Villancicos canarios: Lo Divino
Lo Divino
Cuando sonaba el acorde final, con estruendo rotundo de panderos y prolongado repiquetear de chácaras y hueseras, las puertas de la casa se abrían para ofrecer a Los Divinos o Lo Divino bandejas de rosquetes y truchas, y botellas de vino nuevo y claro.
Son agrupaciones compuestas de diversos instrumentos, en las que no faltan guitarras, bandurrias, timples, panderetas, triángulos y castañuelas1 que, tradicionalmente, recorren las calles cantando villancicos, como anuncio de que ya es Navidad. Actualmente son agrupaciones mixtas, pero en sus inicios las integraban sólo hombres de campo -entre cuyas rudas voces se entremezclaban las agudas notas de alguna voz infantil-, que tras la faena de la jornada se reunían para entonar sus canciones gentiles e ingenuas, entre las que no faltaba la despedida en la que se hacía la petición franca y cordial de aguinaldo.
«Lo Divino». De lo culto a lo popular
Quizás sea, gracias al auge de los medios de comunicación audiovisuales, el villancico canario «Lo divino» el que más se ha popularizado en los últimos años en nuestro Archipiélago. De él me habló Elfidio Alonso, quien tras asegurarme que tiene una edad aproximada de cincuenta años, me dio diversos detalles de esta melodía. El autor fue don Fermín Cedrés, director de una banda de música curiosamente es el bisabuelo de tres grandes folkloristas: los hermanos Feria, actualmente en «Los Sabandeños». La partitura original se conserva en el convento de las monjas claras de La Laguna, existiendo una copia en el Orfeón La Paz, donde se sigue cantando y de donde el grupo de Sabanda sacó su versión. La letra, que es anónima, tiene una gran belleza:
Anuncia nuestro cantar
que ha nacido el redentor.
La tierra el cielo y el mar
palpitan llenos de amor.
Madre del alma cesen tus penas
calma tu angustia por Dios no llores
Mira que viene la Nochebuena
los Reyes Magos y los pastores.
Lucen los campos, blancos corderos
hay regocijo en las cabañas.
Y los tomillos y los laureles
llenan de aromas nuestras montañas.
Este villancico culto ha terminado por popularizarse de forma sorprendente, aunque suele interpretarse con ciertas interpolaciones y cada cual a su aire, muchas veces sin respetar el original del maestro Cedrés.
