El Cristo de La Laguna, la Plaza y las fiestas (V)

Los fuegos del Cristo
La pirotecnia ha ocupado siempre un capítulo muy relevante de la fiesta, casi desde sus inicios, aunque resulta difícil establecer el momento exacto en que se inició la costumbre de quemar fuegos para celebrar las fiestas del Smo. Cristo de La Laguna. Según Núñez de la Peña, los fuegos, como tales, aparecen con anterioridad a la fundación de la Esclavitud (1659), pero no aporta una fecha exacta.
En un principio, los fuegos se preparaban y ajustaban en una casa aledaña al convento franciscano, pero, posteriormente, dado el peligro que estas labores entrañaban para el monasterio, los frailes lograron que pasaran a realizarse en la iglesia del hospital de San Sebastián, hasta que el regidor Carreño protestó por la misma razón que los frailes.
En el mes de septiembre de 1701, cuando las celebraciones del Cristo coincidieron con las del nacimiento del príncipe Luis, primogénito de Felipe V –la noticia de su alumbramiento llegó a la Ciudad precisamente el 14 de septiembre-, tras la solemne función de la tarde, salieron en procesión las imágenes de la Virgen de los Remedios y del Smo. Cristo, y La Laguna vivió “fiestas de la alegría y regocijos de día y de noche, fuegos y luminarias e invenciones que hicieron los gremios, ocho comedias (…) y sortija de los caballos”, relata Núñez de la Peña.
Sin embargo, coincidiendo con la proscripción de las tapadas, en las últimas décadas del siglo XVIII el Cabildo lo prohibió casi todo: las procesiones de noche, las hogueras…incluso, en 1771, los fuegos artificiales.
Ya en el siglo XIX, los fuegos del Cristo alcanzaron tal fama en el archipiélago, que las celebraciones eran conocidas popularmente como “fiestas de la pirotecnia”. La tradición no se interrumpió durante el periodo republicano, pero sí durante la guerra civil, que supuso que únicamente tuvieran lugar los actos religiosos en honor del Smo. Cristo, tal y como recogen los programas de estos años.
Durante esta primera parte del siglo XX, la competitividad entre los especialistas isleños por participar con piezas novedosas y de calidad llegó a tal extremo que el lagunero Gregorio Hernández propuso al alcalde de la ciudad celebrar un gran concurso de fuegos artificiales, donde pudieran intervenir todos los pirotécnicos de la Isla, incluidos los que no solían recibir encargos.
En 1906 la Comisión de festejos del Smo. Cristo de La Laguna convoca por primera vez tal concurso pirotécnico, “en su deseo de dar mayor realce a las próximas fiestas de septiembre, y al mismo tiempo contribuir al fomento de la pirotecnia en Canarias” . Llegando a adquirir gran fama y prestigio, desde esta primera convocatoria el concurso tenía lugar la víspera, tras la verbena en la plaza del Cristo , como constatan los programas de las fiestas del siglo XX; en el de 1923 leemos que el jueves 13 de septiembre…
A las once, extraordinario concurso de fuegos artificiales en el que los más prestigiosos pirotécnicos de la Isla se disputarán diversos premios, quemándose hermosas piezas o árboles por cada uno de los concursantes. Tomarán parte en este concurso, a más de otros profesionales de fuera de Canarias, don Antonio Waló, de Buenavista; don Pedro Pacheco, de Puerto de la Cruz; don Marcos Toste, de Los Realejos; don Francisco Dávila, de Güimar; don Domingo Toste, de Icod; y don Juan Moreno y don Gregorio Hernández, de La Laguna.
La lectura de los programas de las fiestas de estas primeras décadas arroja detalladas descripciones de los fuegos que se quemaban en la Torre, en el Óvalo, en la continuación del Óvalo, en los Portales y en el Risco. Y me permiten mencionar a “fogueteros” como Marcos Toste del Castillo (un habitual), Isidoro Dorta Martín, Manuel Tarife, Pedro Pacheco Delgado,
Francisco Dávila… y a Gregorio Hernández, Carlos Expósito Pérez y Francisco Rivero Expósito, los tres con talleres en La Laguna, en concreto en el paseo de Lucas Vega, en el camino de la Rúa y en la calle del Adelantado, respectivamente.
Con romántica pluma, los cronistas decimonónicos compiten para describir los fuegos de la Entrada del Cristo. Con la plaza de San Francisco “brillantemente” adornada con “bengalas, fuegos artificiales, luces de todas clases”, y “las brillantes antorchas ordenadamente colocadas en las montañas cercanas”, la efigie del Cristo se dispone en “el monumental templete levantado en el centro de la plaza”. Es entonces cuando todos los epítetos parecen pocos para describir el “apoteósico”, “mágico”, “grandioso”, “sobresaliente”, “portentoso”… espectáculo pirotécnico que producen millares de cohetes al surcar el espacio y “los vistosos fuegos artificiales, que con variedad de colores se queman en los ángulos de la plaza”. Se oyen “los acordes de las músicas” y “entre las nubes de humo” se perfila la figura del Cristo .
Fuegos de la Entrada que siempre se han quemado en una plaza caracterizada por un descomunal bullicio. Narra Luis Mafiotte la Roche (bajo el seudónimo “Ortiguilla”) que en 1883 el murmullo de la muchedumbre apagaba el sonido del paseo amenizado por “la banda del batallón”, sobre todo cuando interpretaba el popular tajaraste y se incrementaban “los saltos, piruetas y contorsiones de los que no tenían bien segura la cabeza por el vino ingerido”. Una década después, las crónicas siguen insistiendo en la algarabía, bailes, músicas, guitarreos, cantos, aromas a adobo, a vino, “a emanaciones humanas, mezclado con el perfume de flores y de esencias” .
