Aquellas fiestas fueron diferentes. Por María Concepción Brito Núñez, alcaldesa de Candelaria

Esa fue la primera vez en varias generaciones que se vivía una situación de emergencia sanitaria. La pandemia nos confinó en casa, previo a una nueva normalidad que fue apareciendo por fases trastocando nuestras maneras habituales de relación. En esos momentos yo era Alcaldesa de Candelaria, en una etapa llena de incertidumbres y alteraciones en la manera de gestionar que habíamos conocido. Mi paralela condición de Presidenta de la FECAM me permitió sentir y compartir con todos los Alcaldes de Canarias las mismas dudas, los mismos riesgos y, sería absurdo negarlo, los miedos de todos ante aquella realidad. Los sanitarios y cuerpos de seguridad evidenciaron la grandeza del sistema público que nuestros padres y abuelos habían construido para nosotros.
Enseguida, el empuje de una sociedad que fue tomando conciencia logró una adaptación inimaginable en tiempo récord. Los paisajes se llenaron de mascarillas, distancias sociales y citas previas, que contribuyeron a retomar la vida social y económica, superando muchas dificultades. La normativa reguló todo lo que conllevara aglomeración de personas, contacto físico y riesgo para la salud, por lo que ese año quedaron mermadas las actividades masivas, en un parón histórico sin precedentes.
En ese contexto no quisimos que la Virgen de Candelaria, que a lo largo de los siglos había sobrevivido infinitas vicisitudes, se quedara sin su celebración de agosto. La Morenita, madre de todos los isleños, esperanza de rogativas durante esos meses y ejemplo de persistencia histórica ante temporales, incendios y episodios trágicos, merecía como nunca un reconocimiento que, aunque muy distinto a la manera anterior de festejarlo, reivindicara aquellos días su papel como centro espiritual, identitario y aglutinador de las esperanzas de todos los canarios del mundo. Y con esas premisas planteamos, junto a la Comunidad de Frailes Dominicos, un programa modesto de actividades que persuadiera la concentración de personas y llevara la Virgen a todos los hogares a través de la televisión, la radio y las redes sociales.
El objetivo era preservar la salud de todos, en especial de los mayores, evitando peregrinaciones y visitas los días previos al 15 de agosto, donde la Basílica quedaba cerrada por la noche, para promoverlas escalonadamente durante todo el verano. Por esa vez quedaron en descanso la Ceremonia guanche, las Procesiones, la Parada militar, la Luchada, la Noche de parrandas, la Ofrenda atlética y los recitales musicales. Además de algunas actividades virtuales, solo se mantuvo el programa religioso con la Misa solemne y el Pregón y la Ofrenda a la Patrona de Canarias, protagonizados por Los Sabandeños en formato televisivo y sin público. Las Fiestas tuvieron su cartel, como hasta entonces, pero elegido en concurso, y por primera vez, un programa de mano en formato únicamente digital. No hubo escenarios, arenas, puestos ni turroneras, ni las calles y Plaza se engalanaron, pero sí los corazones. Faltaron muchas cosas que la devoción y el entendimiento social supieron ocupar. La Virgen de Candelaria fue el centro absoluto de aquella edición, sencilla y sobria, pero digna y a la altura de un acontecimiento regional que no podíamos pasar por alto.
Cuando en el futuro los historiadores y curiosos lean esto, situarán en nuestro contexto lo ocurrido en el mundo en 2020, deducirán por qué aquellas Fiestas fueron tan diferentes a las anteriores, razonarán sobre la necesidad antropológica que tuvimos de dar continuidad a otro ciclo y valorarán las alternativas y creatividad que surgieron para mantener unas señas de identidad que trascienden a Candelaria, para ser de todo el Archipiélago. En nuestro universo conocido, estas Fiestas nunca se habían parado. Por eso nosotros quisimos mantener viva la celebración de la Virgen de Candelaria. Se lo debíamos a Ella».
