Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna (I): «Casa Antonino» (I). Por Julio Torres

La amplia pared blanca del del fondo cobijaba «Casa Antonino».
Casa Antonino: una tasca junto al Cristo de La Laguna
Con motivo de la celebración del octavario en el Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna y de la proximidad del 21 de septiembre, día de la Octava, con la procesión y la finalización de los actos religiosos y festivos de las fiestas del Cristo de este año 2026, parece oportuno hacer un pequeño alto en nuestro recorrido por las antiguas tascas y ventas de La Laguna en el entorno de la catedral y trasladarnos hasta la plaza del Cristo.
En anteriores entregas hemos venido recordando algunos de aquellos establecimientos que existieron en torno a la Catedral, así como los bares, cafeterías, ventas y tascas de aquella zona, algunas de las cuales todavía permanecen abiertas. Continuaremos hablando de ellas, pero la proximidad de la Octava nos invita a acercarnos por un momento al Cristo, porque también allí existió un mundo de pequeños establecimientos y personajes que forma parte de la memoria de la ciudad.
En esta zona estuvieron, entre otros negocios, la dulcería, la pecetera —de la que hablaremos en otra ocasión— y la Venta de María, situada en una de las esquinas de la plaza, casi con Tabares de Cala.
Pero si hablamos de casas de comidas con buen vino, hay un nombre que resulta inevitable: Casa Antonino.
Se encontraba en la esquina de la antigua pista militar, junto a los arcos del Cristo. Desapareció ya entrado el siglo XXI, después de haber formado durante décadas parte inseparable del paisaje humano de esta zona de La Laguna.
Casa Antonino había sido fundada por Antonino, conocido como “el Cuijo”, y con el paso de los años se convirtió en un establecimiento frecuentado por todo tipo de gente. Sus especialidades más recordadas fueron los chocos asados, las potas, el pescado salado y la asadura en salsa, todos con papas arrugadas.
Y, por supuesto, el vino.
Casa Antonino tenía fama de servir buenos vinos, acompañados de una cocina sencilla y popular que podían encontrarse prácticamente durante todo el año. Al menos en mis recuerdos, no abundaban demasiado los platos de cuchara.
Fui cliente asiduo de aquella casa. Y no solamente por la comida. Una de las razones que hacía especialmente atractivo acudir a Casa Antonino era la extraordinaria colección de personajes que pululaba por allí.
Una vieja casa terrera
El establecimiento ocupaba una antigua casa terrera situada en esquina. Su parte posterior daba al barranco de la Carnicería, mientras una de sus fachadas miraba hacia la pista militar y la otra hacia el Cristo.
En esta última había una puerta, aunque permanecía condenada y no se utilizaba como acceso al establecimiento.
La entrada principal se encontraba en el chaflán de la casa.
Nada más entrar, a la derecha había una puerta que comunicaba con una habitación bastante grande. Allí estaba la barra y era, naturalmente, uno de los espacios donde siempre se concentraba mayor cantidad de gente.
De frente se encontraba otra puerta que daba paso a uno de los rincones más agradables y recordados de Casa Antonino: el patio.
Era un patio precioso, cubierto por una parra. Cuando llegaba el tiempo en que la parra estaba llena de hojas, proporcionaba una sombra magnífica. Bajo ella había cuatro o cinco mesas donde los clientes podían sentarse a comer, beber vino y conversar.
Al fondo del patio, frente a la puerta y detrás de aquellas mesas, crecía un peral. Y aquel peral tenía su propia historia.
Las misteriosas «peras limón»
Uno de los personajes importantes que acudían diariamente al establecimiento me contó en cierta ocasión que a las frutas de aquel árbol las llamaban «peras limón».
La explicación que daban era todavía más curiosa.
Muy cerca del peral se había plantado un limonero que producía unos limones impresionantes y, según aquellos improvisados expertos, las raíces de ambos árboles habían terminado relacionándose de alguna manera, haciendo que las peras adquiriesen cierto sabor ácido, como si se hubiera producido una especie de injerto subterráneo.
¿Era realmente así?
No puedo asegurarlo.
Yo nunca llegué a probar aquellas peras y, por tanto, no sé si aquello tenía alguna explicación botánica o si simplemente era una de esas historias que nacen alrededor de una mesa, pasan de parroquiano en parroquiano y terminan formando parte de la mitología de un establecimiento.
Pero así me lo contaron y así lo recuerdo.
La cocina y el eterno caldero de papas
A la izquierda del patio estaba la pared donde se abrían una puerta y una ventana correspondientes a la cocina, un lugar de muchísimo calor. Y allí había una imagen prácticamente permanente: un enorme caldero lleno de papas.
Las papas estaban continuamente al fuego porque se consumían en grandes cantidades. Eran el acompañamiento imprescindible de muchos de aquellos platos que salían de la cocina y que tanta fama dieron al establecimiento.
En otra parte se encontraba la puerta del servicio y, ya hacia el fondo, había una especie de cuarto abierto utilizado también como comedor. Allí se disponían otras cuatro o cinco mesas, en este caso mayores, preparadas para grupos de ocho o diez personas.
Era otro de los lugares donde se reunían los clientes alrededor de la comida y el vino.
Militares, parroquianos y personajes laguneros
Para comprender el ambiente de Casa Antonino hay que recordar cómo era entonces todo aquel entorno.
Justo enfrente se encontraba el cuartelamiento de Artillería del Cristo, de manera que una parte importante de la clientela estaba formada por militares. Recuerdo, entre otros, a Baena, Aniceto, un sargento que acudía con mucha frecuencia, además de numerosos militares.
A ellos se sumaban los parroquianos habituales de La Laguna.
Y entre estos no podía faltar uno de los personajes que constituían el auténtico alma mater de aquel pequeño universo: Hipólito Polo, el de la funeraria, que prácticamente tenía allí su despacho.
Porque las antiguas tascas eran mucho más que lugares donde beber vino o comer.
Eran puntos de encuentro. Lugares donde se cerraban tratos, se transmitían noticias, se comentaban los acontecimientos de la ciudad y se sabía quién había llegado, quién se había marchado y qué estaba sucediendo unas calles más allá.
