Vecinos de la ciudad (IV). Oligarquía con estirpe: la aristocracia o el artificio del poder (I)

Anónimo: Cristóbal Salazar de Frías. c 1690. Colección Martín Rodríguez de Azero. S/C de Tenerife.
La sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes muestra hasta el 15 de diciembre la exposición Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX).
Como clase social hegemónica, la oligarquía que ansiaba ennoblecerse jugó un papel determinante en la vida doméstica y pública de La Laguna durante los siglos del Antiguo Régimen. La unión interesada de cónyuges a partir de matrimonios convenidos, la pervivencia de los mayorazgos, la acumulación de fortunas, inversiones más o menos acertadas en el comercio americano, los vínculos y la concesión de títulos nobiliarios ayudaron a ello, aunque, como sucedió en otras regiones del reino, su estatus de privilegio no fue constante ni inquebrantable. Durante mucho tiempo este grupo de poder fue partícipe de un mundo pequeño y cerrado en sí mismo, al que únicamente accedían quienes ganaran la estima social que tanto se anhelaba. De ahí que cuestiones comunes en aquel tiempo como el protagonismo concedido a los primogénitos o la endogamia estuvieran a la orden del día, ya que, a efectos prácticos, eran una manera eficaz de no perder el protagonismo heredado e incrementar el lustre de la familia.
Esta circunstancia explica que una minoría de vecinos, atenta siempre a los cambios y a cuanto pudiera derivarse de acciones cotidianas, acumulase las mayores cotas de poder posibles. Los miembros de esa elite ocuparon durante mucho tiempo las regidurías perpetuas, las distinciones militares que estuvieran al alcance, cargos de entidad en el seno de la Iglesia y, si eran preparados para ello, hasta profesiones liberales o responsabilidades públicas. Su defensa del sistema estamental donde se desenvolvieron hábilmente respondía a intereses particulares, puesto que era consecuencia de prácticas y costumbres no cuestionadas hasta finales del siglo XVIII.

Para comprender ese hecho basta reparar en el modo en que los marqueses de Villanueva del Prado, los condes del Valle de Salazar, los marqueses de Casa Hermosa, los vizcondes del Buen Paso y los marqueses de la Villa de San Andrés, entre otros muchos, se adaptaron a los tiempos, encontrando formas de sociabilidad nuevas en la Tertulia de Nava primero y en la Real Sociedad Económica de Amigos del País [1777] o el Consulado Marítimo y Terrestre [1786] luego.
De acuerdo a ese panorama, no sorprende que La Laguna fuera en sí misma una ciudad dada a la exaltación nobiliaria. En sus calles principales existieron casas blasonadas, los escudos de armas campeaban en todo tipo de fundaciones, los recintos sacros respondían en gran medida a un cúmulo de patronatos particulares y no era difícil ver un comportamiento de sesgo aristocrático entre sus vecinos principales, tal y como André Pierre Ledrú comprobó al tratarlos durante su visita a la isla en 1796.
La mejor prueba de dicha realidad son los retratos que conocemos de esta clase social, porque, si obviamos cambios que imponen a veces las costumbres y los tiempos, esas obras se convierten en trasuntos de lo que aparentemente un individuo llega a ser, no de lo que era en realidad. En esta idea, defendida por investigadores que se han aproximado a la retratística hispana del Siglo de Oro, puede resumirse el anhelo que sub-yace tras efigies de signo nobiliario pintadas, grabadas o esculpidas antes de que el ideario ilustrado las renovara en fondo y forma.
La imagen del oligarca que desempeñó su papel como tal durante los primeros siglos del Antiguo Régimen es a la vez arquetípica y sofisticada, en pocos casos natural. Los artistas codificaron un prototipo que se repitió con frecuencia y al que eran propios atribuí-tos o recursos distintivos, en gran medida préstamos de la moda cortesana vigente. Esa realidad, a veces cuestionada para los territorios periféricos, tiene una plasmación evidente en las efigies que autores muy di-versos pintaron en Canarias al mediar el Seiscientos, cuando la nobleza fue consciente-te de su notoriedad pública y las principales familias, muchas veces relacionadas entre sí, consiguieron los títulos que iban a concederle una distinción mayor en el medio isleño. Los marquesados de Villanueva del Prado y de la Villa de San Andrés o el condado del Valle de Salazar son una prueba evidente de esa dinámica, hasta el punto de que sus poseedores recrearon plásticamente la ascendencia con una premisa reivindicativa.
La galería de retratos que adornó entonces la casa o palacio de los Salazar es un testimonio fehaciente del anhelo aristocrático que no escondían sus titulares, aunque los primeros cuadros de la serie, donde quedaron efigiados personajes de centurias precedentes, son pro-ductos del siglo XVII, realizados a destiempo y carentes de originalidad. De ese conjunto la obra más interesante es la figuración del primer conde, Cristóbal Salazar de Frías y Espinosa (1645-1719), para la que se han planteado autorías ahora inverosímiles.
No obstante, la ambientación y su atuendo personal, en el que llega a distinguirse una peluca de corte francés que luego popularizaron los Borbones, invitan a datarla en fecha avanzada, tal vez a finales del siglo XVII. (…)
