Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «Antonio el Puntero» (X). Por Julio Torres

La primera puchereta: alrededor de una mesa, el renacer de las Fiestas del Cristo (y V)
El regreso del Easo

En 1967, el Coro Easo de San Sebastián regresó a las Fiestas del Cristo, trece años después de aquella primera visita de 1954. La puchereta había cumplido así uno de los objetivos para los que había nacido.
Una conversación aparentemente informal, una mesa compartida, unos platos de comida y algunos vasos de vino habían servido para recuperar voluntades, conectar personas y devolver a las fiestas parte del impulso perdido.
Y no parece poco para una primera puchereta.

Pero para comprender plenamente el origen y la evolución de aquellas reuniones habrá que conocer mejor al hombre que estuvo detrás de ellas: Domingo de Laguna
El 21 de febrero de 1959, Sir Winston Churchill visitó la isla de Tenerife. El viejo político británico, exprimer ministro y figura fundamental de toda una época, llegó a bordo del yate Christina, acompañado por el armador griego Aristóteles Onassis, su esposa, lady Clementine Churchill, y un grupo de amigos. No se separaba de él un inspector de Scotland Yard, que ejercía a la vez como escolta y secretario.
Churchill no hizo declaraciones políticas. Se limitó a disfrutar de su estancia y a saludar, sombrero en mano, a cuantos se acercaban a aclamarlo, especialmente a los miembros de la colonia británica y a los numerosos turistas que entonces se alojaban en el Puerto de la Cruz.
Y allí estaba Domingo de Laguna.
Fue él quien siguió a Churchill durante su recorrido por Tenerife y quien contó después cuanto había visto en las páginas de El Día y La Tarde. Aquello dice bastante del periodista que era Domingo, pero también del personaje: curioso, inquieto y siempre dispuesto a estar allí donde sucedía algo que merecía ser contado.

Hace ya bastantes años, poco tiempo después de su fallecimiento, su hermana Coca —también fallecida— me llamó para que fuera a visitarla a su casa. Aquel día me regaló una importante colección de fotografías de Domingo, además de libros, revistas y algunos «papeles» que había conservado.
Entre aquellas fotografías aparecía, naturalmente, aquella visita de Churchill.
Y Domingo, desde luego, tampoco iba a dejar pasar la oportunidad de inmortalizarse junto a Aristóteles Onassis.
La anécdota puede parecer menor, pero no lo es. Como tantas otras fotografías y encuentros de su vida, ayuda a comprender quién fue Domingo de Laguna: un periodista con una sorprendente capacidad para relacionarse, para acercarse a personajes de muy distinta procedencia y para encontrarse, una y otra vez, en medio de historias que acabarían mereciendo ser contadas.
Pero todos esos encuentros, por extraordinarios que fueran, no terminan de explicar al personaje.
Porque en Domingo confluía otra característica esencial para comprender la historia de las pucheretas: un lagunerismo llevado casi al extremo. Y eso resulta todavía más singular porque Domingo de Laguna no había nacido en La Laguna.
Era lagunero por elección, que quizá sea una de las maneras más intensas de serlo. Estas pucheretas de La Laguna Ahora han servido tantos años después, para volver a sacar a la luz al periodista, al personaje de relaciones sorprendentes, al animador de reuniones y, sobre todo, al hombre que hizo de La Laguna su ciudad y entendió algo que otros muchas veces olvidan: que para conseguir que una fiesta vuelva a levantarse no siempre hacen falta grandes proyectos ni discursos grandilocuentes.
A veces basta con sentar alrededor de una mesa a las personas adecuadas. Eso sí: hay que saber a quién sentar.
