Mantener vivo el espíritu romero: “Breve Viaje por Nuestras Indumentarias Tradicionales” (I). Por Julio Torres

Vestirte de mago nos es ir disfrazado
Aquéllos que estamos interesados en recuperar las indumentarias tradicionales de nuestros antepasados solemos recurrir a las descripciones, ya por todos conocidas, de Alfred Diston o Pereira Pacheco. Pero existen otros muchos viajeros cuyas descripciones, aunque no tan minuciosas, aportan datos de indudable interés para la investigación etnográfica. En este relato pretendemos acompañar a estos viajeros, a modo de breve viaje por nuestras indumentarias tradicionales.
En sus Cartas desde la isla de Tenerife, P. Kinderley (1764) dice, refiriéndose a la indumentaria femenina, que “durante el día nadie sale sin el manto; exactamente este manto es como dos enaguas cosidas juntas, hechas con estameña negra; una sirve como enagua superior y la otra cae sobre la cabeza, así que la mujer está completamente tapada por ella, excepto una pequeña abertura sobre los ojos que les sirve para guiarse1 (…) En su mayoría tienen largos cabellos negros, que trenzan y dejan caer sobre sus espaldas como una cola, sin ningún tocado (…) Se visten con una chaqueta y una falda con los extremos almidonados, de las que, a pesar de todo, ninguno está torcido; llevan zarcillos, pulseras y cruces; las joyas que más aprecian son las esmeraldas y las perlas orientales .Se perfuman muy fuerte y algunas se pintan”.
Kinderley nada dice sobre la vestimenta masculina, por lo que podemos completar su relato con el que sólo algunos años después (1776) hace James Cook, en su “Tercer Viaje”: Las mujeres llevan vestidos negros, como en España; los hombres parecen menos dominados por esta costumbre y se visten con trajes de toda clase de colores, como los franceses, de quienes imitan, por otra parte, las modas”.
