Tascas, bodegas, casas de comidas y tabernas en la historia lagunera: «Las Moneditas». Por Julio Torres

Laguneros asiduos a las visitas a Las Moneditas, el tercero de izquierda a derecha es don Agustín Reyes García finales de los años 50. Foto archivo lalagunaahora.

Saliendo de La Laguna por San Benito, justo enfrente de la ermita que da cobijo al Santo Patrón y protector de los campos de Tenerife, se encuentra, desde hace más de cien años, la casa de comidas Las Moneditas

Recuerdo haber visto, a principios de los años sesenta, clavados en un mostrador de madera, ya gastado de tanto limpiarlo con lejía, peniques, marcos, florines, liras y otras monedas extranjeras.

Se contaba que el fundador —persona de la que no quedó referencia y cuyo nombre se perdió con el paso del tiempo— pensó en algún momento que aquellas monedas podían cambiarse por pesetas. Al comprobar que solo se cambiaban los billetes, decidió clavarlas en el mostrador como aviso de que no aceptaba moneda extranjera. De aquella curiosa costumbre habría de surgir el nombre con el que el establecimiento ha llegado hasta nuestros días: Las Moneditas.

A comienzos de los años setenta, el viejo mostrador sufrió una «restauración» y volvieron a clavarse en él monedas de todo el mundo, muchas de ellas regaladas por los taxistas que paraban allí a diario y que se contaban entre sus parroquianos más fieles. Con las monedas antiguas se confeccionó un pequeño tablero con las palabras «Las Moneditas», que quedó colgado del techo sobre las cajas de rosquetes. Estas se apilaban encima de las barricas y su contenido se vendía por cientos cada día.

Aquella reforma la llevó a cabo Juan Rodríguez Correa, natural de San Juan del Reparo, en Garachico. Juan era otro emigrante retornado de Cuba. Allí había dejado un magnífico restaurante que regentaba y tuvo que comenzar de cero nuevamente: Fidel Castro solo le permitió llevarse de la isla a su mujer y su propia vida.

Fue a su regreso a Canarias, en 1963, cuando Juan arrendó Las Moneditas. Años después compraría el establecimiento y continuaría regentándolo hasta su fallecimiento, en 1998. Desde entonces, el negocio ha pasado por varias manos hasta llegar a nuestros días.

Las Moneditas de la posguerra española

Ya en los años cuarenta había comprado la casa de comidas don Agustín Reyes García, emigrante retornado de Cuba y natural de La Victoria de Acentejo, en Tenerife.

Don Agustín era un señor mayor y bajito que acostumbraba a usar sombrero de tipo bombín —de copa baja, rígida y semiesférica, y ala redonda—. Yo llegué a conocerle uno gris y otro marrón. Cuando estaba fuera de la barra vestía, además, chaqueta y chaleco con leontina, aquella cadena tradicional que servía para sujetar el reloj de bolsillo.

Entre los asiduos de Las Moneditas en los años cuarenta se encontraba el grupo de Manuel Verdugo, aficionados a aquello que entonces se llamaba ir de «tumbaventas»: recorrer una taberna tras otra «mojando el pico».

De aquellos años se contaba una anécdota que retrata muy bien el ambiente y el humor de aquellas viejas casas de comidas.

Don Agustín solía tener colgado del techo, mediante unas cadenetas, una especie de plato protegido por una tapa de rejilla mosquitera. Un día había allí unos chicharros fritos. Don Manuel Verdugo pidió uno para acompañar el vino y, cogiéndolo por la cabeza y la cola, comenzó a soplarlo.

Al verlo, don Agustín le dijo:

—No se preocupe, don Manuel, que los chicharros están bastante fríos.

A lo que don Manuel respondió:

—Don Agustín, no pretendo enfriarlo; le estoy quitando el polvo.

La cocina y los vinos de Las Moneditas desde los años sesenta

A partir de 1963, la esposa de Juan, Luisa Rodríguez, cubana e hija de padres canarios, se encargó de la cocina. Juan, por su parte, atendía la barra y a los clientes, además de ocuparse de comprar el vino, el pescado, la carne y, sobre todo, aquellas magníficas papas destinadas a arrugar.

Durante los primeros años todavía se permitía parrandear dentro del establecimiento. Recuerdo escuchar allí a grupos de parranderos llegados desde Santa Cruz, muchos de ellos miembros de las famosas rondallas del Carnaval.

También las murgas laguneras La Pechugona y La Sol-si-do-si hacían su particular recorrido desde el centro de la ciudad hasta aquel «sacro lugar» para repostar. Las mesas se abarrotaban de fuentes y platos, y hasta varios garrafones de vino podían liquidar aquellas gargantas secas para despedir la Piñata del Carnaval.

Recuerdo perfectamente una letra de La Pechugona que, siendo yo muchacho, me escandalizó. Decía así:

En la puerta de la iglesia
hay un cartel con pintura,
dicen que piden «pa» Dios
y se lo maman los curas.

Ya bastante avanzados los años sesenta, Juan tuvo que prohibir las parrandas debido a las frecuentes peleas. Algo parecido ocurría en otros establecimientos de los alrededores, como El Kíkere y La Caseta.

San Benito era entonces un barrio muy peleón. Muchos jóvenes aficionados al boxeo pretendían demostrar que el barrio les pertenecía. Se disputaba un lugar privilegiado en la barra para ver, escuchar y participar en una parranda, y cualquier roce insignificante podía convertirse en motivo suficiente para «fajarse».

Aquella estampa formaba parte de un proceder muy arraigado en aquellos tiempos. Poco a poco, sin embargo, las costumbres fueron cambiando y Las Moneditas también evolucionó. Llegaron a trabajar allí hasta cinco personas atendiendo las mesas y la barra.

A finales de los años sesenta, el local se llenaba prácticamente todos los días. Los fines de semana se llegaban a vender hasta quinientos litros de vino.

Los sabores de Las Moneditas

Las comidas más características de la casa eran el cherne salado, el bacalao, los tollos, las papas arrugadas y la carne con papas.

Desde El Batán llegaba diariamente el queso blanco tierno. Otra delicia era aquel pan redondo, de buena miga y aromatizado con matalahúva.

Entre los postres más habituales estaban los rosquetes —durante años se vendieron los de Manuel «Caperrio», elaborados también en el barrio—, las truchas de batata y los llamados «huevos fritos», nombre con el que se conocía un postre formado por una rueda de piña tropical coronada con medio melocotón y acompañada de nata. Su aspecto, de ahí el nombre, recordaba al de un huevo frito.

Mención aparte merece el arroz con leche al estilo cubano, uno de los postres más deliciosos de la casa. Se trataba de una variante de una receta de larga tradición española, con raíces que se remontan a la influencia culinaria árabe. Al llegar a Cuba, aquella preparación evolucionó de la mano del ingenio criollo y de nuevos ingredientes, adquiriendo una textura especialmente cremosa y haciendo habitual el empleo de leche condensada.

Con el regreso de los emigrantes canarios desde Cuba, aquella manera de preparar el arroz con leche hizo también el viaje de vuelta a las islas y terminó convirtiéndose en uno de los magníficos postres que podían encontrarse en algunas de nuestras casas de comidas tradicionales.

Así fue durante décadas Las Moneditas: casa de comidas, punto de encuentro de taxistas y parroquianos, refugio de parranderos y escenario de historias que fueron pasando de boca en boca. Un establecimiento ligado a San Benito y a una forma de vivir La Laguna que, aunque transformada por el paso del tiempo, permanece en la memoria de quienes la conocieron.

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