Pregón de la Semana Santa de La Laguna 2016 (II). Por José Mayer Trujillo Palenzuela

Año de la misericordia.
Como bien saben, celebramos desde diciembre del año pasado el Jubileo Extraordinario de la Misericordia hasta el 20 de noviembre de este año. Un año santo que nos regalan para resetear nuestra relación con Dios, para poner el contador a 0.
Si no lo han hecho ya, les recomiendo con encarecimiento, que lean el libro-entrevista del periodista Andrea Tornielli al Papa Francisco. Se titula el Nombre de Dios es misericordia. Una delicia. Apenas cien páginas, que te saben a muy poco porque se lee de un tirón.
Me quedo con una idea que explica en esta publicación el Papa tan grande que tenemos. Asegura el Papa Francisco que Dios nos perdona con una caricia, nos perdona acariciándonos. No nos recrimina lo que hacemos mal, solo nos dice de ahora en adelante, no peques más.
En esta Semana Santa lagunera, Dios está dispuesto a acariciarnos con su perdón, a darnos el abrazo que le dio el padre al hijo pródigo. A mi me gusta hablar más de la parábola del Padre misericordioso porque es su bondad la protagonista de la historia.
Los templos de esta ciudad propician ese abrazo con el Padre misericordioso, las cuidadas celebraciones, las procesiones, el silencio, los pasos, los monumentos eucarísticos… todo se articula para que pongamos el foco en lo verdaderamente importante, para que nos percatemos de que nos espera con los brazos abiertos.
La Semana Santa de esta ciudad es única. Igual que única es la forma que cada uno de nosotros tiene de vivirla. Como cofrade, como sacerdote, como religioso, como miembro de un coro, como costalero, como monaguillo, como un simple fiel…en cada una de estas condiciones, y en algunas más, se puede asistir a la Semana Santa. Pero, ¿de qué manera se puede sentir con más profundidad? ¿Cuál es la fórmula más acertada para vivir estos días santos allí donde nos toque estar con la mayor intensidad posible?
Lo que revivimos estos días de Semana Santa no es un capítulo histórico que nos gusta recordar cada año, como algunas celebraciones que se hacen en la vida mundana. En la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús nos jugamos mucho. Jesús muere en la cruz por ti y por mí. Con nombre y apellidos. Cada una de las gotas de sangre que perdió, cada latigazo que recibió, cada metro que recorrió con la cruz a cuestas, cada caída, cada clavo que penetró su cuerpo…por ti y por mí, con nombre y apellidos, repito. Lo que sufrió, lo hizo por ti y por mí.
Perdonen que les tutee en algún momento, no quiero pecar de descortés, solo lo hago como recurso literario para que las preguntas y mis comentarios sean más cercanos, remuevan más.
Como les decía, la Semana Santa no puede ser el recuerdo de los últimos días de alguien que vivió hace unos dos mil años, como un personaje histórico más. Si solo fuera un hombre bueno que propuso una filosofía de vida de amarse unos a otros, como defienden algunos, qué sentido tiene que haya personas que den su vida por él. Nuestros misioneros, por ejemplo, en África, arriesgando su vida, rodeados de enfermedades y de miseria. No van allí como algunos miembros de distintas Organizaciones porque les gusta ayudar. No. Van porque han entregado su vida a Dios.
Un periodista le dijo en una ocasión a la Madre Teresa de Calcuta, después de ver lo duro que era su trabajo: “Yo no haría lo que usted hace ni que me pagarán un millón de dólares”. A esto respondió la Madre Teresa: “Yo tampoco, lo hago por Jesús”. Por cierto, el próximo martes conoceremos el día de la canonización de esta Santa a la que todo el mundo respeta por su labor ingente en la India.
Pero no hace falta ir al tercer mundo para encontrarnos con el dolor.
Todos tenemos a nuestro alrededor dolor. Estos días he estado rezando mucho por una amiga que padece un tumor en el hígado y desde hace dos semanas, desgraciadamente, se ha complicado su situación. Su cuaresma está siendo muy dura. Apenas pasa de los 30, tiene dos hijos pequeñitos y ya hace 3 años que lucha de forma heroica contra el cáncer. Primero un tumor en el pecho, después en los huesos y ahora en el hígado. Como creyente que es, me ha dado unas lecciones de vida impresionantes. A pesar de los dolores, de la quimio, de los vómitos, del cansancio, no ha perdido la sonrisa, el optimismo, bromea sobre su enfermedad, se ofrece a ayudar…espectacular su fortaleza. No ha dejado de luchar, es ella la que le da ánimos a los compañeros de habitación en el hospital. Humanamente esto que les estoy contando descoloca, pero ¿de dónde sale su poder que nos deja maravillados? De saber que su sufrimiento tiene sentido, de tener muy claro que Cristo murió por ella y aunque no entienda porque le ha tocado esta enfermedad tan dura, en plena juventud y con dos niños pequeños que la adoran, sabe qué Dios está a su lado en cada instante. Que no la deja sola. Gracias, amiga, por mostrarnos tu fe indestructible.
Cuántas veces nos preguntamos cuando toca el dolor nuestra puerta o la de nuestros amigos, ¿por qué, Señor, por qué? Tenemos dos opciones: o sufrir lo que no está escrito o ser conscientes de que ese dolor puede tener un valor, que puede servirnos para algo. No olvidemos que Dios lo permite porque debemos extraer alguna enseñanza de lo que padecemos o porque nos llevará a cambiar algo en nuestra vida para nuestro bien.
Si meditamos un poco, ¿qué logro con valor no ha supuesto un sacrificio antes, un esfuerzo considerable? No conozco nada que valga la pena que antes no implique trabajo, dedicación y sudor. No conozco a ningún atleta que prepare unas olimpiadas sin dejarse la piel, no conozco a nadie que empiece una dieta sin sufrimiento. Esta verdad antropológica humana está presente en la enseñanza de Jesús. “Quien pierda su vida por mí, la ganará”.
Les invito ahora a realizar un ejercicio de sinceridad, ¿qué es para ustedes la Semana Santa? La Pasión, la Muerte y Resurrección de Cristo, ¿qué significado tienen?
Lo que respondamos a esta pregunta tiene consecuencias en nuestra vida, debe ternerlas. Si creo que existe un Dios que me quiere con locura, que se ha hecho hombre y que ha dado su vida por mí en la Cruz, tiene que cambiar mi percepción de todo, no me puedo quedar impasible ante este hecho tan brutal.
Me imagino que habrán escuchado esa anécdota de un niño que jugaba mientras viajaba en un avión y a pesar de que comenzaron a atravesar una zona de turbulencias bastantes fuertes, el pequeño ni se inmutó. Siguió jugando con su playmobil como sin nada pasara. La acompañante del sillón de al lado le preguntó que si no estaba preocupado por cómo se movía el avión, y el pequeño le respondió que ni lo más mínimo porque su padre era el piloto y confiaba plenamente en él.
¿Con esta confianza nos fiamos nosotros de Dios? ¿O en las primeras que nos topamos con una situación dura ya nos desarmamos y empezamos a temblar? Si no padecemos turbulencias en nuestro paso por este mundo, ¿cómo podremos demostrar que nuestra fe es auténtica? Si analizamos la historia del Pueblo elegido, cada vez que disfrutaba de un momento dulce, de una época de abundancia, se alejaba de Dios. Solo en los circunstancias complicadas se acercaban.
