Cacharro por San Andrés al norte de Tenerife. Por Julio Torres

Hoy. como cada 29 de noviembre, se corren los Cacharros en el Puerto de la Cruz
El Puerto de la Cruz amanece con ese aire inquieto que anuncia fiesta. Desde primeras horas de la tarde, el entorno de la plaza del Charco y las calles más cercanas comienzan a llenarse de familias, jóvenes y curiosos que llegan cargados con cuerdas y artilugios metálicos. Hoy tocaba correr los cacharros, la cita más ruidosa —y quizá la más entrañable— de la víspera de San Andrés.
Los primeros golpes metálicos resuenan entre las fachadas de colores del casco portuense, abriéndose paso entre el murmullo turístico habitual. Las latas, bidones, cacerolas y hierros de todas las formas imaginables se arrastraban sin pudor por el adoquinado, componiendo una banda sonora improvisada que solo el Puerto entiende sin necesidad de traducción.
A cada paso, los niños tiran con fuerza de los cacharros, orgullosos de exhibir sus creaciones. Algunos llevaban semanas preparándolos: estructuras imposibles, trenes de latas unidos con alambre, ingenios casi artísticos que convertían el ruido en tradición y la tradición en juego. Los mayores, mientras tanto, sonríen con ese gesto cómplice que solo se ve cuando un pueblo reconoce algo suyo.
En las esquinas, los turistas miraban sorprendidos, intentando adivinar por qué el estruendo parece celebrado y no evitado. Un vecino se lo explicará con la naturalidad del «ranillero»: “Esto se hace desde siempre. Se corrían los cacharros para señalar la llegada del vino nuevo y para espantar lo viejo. Si no hay ruido, no es San Andrés”. Y tiene razón: sin este estrépito festivo, la noche del 29 de noviembre perdería su alma.
A medida que caíga la noche, el Puerto de la Cruz se convirtirá en un escenario vibrante. El olor a castañas asadas mezclado con el salitre del muelle dará al ambiente una sensación casi ceremonial. El metal golpeando la piedra, las risas, las carreras cuesta abajo y la alegría improvisada haran de la ciudad turística parezca, un más, el latir del ritmo de su propia memoria.
Finalmente, cuando los últimos cacharros queden quietos y los niños, cansados pero eufóricos, se sentarán a recuperar el aliento, y quedará claro que la tradición segue viva. No se necesita grandes preparativos ni discursos: basta un puñado de latas, una cuerda y las ganas de mantener en pie un rito que sobrevive porque la gente lo hace suyo.
Esta noche, el Puerto volverá a sonar como siempre. Y mientras siga sonando, San Andrés seguirá entrando por la puerta grande del norte de Tenerife.
