Museo de Naturaleza y Arqueología, MUNA de Tenerife: Exposición temporal «Coraza vegetal» (I)

Una existencia sin orden termina por apabullarnos. Una vida perceptible consiste en no desperdiciar energía intentando descifrar que nos deparará el mañana. Sin embargo, algo dentro de mí hace que me precipite hacia lo desconocido, a probar cosas nuevas provocadas por el vértigo de una imagen y el proyecto que va surgiendo se alimenta de mi encierro y su rareza imita la rareza del mundo en el que estoy inmersa.

Que una aventura personal supone riesgos, es un hecho; que merece la pena, también, aunque a veces nos asalte la soledad, el fracaso o la tentación de arrojar la toalla.

Me adentro en un mundo inédito que solo yo voy conociendo en la medida que va naciendo. Un mundo en el que no debemos acomodarnos nunca, sino buscar nuevas rutas y sobre todo, derribar muros que nos puedan limitar. Esa andadura indecisa al principio, tiene como única asidera nuestra intuición y esa verdad que en definitiva nos configura y define.

Se trata de despojar las capas de un hecho cotidiano hasta llegar al núcleo vital que, una vez hallado, pueda fermentar hacia una manifestación más honda del acto creativo, donde no existan poses estudiadas ni elementos superfluos.

Para un creador, una imagen puede convertirse en un punto de partida y desde ahí, avanzar hasta completar la obra. En el flujo de asociación libre, un tema conduce a otro y este a su vez a otro hasta que las piezas se unen orgánicamente y todo ese conjunto se convierte en un solo cuerpo.

En el suelo extiendo media docena de hojas de papel hecho de manera artesanal. Se trata de un papel esponjoso, lleno de fibras. Empiezo el proceso manchando con acrílico muy líquido y ese soporte tan rico y orgánico propicia que se integre rápidamente en él. Pasadas unas horas, comienzo el dibujo a carboncillo y una vida va abriéndose a mis pies.

Pronto una corriente de energía se hace visible, van saliendo imágenes, cartografías de la memoria, realidades versionadas de la cotidianidad que contemplo a diario. Es la vegetación, esa que estaba reclamando su espacio en el exterior, la que va invadiendo mi estudio y entre trazos el papel se presta a convertirse en arbustos, cardos o ramas que quieren acomodarse con sus vecinas. Es emocionante ver como cobran forma unas simples manchas transmitiendo sentimientos, emociones, tensión.

Todos estos dibujos obedecen a reglas muy sencillas, trazos y texturas que el lenguaje vacío de la realidad se encarga de rellenar. Poseen la particularidad del conocimiento local, pero también podrían hallarse en cualquier otra parte. A veces me surge una pregunta: ¿dónde estamos cuando creamos?

Lo visual es siempre el resultado de un encuentro irrepetible, momentáneo y subjetivo. La obra que surge proviene de los deshechos de todo aquello que se ha conocido con anterioridad y las formas dibujadas que empiezan a tomar cuerpo, se convertirán en la puerta tras la cual se podrá entrar en momentos de mi vida.

Lola del Castillo (marzo-abril 2020)

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