Pregón de la Semana Santa de La Laguna 2016 (I). Por José Mayer Trujillo Palenzuela

Vivamente he deseado este momento.
Vivamente he deseado comer esta Pascua con ustedes.
Vivamente he deseado este momento antes de padecer porque ya no volveré a comer con ustedes hasta que llegue el Reino de Dios (Lc 22, 14-16).
Cristo estaba deseando ardientemente salvarnos, demostrarnos con su pasión que el dolor tiene un sentido, que el sufrimiento puede tener un valor incalculable. Que esto no termina aquí, que nos queda la vida con mayúsculas por descubrir.
-Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo de la Diócesis Nivariense.
-Excelentísimo Señor Alcalde de San Cristóbal de La Laguna.
-Señor Delegado Episcopal de la Junta de Hermandades y Cofradías.
-Señor Presidente de la Junta de Hermandades y Cofradías.
-Dignísimas autoridades civiles, militares y eclesiásticas.
-Miembros de las distintas Hermandades y Cofradías
-Señoras, Señores…buenas noches
Agradezco al señor obispo y a la Junta de Hermandades que me hayan invitado a proclamar el pregón de la Semana Santa lagunera. Un honor para mí responder a la petición porque le tengo mucho cariño a esta ciudad y porque constituye una gran responsabilidad pregonar una celebración tan importante. Además, me encanta que haya tocado aquí, en la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, porque estas paredes guardan importantes emociones de mi vida.
Aunque nací en Los Silos, ya cuento más años viviendo en La Laguna que en mi pueblo natal. Concretamente desde 1995, año en el que cursé mis estudios de Biología. Facultad que compartí, por cierto, con el presidente de la Junta de Hermandades, Pedro López. Gracias, Pedro, también por sugerir mi nombre para esta misión tan hermosa y por tu asesoramiento en la preparación de mi intervención de hoy.
¿Para qué estamos aquí en esta tarde de jueves? ¿Para qué hemos venido a esta maravillosa iglesia de Santo Domingo? ¿Qué les gustaría llevarse cuando salgan por la puerta?
Como ven, empiezo con preguntas. Saldrán muchas a lo largo de mi intervención. Solo persiguen la reflexión interior, que mediten conmigo qué representa para ustedes lo que celebraremos en unos días y cómo influye en la vida, en las penas y glorias de cada día.
No me respondan en voz alta, no vaya a ocurrir como en una vigilia en la que sucedió algo muy gracioso. Una parte de la vigilia consistía en recitar el salmo 50 con la fórmula penitencial en la que la comunidad respondía en cada petición: perdón, Señor, perdón. Pues bien, a continuación de este rito penitencial, se leían unas lecturas. Un amigo periodista subió a leer al ambón y se equivocó en el número del Papa, en vez de Pío XII, leyó Pío II. Por esa costumbre que tenemos los profesionales de los medios, para corregir el error, dijo perdón, Pío XII. A lo que todo el mundo respondió: Perdón, Señor, Perdón. Lo más simpático fue que solo unos pocos se dieron cuenta de lo que había pasado.
He querido arrancar con esta anécdota porque la sonrisa es fundamental. Dice Martín Descalzo, y me encanta esta idea, que la sonrisa fue una de las pocas cosas que Adán y Eva lograron sacar del paraíso. Y por eso cuando vemos un rostro sonreír de verdad, tenemos la sensación de haber retornado al paraíso por unos segundos.
Para el Papa Francisco un cristiano sin alegría no es cristiano, sostiene que los cristianos que van por la vida con cara avinagrada tienen algo podrido dentro. Defiende, por tanto, que la alegría debe ser marca de la casa. Me gusta mucho esta reflexión porque me recuerda una experiencia de mi infancia que nunca se me olvida. Cuando tenía unos 12 años pinté una imagen del rostro de Cristo que me fascinaba y lo dibujé con una sonrisa. Mi abuela, que se sentía muy orgullosa de todo lo que hacía, como toda buena abuela, le mostraba aquella pintura a todos los que venían a mi casa. A mi me ruborizaba un poco porque aunque estaba pintado con cariño no era una gran obra. Un día se la enseñó a una señora mayor y cuando la vio, le comentó a mi abuela, dígale a Mayer que está bien pero que Cristo no sonreía. Poco menos que le pareció a esta señora una irreverencia que mostrara una expresión de alegría en la cara de Cristo. Aquello me impactó mucho porque, aunque era una persona creyente, tenía un concepto de Jesús que estaba muy lejos de un Jesús sonriente, cercano, que bromeaba con sus discípulos, que atraía con su semblante y con su mirada de cariño. Así me lo imaginaba yo en aquel momento y así lo pinté. Esa imagen me ha acompañado desde entonces. La tengo en mi pequeño despacho doméstico pero también la tengo en mi mente permanentemente. Cuando me ocurre algo positivo, pienso en esa imagen y compartimos la alegría. Y cuando atravieso un momento duro, ese querido rostro se planta delante de mí para decirme: ¿olvidas que estoy aquí?
Esto es lo que celebramos en Semana Santa. Que Dios no se ha desentendido de nosotros, que no nos ha dejado a nuestra suerte. Al contrario, se ha hecho hombre y ha decidido cargar con todos nuestros sufrimientos. Con todos. Para que no perdamos nunca nuestra sonrisa, nuestra alegría.
Se calcula que cada galaxia tiene entre 3 mil millones de estrellas y un billón. Estrellas que pueden estar asociadas a sistemas planetarios como el nuestro. Se estima que el universo puede estar constituido a su vez por 100 mil millones de Galaxias. Estas dimensiones, aunque lo intentemos, no podemos siquiera imaginarlas. Es bárbaro. Pues bien, el Dios que creó este universo descomunal es el que un día decide venir a la tierra, hacerse uno de nosotros, y morir en la cruz. ¿Conocen una historia más grande que esta?¿Quién ha derrochado más generosidad a lo largo de los siglos? ¿Quién ha muerto por decir frases como esta: ama a tus enemigos y reza por los que te persiguen? ¿Quién?
Por eso lo que celebraremos en unos días es, por encima de todo, una historia de entrega y cariño sin límite de Dios hacia cada uno de nosotros. No me gusta utilizar la frase que dice para salvar a la humanidad porque suena despersonalizado. Historia de amor para ti y para mí. Te quiere tanto, me quiere tanto, que se ha entregado hasta la muerte.
