Vecinos de la ciudad (VII). Biografía vs. retrato: don Juan de Ayala

La sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes muestra hasta el 15 de diciembre la exposición Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX).
Esta escultura trabajada en mármol ha servido desde la segunda mitad del siglo XVII para hacer memoria de Juan de Ayala, fundador del Convento de San Diego del Monte. Sin embargo, una revisión de su biografía permite plantear que es muy posible que no estemos ante un retrato suyo, en cuanto reproducción fiel de sus facciones y de su atuendo, sino ante una evocación idealizada —distorsionada— de su figura. Hijo de Miguel Jerónimo de Ayala y de Catalina Fonte del Castillo, Juan de Ayala nació en Tenerife y disfrutó por familia de una situación acomodada. En julio de 1615, cuando tendría sobre cuarenta años, otorgó testamento en Garachico antes de hacer, según sus propias palabras, viaje «de mar en fuera». En este documento se ciñó, prácticamente, a nombrar como único heredero a «vn convento de frayles recoletos descalsos de la Orden de los Menores de San Francisco» que debía fundarse en La Laguna dentro de los primeros cuatro años tras su muerte.
Juan de Ayala no regresó a Tenerife. Dos décadas después los franciscanos promovieron una causa contra sus bienes con el fin de poder cobrar su herencia, al suponerse que había muerto ya. Las declaraciones de varios testigos nos permiten ofrecer aquí un verdadero retrato del personaje, pues aunque los testimonios no coinciden en todos los detalles sí perfilan la personalidad de Ayala como un hombre religioso y solitario, en sintonía con el carácter austero y recogido de la rama francis-cana que escogió para su convento. Así, por ejemplo, su tío Cristóbal Jovel lo definió como un «hombre ynclinado a uirtud y amigo de soledad». Lapidaria es la observación de otro vecino de La Laguna, para quien Juan de Ayala «no naçió para cossas de este mundo».
En efecto, puede pensarse que cuando embarcó en Garachico en 1615 ya tenía intención de encontrar un ambiente adecuado a su búsqueda de quietud, ajustándose a un modelo de vida que Rubial García ha caracterizado a partir del estudio de casos que nos parecen similares: varones solteros, sin vínculos familiares, mayores de cuarenta años y procedentes de la metrópoli que se establecieron en la Nueva España, donde vivieron retirados como ermitaños. Varios testigos aseguraron tener noticia de que Juan de Ayala vivía cerca de Puebla de los Ángeles, en el Pinal «en vn monte alto, y que de allí bajaua a vna benta a probeerse de vastimento». Lo interesante es subrayar que su ascetismo difiere de este retrato escultórico suyo en el que figura de rodillas y orante, ataviado como un caballero, a pesar de que «aunque hera hombre rico […] de la gente más prinçipal y calificada de dicha ysla de Thenerifee, siem-pre se mostró mui humilde y virtuosso, así en su modo de proseder como en vestir».
La escultura y un escudo de armas del fundador «se trujeron de la ciudad de Génoua», como consta en una escritura de 1672 (ante Pedro de Higueras, f. 57v) que ha pasado inadvertida y de la que Tarquis dio noticia a partir de una copia, sin ofrecer una referencia que permitiera localizarla y que además ha sido ignorada. Se confirma ahora, pues, que es obra ligur. Su cronología debe acotarse entre 1648, cuando se capituló el establecimiento del convento con Luis Interián, cuñado de Ayala, y la fecha del citado documento; y quizá antes de 1659, cuando aquel falleció. Últimamente, Franchini Guelfi ha propuesto atribuir la escultura al taller genovés de los Orsolino, catalogación que extiende a otras dos similares en el Santuario del Cristo de Tacoronte.
NE: El próximo lunes día 12 de noviembre será cuando se realice la tradición de contarle los botones a la escultura. Se podrá hacer hasta las 14.00 horas en le ermita de San Diego de La Laguna.
