La mantilla y la peina española y el ceremonial lagunero. La mantilla. Por Julio Torres Santos

https://youtu.be/bTzR3Qa7Xno

La Mantilla en La Laguna

Puesto que en la Isla no se podían conseguir los trajes confeccionados, era preciso comprar las telas para los mismos, siendo muy afamados los Almacenes Ramos. Luego, había que encontrar una buena modista que te lo hiciera. Estaban una que llamaban Conchita y Susa (en la C/General Godé en Santa Cruz, que seguía el “Sistema Amador”).

Mantilla y peineta eran tema diferente, pues, aunque también podían adquirirse en los Almacenes Ramos, en La Laguna había muchas señoras que las conservaban de antiguo, de sus antepasados, que ya las tenían, muchas eran bordadas a mano.

Y lo mismo sucedía con los misales y los rosarios; podían adquirirse en El Águila, pero lo habitual era que se luciesen aquéllos heredados. Herencia consuetudinaria aplicable también a las joyas que, en mayor o menor cantidad, de mejor o peor calidad, las señoras mostraban en su vestimenta.

La indumentaria se completaba con los guantes y los zapatos. Era habitual que por el Jueves Santo (también por el día del Cristo) se estrenaran zapatos, que solían ser de tacón.

Se necesitaba ayuda para colocarse adecuadamente peineta y mantilla. Para ello se recurría a unos rulos de metal, similares a los utilizados para rizar el pelo…

Y ahí había que enrollar el pelo y después trabar la mantilla con horquillas, con ayuda de madres o amigas. Se iba rizando la parte de atrás y por último se cogía con un broche. No era fácil.

Como dijimos, la visita a los Monumentos de mantilla se iniciaba en torno a las cinco de la tarde:

Empezábamos por la tarde, nos reuníamos unas cuantas e íbamos sobre las cinco; sí porque tenías que recorrerlos todos y terminábamos de noche. Y algún descansito que hacíamos.

El descanso más habitual era la plaza de la Catedral, en el banco que está alrededor de la palmera, frente a la puerta principal, que da a la calle de la Carrera. Y es que no era nada frecuente tomar algún refrigerio en alguna cafetería.

No, ¡qué va! Aunque el Jueves Santo sí podías tomar algo, a mí me daba vergüenza… Podías entrar, porque al otro día, el Viernes, era cuado era ayuno y abstinencia. Entonces no estaba sino el Bar Carrera, porque El Refugio daba un olor tremendo a tabaco pues tenia muchas mesas de juego. Pero yo no recuerdo a nadie en un bar de mantilla.

Tampoco se acostumbraba visitar casa alguna en Jueves Santo (las que yo conozco no recibían en Jueves Santo); los únicos ajenos eran aquéllas personas, generalmente de Santa Cruz, que se alojaban en casas de amigos para compartir las celebraciones de Jueves y Viernes Santo –muy especialmente la Procesión de Madrugada-, algo, por otra parte, muy usual en la época.

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