El bar Castillo de los Albores de la democracia. Por Julio Fajardo Sánchez

De Cuando el «Pipe» estaba abierto. En la foto: Luís y Luciano, Camarero y cliente
Como el Castillo tiene dos puertas que actúan en diagonal es muy difícil controlar la entrada y salida de visitantes.
También es verdad que, por la profunda responsabilidad democrática del dueño, nunca se ha hecho selección de la clientela aunque no hayan dejado de existir tentaciones y justificaciones para ello. Últimamente, con el auge de la venta ambulante de los boletos de la suerte, hay un asalto continuo de agresivos vendedores que distraen, al igual que los manises, el trago comprometido de las cervecitas y los whiskys.
Otros consumidores esporádicos provocan un hueco en la barra con su presencia. Son violentos y amenazadores; despejan el bar y huyen los clientes. Los que permanecen fieles se concentran en un rincón, como si fueran a tirar un corner. Son la ruina para el dueño que cambia de color cuando los ve aparecer, como si se tratara de una cuadrilla de inspectores de hacienda.
Los hay palizas, como un famoso analista político de la isla del Hierro, enfrascado actualmente en lanzaderas y radares.
Los hay forofos acérrimos del equipo que les hace sufrir y disfrutar alternativamente. Son los que transmiten sus emociones al resto cuando, desde la barra, se contempla la retransmisión televisada del partido.
Los hay coñacitos, que se convierten inmediatamente en objetos imprescindibles para la broma socarrona. Pero pese a toda esta variedad nunca se ha exigido la observancia de la reserva del derecho de admisión.
Sólo en una ocasión se originó un conflicto relacionado con las restricciones de entrada al local, con motivo de las continuadas visitas de un perro que, acompañando a su dueño, tomaba posesión de una de las esquinas, la que se encuentra en la confluencia de las dos puertas en diagonal, actualmente bajo el televisor. Allí se echaba mansamente el animal sin molestar a nadie, antes bien, dando afectuosas muestras de agradecimiento a los saludos cariñosos del resto de los clientes.
Las alegrías del perro no eran valoradas igualmente por todos los ojos. Un cliente, conspicuo y exigente donde los haya, puso reparos desde el primer momento a la presencia del can, por lo que se provocó una decisión en asamblea, una especie de referéndum que avalara o condenara la entrada de animales al bar.
Por fin se celebró la votación en tiempo y forma, arrojando como resultado la victoria aplastante de los partidarios del perro, con lo que quedó de nuevo clara la vocación liberal de la comunidad de Castillo.
El crítico abandonó por un tiempo sus visitas arrastrando con su postura a sus acompañantes habituales, con el consiguiente quebranto para la caja. Afortunadamente esta situación fue pasajera la oposición volvió al redil y el pobre animal enfermó de cataratas Todo se arregló a satisfacción de la mayoría: los disidentes regresaro~ a sus costumbres y el dueño del perro, a partir de la desgracia, recibiaad a diario las manifestaciones de …adhesión de los parroquianos. Total para lo que hay que ver.
