Vecinos de la ciudad (XXIII). La misma efigie en una miniatura y en dos lienzos

Hoy es el último día para visitar la  Sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes  y poder ver la exposición «Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX)».

Los retratos que se promovieron durante las centurias del Antiguo Régimen y el inicio de la época Contemporánea guardan relación con usos, técnicas, materiales y formas de represen-tación diversas. Por esa razón resulta oportuno conocerlos bien y definir sus peculiaridades en clave creativa y funcional, procurando, en la medida de lo posible, establecer vínculos entre efigies diferentes. Dicha coyuntura, común en otras regiones de nuestro país, no es factible en Canarias si atenemos a la pérdida inevitable de obras y a la poca costumbre que nobles, burgueses y militares tuvieron de retratarse más de una vez y en distintos formatos. Por eso mismo, cuando sucede lo contrario, tal circunstancia debe resaltarse y ser estudiada con el deteni-miento que exige una situación atípica.

El caso que tratamos ahora es digno de tener en cuenta por ese motivo, ya que no resulta ha-bitual contar con una efigie miniada y en lienzo del mismo personaje; y mucho menos que una copia libre de ambos sea incluida en otra repre-sentación de sus familiares, incitando el juego visual de cuadro dentro del cuadro o, en este caso, de retrato dentro de un retrato. Los pro-tagonistas de esa coyuntura excepcional son el militar Buenaventura del Campo y Guezala (1774-1837) y su esposa Ramona Tamayo y Delahanty (1790-1843), quienes, a pesar de re-sidir habitualmente en Santa Cruz de Tenerife, vivieron durante una larga temporada en La Laguna y terminarían convirtiéndose en vecinos ocasionales de la ciudad. Sus tres retratos conservados, hasta el momento sin estudiar, son la mejor prueba de que las efigies familiares eran productos de uso cotidiano y en ellas se fijaba la imagen que el destinatario quiso inmortalizar de sí mismo por uno u otro motivo.

Las representaciones de Buenaventura del Campo perpetúan su recuerdo como un militar de renombre, con medallas al pecho y uniformado de forma impecable. La miniatura es el primer testimonio a reseñar en ese sentido y puede atribuirse a Luis de la Cruz (1776-1853), ya que su técnica proclive a lo dibujístico, siempre con guaches poco pastosos y punteados para definir el volumen de los rostros, guarda relación con otros trabajos suyos del mismo tipo que han ido documentándose a principios del siglo XIX. Una las condecoraciones que luce en ella, conservada junto a la propia obra, corresponde con una medalla que le fue entregada a raíz de su participación en la Guerra de la Independencia; y desde luego, ese hecho invita a situar la ejecución del retrato después de 1810. A dicha época corresponde también el marco de metal y cristal, cuyo reverso sirve de relicario y muestra las iniciales de su nombre y apellidos.

Los rasgos físicos de Del Campo, caracterís-ticos por sus ojos azules, el rostro de volumen anguloso en torno al mentón y el peinado con cabello caído hacia la frente, se repiten en un lienzo de acabado muy discreto, que atribuimos ahora al pintor Juan de Abreu (1809-1877). Por tamaño y acabado hace pareja con el de Ra-mona Tamayo, dama con la que dicho militar contrajo matrimonio en 1815. Son, por tanto, obras encargadas al mismo tiempo o en fechas próximas y destinadas a fijar su recuerdo en el entorno familiar, quizá durante la década de 1830. El retrato de él lo presenta nuevamente como un militar de éxito, más avejentado y luciendo múltiples condecoraciones al pecho, y el de ella como una dama al uso, vestida con traje sobrio y un chal corto de tul. La nota distintiva en este caso viene dada por la inclusión de una efigie del marido en forma de miniatura, tal vez evocando su pérdida en 1837.

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