad de Lima hasta el año 1659 (Haggis, 1941; Jaramillo-Arango, 1950) prueban que el doctor se quedó en Perú, se hallaba en Perú, incluso después que el Virrey regresara a Europa.

Llegada de la quina a Europa

Lo cierto es que llegaban cortezas y polvos al Viejo Continente para curar las fiebres, pero durante más de 100 años se desconocía cómo eran los árboles de los que eran extraídos (Cuvi, 2011; 2018). Sobre la fecha exacta de la llegada del árbol (corteza con fines medicinales) hay mucha discrepancia. La primera descripción botánica- científica (muy escueta) se debe a Sebastián Bado quien, en 1663, menciona una corteza de Perú para combatir la fiebre y que denomina Pulvis commitissae, señalando que proviene de un lugar secreto. El agustino fray Antonio de La Calancha (1633) y el padre jesuita Bernabé Cobo (1652), residiendo en Perú en la época de los Chinchón, fueron los primeros en describir la cascarilla (así se llamaba a la quina en Ecuador y Perú), señalando sus propiedades curativas, aunque no hacen referencia a la curación de los dos o al menos de uno de los virreyes. Medina Rodríguez (2007) señala que se debe recordar que, medio siglo antes, ya Monardes (1571) y Fragoso (1572) habían señalado una planta propia de la actual Colombia y Ecuador, a la que no pusieron nombre, con características morfológicas y propiedades astringentes inconfundibles a la quina, muy útil en caso de diarrea y fiebre, según se recoge en Ortiz (1994; 1995). Asimismo, en 1639, profesores de la Universidad de Alcalá curaron con quina a Miguel de Barreda, a la sazón profesor de Teología en dicho centro (Bado, 1663). Otro dato, los primeros informes constatados del efecto de la quina (cortezas) -sobre enfermos de paludismo/malaria- los escribió el médico sevillano Gaspar Caldera de Heredia, en 1663, basándose en los resultados que consiguió, experimentando con enfermos sevillanos, hacia 1640.

Los jesuitas, a través de su procurador general en Roma, el cardenal Lugo, también contribuyeron decisivamente a la difusión del uso del medicamento. Según investigadores del tema, llegó a Roma en 1632 con el padre Alonso Messia Venegas. Y ya, en 1649, el cardenal Mazarino, de paso por París con polvos de quina, suministrados por dicho cardenal, tuvo la ocasión de tratar al Delfín de Francia (que más tarde sería Luís XVI), lo que motivó una gran difusión del producto. Casi treinta años más tarde, en 1679, un inglés de dudosa reputación científica, llamado Talbor, curó al hijo de Luís XVI y consiguió vender al rey su preparado (que no era otra cosa que quina mezclada con otros peculiares ingredientes) por 2.000 luises de oro, cantidad importante para la época. Según algunos, durante años la única quina que llegaba a Europa la traían y distribuían los jesuitas. Lo cierto es que la quina entró a España, llega a Roma y, poco después, ya estaba en Inglaterra y Francia. De hecho, en 1667, la quina se hallaba en la farmacopea de Londres como medicamento oficial. (…)

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