Historias de un carnaval lagunero que se vivía de puertas adentro y en los alrededores del bar Alemán

Una máscara, una abuela y el espíritu del carnaval lagunero
El carnaval de La Laguna ha dejado a lo largo de los años innumerables anécdotas, pequeñas historias que retratan mejor que cualquier crónica oficial el espíritu de la fiesta. Una de las más recordadas tiene como protagonista al joven artista lagunero José Norberto Rodríguez, conocido popularmente como Zenón, y resume como pocas la mezcla de picardía, cercanía y humor que caracterizaba aquellos carnavales.
Ocurrió en un baile del Teatro Leal. Zenón entró con la intención, nada disimulada, de encontrar una máscara atractiva con la que compartir la noche. No tardó en aparecer: una figura de su estatura, delgada y vivaracha, que lo sacó a la pista casi de inmediato. Bailaron con entusiasmo y, tras un rato, entre gestos cómplices y silencios sugerentes, ella lo condujo hacia la calle.
Siempre con la careta puesta, tomaron camino hacia la Concepción, giraron por la esquina de Ascanio y Nieves y siguieron avanzando. Zenón, convencido de que la noche continuaba rumbo al Camino Largo, no sospechó nada hasta que, casi al final de la calle y frente a su propia casa, la máscara se detuvo, se descubrió el rostro y pronunció una frase que puso fin a la aventura:
—Berto, ¿no crees que ya es bastante tarde para estar andando por ahí?
Era su abuela.

Indianos a las puertas del Bar Alemán y Casino de La Laguna. Foto 1959. Colección familiar Pablo Reyes.
Historias como esta ayudan a entender un carnaval que se vivía de puertas adentro y de calle en calle, especialmente en los alrededores del bar Alemán, donde el humor y la complicidad vecinal eran parte esencial de la fiesta. A diferencia de hoy, cuando los ritmos y estéticas importados han ido transformando el ambiente, aquel carnaval se apoyaba más en el ingenio que en el espectáculo, más en el reconocimiento mutuo que en el anonimato de las multitudes.
Para muchos, la celebración tenía incluso un sentido casi ritual. Se pecaba con método y se regresaba después al orden con igual disciplina, en una especie de pacto tácito entre la transgresión y el arrepentimiento. El carnaval era exceso, sí, pero también convención: una licencia compartida y perfectamente comprendida por todos.
Quizá por eso, una de las figuras más importantes de aquellas noches era el que no iba disfrazado, el que se exponía a ser reconocido y a escuchar, desde el anonimato de una máscara, verdades dichas en clave de broma. Un juego social en el que todos sabían quién era quién, y en el que la risa funcionaba como el mejor disfraz.
