Vecinos de la ciudad (IX). El rey, vecino principal e imaginado (y II)

La sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes muestra hasta el 15 de diciembre la exposición Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX).
(…) Si nos atenemos a lo conservado ahora en la ciudad, se descubre pronto que los monarcas eran mejor conocidos gracias a estampas y grabados que contenían todo tipo de libros, ediciones periódicas y folletos propagandís-ticos, necesarios para divulgar su efigie con rigor. Además, algunas colecciones han conservado estampas sueltas, a buen segu-ro como testimonio de lo que debió ser una práctica común: el comercio y la colección de este tipo de reproducciones, gracias a las cuales muchos isleños ampliaron su repertorio figurativo. Así, por ejemplo, del archivo Ossuna forman parte varias estampas en papel de formato pequeño o medio, cuyas dimensiones, el vistoso acabado y el acierto de los retratos reproducidos en ellas, las hacían propicias para una difusión mayor de los soberanos y cuanto era deducible a partir de su «imagen oficial». Sucede así, entre otras, con una representación temprana de Felipe V y con otra más cuidada de María Luisa de Parma que Manuel Salvador Carmona (1734-1820) firmó en 1774, uno de los ejemplares más vistosos de este tipo que llegaron a editarse en Madrid. A partir de ellas, ya fuera por convicción política o por entretenimiento doméstico, los vecinos de La Laguna recrearon plástica y poéticamente la efigie de sus monarcas con discurso alegórico. Testimonio único de esa dinámica es un dibujo a pluma que Lorenzo de Montemayor (1740-1813) firmó en 1761 del joven Carlos III, antes reproducido y nunca estudiado, para el cual pueden señalarse varios antece-dentes o modelos figurativos.

Mayor complejidad conllevaba la ejecución de un lienzo, inspirado habitualmente en estampas o cuadros previos donde la imagen del monarca era recreada con intereses con-trapuestos. Sabemos poco de los ejemplares que recurrió el Cabildo de la isla para organizar las fiestas de proclamación y otras ceremonias de índole político, puesto que los conservados y mejor documentados corresponden a la segunda mitad del siglo XVIII. José Rodríguez de la Oliva (1695-1777) se valdría de un lienzo a la hora de pintar el retrato de Carlos III que motivó las solemnes fiestas de pro-clamación celebradas en La Laguna durante 1760; y algo después, Félix Padrón (1744-1814) recurrió a una estampa que re-produjo pinturas de Mariano Salvador Mae-lla (1739-1819) para dar acabado a la efigie de Carlos IV que iba a presidir iguales feste-jos en 1789, siendo esa efeméride la más notable de cuantas se han organizado en la ciudad con el fin de proclamar a un rey públicamente.
Para comprender mejor la difusión de un monarca y su imagen pública debemos li-mitarnos a lo sucedido con Fernando VII, ya que, por cuestiones políticas y patrióticas, La Laguna fue sede de una Junta Suprema que resistió el dominio francés después de 1808. No sorprende la cantidad de retratos que se ha conservado de este monarca, cuya memoria mantuvieron viva instituciones creadas bajo su reinado como la diócesis Nivariense y el nuevo Cabildo Eclesiástico (1819). Por ese motivo, la catedral conserva una efigie suya, obra de Luis de la Cruz (1776-1853) que fue remitida desde Madrid en 1820. A este pintor se deben también otros retratos del rey preservados en la ciudad, así como miniaturas pintadas igualmente en Madrid que documentan sus cambios físicos. Antes de ello De la Cruz y otros artistas se valieron de imágenes que figuraban en fecha temprana al deseado, convirtiéndolo pronto en el monarca que tuvo mayor difusión mediática o propagandística por razones históricas. Prueba de ello son las miniaturas y pequeños retratos que popularizaron su imagen de perfil con diversa calidad, así como una cinta conmemorativa bordada en honor suyo que incluye la efigie de la reina María Josefa Amalia, su tercera esposa.
