Vecinos de la ciudad (VIII). El rey, vecino principal e imaginado (I)

Los vecinos del Archipiélago no tuvieron posibilidad de ver y conocer a un rey en él hasta fechas relativamente recientes. El primer monarca que visitó Canarias fue Alfonso XIII en 1906, por lo que siglos antes, como era costumbre en los virreinatos de América y en regiones peninsulares distantes de Madrid, sus súbditos debieron contentarse con estampas, efigies pictóricas y otras representaciones que difundían la «real persona» o acciones de gobierno que dieron continuidad a la política en vigor con afán propagandístico. A diferencia de lo que pudiera imaginarse, esa coyuntura no desembocó en un desconocimiento total de la familia real y de cuestiones que le incumbieran en relación con el Estado, porque, gracias al material impreso, la correspondencia y las noticias llegadas en forma de reales órdenes o decretos, los gobernantes locales tuvieron noticia de cuantos asuntos era necesario saber en cada momento.

A su llamada o convocatoria, los habitantes de la isla ―y particularmente los de la ciudad de La Laguna, escenario privilegiado para la política local― festejaron por igual alegrías matrimoniales, nacimientos, triunfos militares y, sobre todo, muertes que desembocaban en la proclamación de un nuevo soberano. A ello se unió la celebración de toda clase de rogativas y misas de acción de gracias que eran requeridas en ambas parroquias de la localidad, de modo que dichos inmuebles y su entorno acabarían convirtiéndose en una evocación simbólica de los espacios donde transcurrían tales actos. Sucedió así hasta las primeras décadas del siglo XIX, porque, salvo el periodo constitucionalista (1812-1814) y el Trienio Liberal (1820-1823), la muerte de Fernando VII en 1833 puso fin al boato que exigían fiestas donde era reivindicada la acción de un monarca absolutista. Las actas plenarias del Cabildo y otros expedientes dan cuenta de ello, así como del aprecio que los soberanos reinantes, primero Austrias y luego Borbones, despertaban en el pueblo. Por eso mismo, el rey era proclamado públicamente en las casas del Concejo y presidía su salón de sesiones a través de una «efigie real», convirtiéndose de ese modo en el «vecino principal» de la ciudad. Era el «primero» de ella y, a diferencia de otros, el único que tuvieron que imaginar o intuir por su distancia física y jerárquica.

Lo paradójico de esa coyuntura es que, a pesar del valor simbólico e institucional que les otorgaba el contexto sociopolítico de aquel tiempo, se hayan conservado en La Laguna tan pocos retratos de reyes y hombres del Estado. Tal circunstancia resulta común en otras poblaciones del Archipiélago, por lo que intuimos que esas obras perdieron pronto su cualidad representativa y, tras ello, no serían estimadas como un objeto de valía artística o con sustancia histórica. Eran, en realidad, bienes temporales o de simbolismo finito, que debían renovarse periódicamente para su actualización en clave política y formal. Algunos acontecimientos del siglo XVIII avalan esa idea, ya que, por ejemplo, tras las fiestas de proclamación real celebradas en 1789, los munícipes de La Laguna decidían conservar exclusivamente el retrato de Carlos IV y utilizaron la guarnición tallada del de María Luisa de Parma, su mujer, para acomodar en ella la efigie previa de Carlos III .

La existencia de dichas obras queda confirmada a través de inventarios que describen los bienes disponibles en la sede del Cabildo y en algunos domicilios de la ciudad, donde fueron descritas junto a pinturas, países, estampas de papel, muebles y otros enseres de lujo.

Avala ese hecho la idea de que, para quienes formaban parte de la sociedad del Antiguo Régimen, la figura del rey era un referente a tener cuenta en todo momento. Fue indispensable para dar sentido el Estado y concentrar unos valores que necesitaba la política conservadora de aquel tiempo, no olvidando a la religión como aparato ideológico del mismo. Esos principios, innegables para una sociedad que asumió fórmulas representativas del siglo XVI y no vislumbró otro modo de hacer política hasta los años de la Ilustración, se mantuvieron inalterables y motivaron un amplio número de representaciones que conocemos limitadamente, aunque últimos hallazgos como una alegoría de Felipe IV que atribuimos ya a Juan de Miranda (1723-1805) son elocuentes por su lectura histórica e iconográfica (…)

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