Es tiempo de Navidad: Memoria de las tradiciones y costumbres laguneras «Las Paveras» (I) . Por Julio Torres Santos

Recreación de la venta de pavos a las puertas del palacio de los Condes del Valle de Salazar. Recreación Julio Torres Santos.
LAS PAVERAS
La cría de pavos es una de las actividades menos conocidas entre las que los agricultores de las medianías del norte tinerfeño (concretamente Los Realejos, La Vera, Icod el Alto y San Juan de la Rambla) se vieron obligados a desempeñar, para complementar los escasos ingresos generados por la agricultura de secano. Aunque extinguida en la actualidad, estuvo muy arraigada hasta mediados del s. XX. Fue una ocupación básicamente femenina, transmitida de madres a hijas, por lo que constituye un ejemplo más de la rígida división entre labores femeninas y masculinas propia de la agricultura canaria.
La mujer era la encargada de vender y criar los pavos, logrando beneficios considerables sin grandes inversiones, por lo que disfrutaba de cierta consideración social; pero si lo hacía el hombre – lo que sucedía, según nuestros datos, en contadas ocasiones- se lo tildaba de “mujerengo” o “afeminado”.
Pavos por Navidad
Las paveras desplazaban su manada (rancho) a las tierras próximas a la costa para que ésta se alimentara de hierbas, cigarrones, cochinilla, higos picos y, sobre todo, de granos en los caminos, barrancos y, fundamentalmente, en los campos de barbecho. Al llegar la noche, encerraban el rancho de pavos en una pequeña construcción adosada a su vivienda, en la que también permanecían las pavas en época de cría. Después de este período, conservando un pavo y algunas pavas, lo trasladaban hasta la zona de venta. La Laguna y Santa Cruz eran destinos habituales, dada la demanda, que llegó a ser cada vez mayor en fechas navideñas.
El recorrido hacia La Laguna se iniciaba a finales de julio o principios de agosto, pues al ser tan largo y duro, los pavos llegaban en condiciones tan paupérrimas que era preciso un período de engorde a fin de que estuvieran en óptimas condiciones para la venta, especialmente en fechas navideñas. Era, además, un recorrido lento, ya que las paveras debían caminar al paso de los pavos, cuidando, con su característico y típico grito –“Chiiii, chiiii,…”- que no salieran a la carretera y que perdieran el menor peso posible.
Cuatro días duraba el trayecto hasta Los Rodeos, lo que suponía tres paradas nocturnas a lo largo del camino, aunque un tanto arbitrarias, siempre coincidentes con enclaves frecuentados o con viviendas de amigos.
