Voces tinerfeñas: Manuel Luis Medina «El Minuto»

Gonzalo Hernández coautor del Libro “Los Sabandeños: las otras voces del mito”, dice a propósito de su entrevista con Manuel Luis Medina, días antes de su fallecimiento

Manuel Luis Medina, el Minuto, fue quizás la voz más sensible y el personaje con mayor carácter de cuantos artistas poblaron el panorama musical canario del siglo XX —«Yo era correcto con todo el mundo. Con todo el mundo que yo quería. Con los demás no», me explicó una tarde en una conversación, entre vinos, en el restaurante Casa Maquila, días antes de su fallecimiento.

Su infancia estuvo marcada por los sonidos en que lo imbuía su tío don Luis Ramos Falcón, el emblemático presidente del Orfeón La Paz de La Laguna, además de querido orfeonista lagunero. Aquella tarde de mayo del año 2007, aún recordaba —e incluso cantaba— la “Romanza del niño judío” que su tío le enseñara:

Qué me importa ser judío,
si ya lo soy por ausencia…

Manuel Luis era, a finales de los años sesenta, un joven que se movía en ambientes culturales universitarios, de La Laguna y de Madrid, donde cursó —sin finalizar nunca sus estudios: «No di ni gongo», confiesa— Derecho y Ciencias Políticas. En aquellos años, junto con otros amigos de La Punta, formaría Los Sabandeños, uno de los grupos de música popular más relevantes de España durante varias décadas. En los discos que grabó con ellos —sus primeros sencillos y seis de sus álbumes iniciales— quedaron registrados con su voz solos que son hoy en día parte importante del archivo sonoro del folclore de las Islas Canarias, como la copla grabada en marzo del año 1968 en el segundo sencillo del grupo:

En la fiesta de Las Mercedes
a una maga le di un beso,
se me quedaron los labios
dando gusto a gofio y queso.

La vida cultural y universitaria de la España de aquellos años setenta fue el germen de todos los cambios sociales y políticos que vendrían después. El boom de lo sudamericano invadía todos los territorios del arte —la literatura, la pintura, la música…—. Y los jóvenes tomaron aquella música sudamericana como bandera. Eran los años en los que Jorge Cafrune cantaba al hombre del campo —su vida, sus costumbres y su pobreza— con versos de Athaualpa Yupanqui, Jaime Davalos, Falú… Años en los que Ariel Ramírez componía la misa criolla; en los que Violeta Parra, Mercedes Sosa y Horacio Guaraní eran verdaderas autoridades de la cultura hispana; mientras en España, en la única cadena de televisión existente por entonces, Jose Luis Balbín, en su programa A fondo, entrevistaba a personalidades de la talla de Juan Rulfo, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Atahualpa Yupanqui o Chabuca Granda.

Manuel Luis, el Minuto, cercano a la vanguardia cultural del momento, no podía permanecer ajeno a todo aquello; y así, aunque su carrera artística comenzó vinculada al folclore y a la música popular canaria, no tardaría en sumar su voz a este nuevo movimiento. «La vinculación de la música sudamericana conmigo, o la mía con ella —me contaba en Casa Maquila— se debió a que me gustaban las letras, y por supuesto, la música. Los Sabandeños nos metimos primero con las guaranias paraguayas, que eran lo más que se nos adaptaba, o lo más cercano que teníamos. Y luego ya le metimos mano a la música argentina».

El Minuto habría de ser, de hecho, el primero en Canarias en interpretar y grabar muchos de los temas que hoy en día forman parte del acervo popular de las Islas, como en el caso del tema “Tus ojos”, grabado en el año 1972 en el disco Cantan a Hispanoamérica, de Los Sabandeños, con su voz en los solos.

Tus ojos, que son mi alegría,
tus ojos, que son mi esperanza,
por ellos mi alma suspira,
en tierno arrullo, arrullo de amor.

En 1974, animado por el director de la casa discográfica Colombia, don Benito Lauret, decidió abandonar definitivamente las filas de Los Sabandeños para comenzar su carrera discográfica en solitario, con el disco Argentina en la voz de Manuel Luis. No contento con ello, el Minuto quiso ir más lejos que otros muchos de los que en aquellos años reinterpretaban para el mercado local lo que llegaba a través de las grabaciones discográficas: hizo las maletas y se marchó a Argentina, a reinterpretar aquellos temas de su primer disco en su país de origen.

Crítico y sincero como era en todas sus entrevistas, de regreso de su aventura americana, se hacía eco tanto de las buenas opiniones —como la que le hiciera un crítico musical ante la audición del tema “Balderrama”, en presencia del conocido poeta argentino, ya fallecido, Hugo Alarcón, quien expresó su sorpresa por el hecho de que “con tanto falso argentino y con tanto folclorista que mandamos a Europa resulta que nosotros podemos importar de las Islas Canarias a un intérprete fiel de nuestras propias canciones”— como de aquellas otras, no tan positivas, y que él se felicitaba en recibir, que le hicieran en el programa coloquio de radio Excelsión —aún hoy entre las emisoras más importantes de Buenos Aires—, en el que, después de escucharlo cantar la “Balada del Loco”, mostraron su descontento por su desconocimiento del ambiente real del barrio donde se desarrolló el tema. A lo cual, en aquella ocasión, Manuel Luis no tuvo reparo en responder que conocer Buenos Aires en el sentido de esta canción equivalía a ser porteño, y en reclamar el reconocimiento del mérito que suponía la defensa de una cultura que no era la suya.

Su íntima amistad con otro de los fundadores del grupo de La Punta, Julio Fajardo, músico muy relevante en el panorama musical de Tenerife a principios de los setenta, lo llevaría a formar dúo con este último: el dúo Fajardo-Medina. Comprometido social y culturalmente, sus recitales en aquellos años fueron más allá del simple entretenimiento, como cuando quiso actuar ante los emigrantes españoles en Munich, o en Francfort.

Pese a todo, Manuel Luis Medina nunca habría de desvincularse afectivamente del grupo que, en 1968, creara junto con otros amigos de la adolescencia: «A Los Sabandeños los quiero como un hijo mío —me reconoce—. Es lógico. Puedo despotricar de Los Sabandeños, pero no me gusta que otros lo hagan. No me gusta. Y si despotrico, despotrico con alguien consciente».

Exigente como era con su carrera musical, en el año 1975, en una entrevista realizada en el periódico La Tarde, advertiría: “O salgo palante o lo dejo todo”. De esta manera, en el año 1979 sacaría al mercado su segundo y último disco, El bernegal, en el que incluiría, además de temas de su amigo Julio Fajardo, una de las canciones más emblemáticas de su trayectoria: “Matías el Jaranero”.

Se le oía, siempre atrás, de medianoche,
regalando en las ventanas poco a poco el corazón,
y, una aurora que no olvidará esa esquina,
fue la muerte quien le abrió su gris balcón.

Quizás, como le sucede en la canción a Matías el Jaranero, Manuel Luis Medina el Minuto no recibió la reciprocidad del público canario, que no supo apreciar su aporte a la cultura popular universal.

— ¿Mereció la pena? —le pregunté aquella tarde en el Maquila.

— ¿El haberme divertido?… No me jodas. Como si empiezo ahora, con 62 años y cáncer de pulmón.

 

También te podría gustar...