San Juan Bautista, patrón de la ciudad contra la peste (III), por Carlos Rodríguez Morales

Flagelantes recorren la ciudad de Tournai para liberar al mundo de la peste negra. Cromolitografía de la ‘Chronica Aegidii Li Muisius’. (Terceros).
Para conocer con detalle estas celebraciones remitimos a la lectura del texto, que resulta amena y encantadora; pero nos parece conveniente detenernos en algunos puntos. Hubo dos turnos de festejos. La primera se inició a la llegada del gobernador y duró al menos tres días más; aparentemente, su organización fue improvisada. La segunda, del 3 al 6 de octubre, se ajustó a un programa establecido por el Cabildo mediante un acuerdo tomado el 30 de septiembre[1]. La máxima expresión de alborozo resultaron ser las carreras a caballo por la ciudad, en las que los jinetes —el gobernador y la gente de a caballo— gritaban mensajes como «¡Salud en la tierra, salud tras la peste a la peste!» o «¡Salud, salud!», contagiando al pueblo esta alegría: «de tal manera que yendo por las calles corriendo era tanto el ánimo e contentamiento que la gente tubo de ber a el señor gobernador que todos acudieron a grandes bozes pidiendo ¡Salud, salud!, e corriendo por las calles ombres, mugeres e niños». Respecto a varios días se indica que los caballos portaron pretales de cascabeles y en una ocasión, la víspera del día principal, los jinetes salieron por la noche disfrazados «con máscaras y hachas en las manos». Además, en dos jornadas se corrieron gansos[2] y en una, sortija. Respecto a esta última, se había acordado que se hiciera «a ley de honbres darmas e al que corriere como mejor honbre darmas e más bien corridas tres lanças se le dará vn presçio e al que saliere con mejor ynvençión se le dará vn presçio e al que saliere más galán se le dará otro presçio». La relación confirma que corrieron «preçios de sedas e otras hoyas e se dieron a los que mejores lanças corrieron»[3]. El miércoles 5 de octubre hubo, como estaba previsto, «toros en la plaça Mayor e jugaron a las cañas los caballeros» y al día siguiente, tras haberse corrido gansos, «los caballeros en la misma calle, delante muchas personas, tomaron sus adargas en las manos y alcanzías[4] e se dieron de alcanziasos con mucho conçierto e muy reñido el juego, de tal suerte que en qualquier parte parecía bien»[5]. Al respecto de estos juegos caballerescos[6], que tanta afición parecen haber tenido en La Laguna, ha de tenerse en cuenta que según el portugués Gaspar Frutuoso en la ciudad residían por estas fechas doscientos «nobles de a caballo», tenidos por «los mejores jinetes de todas las islas»[7].
Estos actos lúdicos se integraron con celebraciones religiosas. Tanto el día de la entrada de Moreno de León como el de la fiesta principal, 4 de octubre, se ofició misa en la Iglesia de los Remedios. Para ese segundo día contamos con una descripción muy detallada de lo que se hizo; primero el gobernador, los regidores, los capitanes de infantería «e demás personas particulares del pueblo» se trasladaron «en forma de ciudad» desde las casas del Concejo, en un cortejo en el que además del estandarte de la isla se llevaron las banderas de las milicias[8] y los pendones de los oficios, «e con danças e mucha fiesta llegaron a la Yglesia de Nuestra Señora de los Remedios», donde con la cruz parroquial se incorporó el clero; y todos se dirigieron hasta el Convento de Santo Domingo. Los frailes sacaron hasta la puerta la imagen de la Virgen de Candelaria —junto a las de san Antonio y san Gonzalo—, «e allí el señor governador mandó a los capitanes, alferes e demás gente que abatiesen los pendones a Nuestra Señora, como lo hisieron, hincadas las rodillas en tierra, suplicando a Nuestra Señora fuese yntersesora con nuestro Señor Jesucristo les continuase la salud». Acto seguido, la imagen de la patrona regresó al interior del templo. Fue durante esta celebración cuando, como ya sabíamos por Espinosa, se produjo la sanación de un hombre tullido, episodio del que este texto nos ofrece nuevos aspectos. La comitiva se dirigió luego a las obras de la Ermita de San Juan, al Convento de San Francisco —se celebraba ese día su fiesta— y de nuevo a los Remedios, donde se ofició misa. Finalmente, la justicia y el regimiento regresaron al Cabildo.
La relación informa también sobre otros elementos festivos habituales, como la colocación de botas de fuego y hogueras en varias calles y plazas de la ciudad y de luminarias en las ventanas; o sobre la música, pues repicaron las campanas, se tocaron cajas, pífanos y tambores por las calles y dentro de la Iglesia de los Remedios sonaron los órganos. Un último aspecto que conviene resaltar es que tras el milagro del tullido el gobernador tomó algunas medidas indulgentes: a los presos por delitos ligeros se les señaló la ciudad por cárcel, los que estaban privados de libertad en sus propias casas pudieron salir de ellas mediante el pago de una fianza y además ordenó retirar una horca que días atrás había mandado poner en la plaza. El relato cumple su función y se ajusta a las premisas del género de las relaciones festivas que combina rasgos casi periodísticos con un discurso encaminado a subrayar el protagonismo de Lázaro Moreno de León y de la «gente principal». Lo sagrado y lo profano, lo solemne y lo lúdico se entralazan y el propio texto consigue trasladar al lector lo que las fiestas al pueblo: la impresión de que un nuevo tiempo se abría tras la epidemia y que esto justificaba el regocijo.
