La Carrera, antiguo Bar Alemán (III). Por Julio Fajardo Sánchez
A la izquierda, el desaparecido edificio del Antiguo Casino de La Laguna en calle «La Carrera», lugar donde se encontraba instalado el Bar Alemán, en la foto de la derecha; Alfonso Garciarramos, don José Peraza de Ayala y Berto Zenón, acto de presentación de una exposición fotográfica obra de este último. La Laguna marzo de 1971.
Existen muchas anecdotas en el carnaval lagunero, pero yo las quiero sintetizar en una que me parece extraordinaria. El joven artista lagunero. José Norberto Rodríguez, más conocido por Zenón. entró en el baile del Teatro Leal dispuesto a encontrar una máscara aparente. Al momento se le acercó una. más o menos de su estatura. delgada y vivaracha con la que empezó a bailar en seguida.Brincando por la pista, lo que fue aguantando poco a poco,hasta que, con algunas insinuaciones lo llevó hasta la calle. Con la mascara, inició el camino hacia la Concepción, torciendo en la esquina de Ascanio y Nieves. Zenón. creyendo que enfilaban hacia el Camino Largo. continuó eufórico la fiesta. hasta que. al llegar casi el final de la calle y frente a su casa, la máscara se quitó la careta y le dijo:
Berto: ¿no crees que ya es bastante tarde para estar andando por ahí?
Era su abuela.
Los carnavales en los alrededores del bar Alemán siempre fueron cosa de humor, ya no lo siguen siendo. Por lo pronto se han dejado contaminar de esa fiebre seudocaribeña que se empeña en dislocarse la cadera en una combinación de merengue dominacano y la danza del vientre marroqui. Diseñando, de alguna manera, la esencia mixta de un nacionalismo de abuelo y nieto, que no reniega de ningún parentesco reafirmándose entre el poncho y la chilaba:
según para dónde se mire.
Mientras sea así, la cosa no va mal
Éramos buenos chicos. Por eso entendíamos la fiesta de las carnestalendas en un sentido práctico de máxima luterana: «Peca fuerte y arrepiéntete fuerte. Si no, cómo íbamos a entrar en la cuaresma con auténtico arrepentimiento y dolor de corazón. Terminados los carnavales, y con los ecos del pecado sin traspasar la cordillera de San Roque, entrabamos en los ejercicios espirituales que organizaban los Padres Paules de San Agustín,para temblar y llorar a lágrima viva: ejercicio violento que nos hacia llegar aligerados a la Semana Santa. como el boxeador que se tontura para dar el peso días antes del combate.
Pero el pecado realmente consistía en una convención. en un pacto, en la comisión de transgresiones previamente acordadas para llegar con las alforjas llenas al confesionario. Lo traumático es pensar ahora que aquéllo era traumante. Si lo hubiera sido realmente no podríamos ni siquiera hacer el recuerdo bienhumorado y hasta esperpéntico de la situación.
La gracia del carnaval residía en el estrecho conocimiento que los disfrazados tenían unos de otros, encerrados en el concreto recinto del bar y de la calle en los que se veían todos los demás días del año. Por eso, uno de los importantes protagonistas de la fiesta era el. no disfrazado, aquél que iba a pelo, a ser reconocido por la máscara que como una gitana zahorina, le iba a cantar las cuarenta o a desvelarle su secretas intimidades desde el refugio anónimo del disfraz. Un masoquista jugando su papel de necesario complemento para el juego de las adivinanzas. La desgracia del carnaval consiste justamente en lo contrario, en un empeño desesperado de concentrar a miles de participantes que no tienen nada que decirse salvo cogerse el culo con la técnica alevosa del descuido; que se pisan. se orinan y compiten en una absurda contrareloj por quién aguanta más tiempo sin irse a la cama. De aquí que la frase del día siguiente siempre sea la misma:
-¿Tú cuándo te fuiste?
-Yo. a las ocho.
-Pues a las nueve se puso aquéllo mejor que nunca.

