Pregón de las Fiestas del Cristo de La Laguna 2018 (I). Por Rosario Álvarez Martínez

En primer lugar, quiero agradecer al Sr. Alcalde y a toda la Corporación municipal el haber sido designada PREGONERA de las Fiestas del Ssmo. Cristo de La Laguna2018, por el gran honor y distinción que se me ha conferido, al encomendarme nada menos que la gran responsabilidad de anunciar en esta última noche de agosto, a punto ya de entraren el tan deseado mes de septiembre, estas emblemáticas y tradicionales fiestas, una de las más antiguas y señeras del Archipiélago, dedicadas a la imagen cristológica que más devoción ha despertado a lo largo de los siglos en Canarias,honor que me ha llenado de orgullo al compartir con muchos de mis coterráneos esa fervorosa veneración.
Y quiero agradecerlo aún más por ser una persona que, como bien se sabe, ha vivido en Santa Cruz desde siempre. Pero, lo que muy pocos saben, es que nací aquí en La Laguna, en la céntrica y comercial calle de Herradores, porque en esta población vivía mi abuela y mi familia materna. De hecho, mis padres, tías y tíos se casaron en el Santuario del Cristo, lo que crea ya un vínculo con la imagen y su entorno. Y aunque mi domicilio estuvo y sigue estando en la vecina ciudad, toda mi vida se ha desarrollado a caballo entre estas dos poblaciones tan cercanas que para mí son complementarias en todos los sentidos, pues ambas han marcado mi personalidad y mi diversificada vocación.
Desde que tengo uso de razón conocí por igual ambas ciudades, porque mi padre nos traíaa mis hermanas y a mí muchas tardes a la casa de mi abuela situada en la calle Marqués de Celada, la antigua calle Empedrada, donde vivía con mis tías en una casona antigua con patio empedrado y jardín, que cuidaba con mimo. La casa tenía ventanas con postigos a la calle, por donde observábamos pasar a los transeúntes y ellos no nos veían, y en varias ocasiones vimos pasar por la aceraprocesiones en miniatura elaboradas y conducidas por niños, una de ellas con el Cristo lagunero. Los tronos los constituían cajas de zapato creo y no recuerdo cómo estaban elaborados los restantes elementos, salvo que llevaban imágenes pequeñitas, al igual que velas, candelabros y jarrones con flores adaptados a esas diminutas dimensiones. Mucho más tarde vine a saber que el promotor de tal evento había sido el sacerdote don Pedro Juan García Hernández, fallecido hace ya unos años, quien fue párroco de la iglesia de Ntra. Sra. de la Esperanza en El Rosario y llegó a ser canónigo de nuestra catedral. Y es que en aquella época algunos niños y jóvenes emulaban lo que hacían los mayores en este sentido, predispuestos ya algunos a seguir la carrera eclesiástica.
De esas estancias cortas o largas en La Laguna, pues también veraneamos unos años en el Camino del Rayo y en otros lugares de la Vega, datan mis primeros recuerdos de la festividad del Cristo, que entonces era para mí solo una fiesta externa, en la gran plaza, a la que me llevaban mis padres y otras veces mis tías, para convertirme a partir de los diez o doce años más o menos en la responsable de mis hermanas y primos en estos menesteres lúdicos que los mayores, ocupados en otras tareas, empezaban a depositar en mí, al ser la mayor de toda la tropa. En aquella época a todos los niños nos encantaba corretear por la plaza de piso de tierra adornada con sus arcos de madera formando calles, una plaza que nosparecía inmensa, con su templete de mampostería en el centro, al que subíamos y bajábamos con tanta facilidad. Los farolillos en largas hileras coronaban todo este entramado de la fiesta popular, configurado por todos aquellos puestos de turrones, de variadas golosinas, de churros, papas fritas, huata, que despertaban el olfato de todos nosotros. Porque la fiesta popular no solo era colorido, música interpretada por parrandas que de cuando en cuando cruzaban la plaza (más tarde ya altavoces ¡claro!) o bullicio, sino también olores, como el de la carne de cochino adobada que se servía en los típicos ventorrillos situados en el Camino de las Peras, con sus mesas y burras de madera y sus típicos manteles a cuadros rojos o azules. También recuerdo las carreras de sortijas, con los caballos corriendo a lo largo de la zona posterior de la plaza, viejísima costumbre que venía del siglo XVI, aquí al menos, y que a nosotros nos dejaba impactados. Este juego de destreza y habilidad era un valioso vestigio de la fiesta popular renacentista y barroca, en la que los toros, los juegos de cañas y las comedias eran inseparables de las mencionadas carreras de caballos, que fueron sustituidos después por bicicletas.(…)
