Aquel bar Castillo o «Las tortillas». Por Julio Fajardo
En la imagen de izquierda a derecha: Vecina de «La Piterita», el alcalde Pedro González y los concejales Julio Fajardo y Domingo Medina.
Hace ya bastantes años que el bar Castillo mantiene un horario prudente y adecuado de cierre, como requiere el respeto a la vida familiar que se tienen la mayoría de sus clientes actuales y sus dueños. Pero esto no siempre fue así. En otro tiempo, cuando las energías de ambas partes lo permitían, su actividad se prolongaba hasta la medianoche.
Los estudiantes iban a tomar el café, y hasta la centramina, en la apurada recta final de los exámenes, cuando la Universidad estaba en la calle de la Carrera y la actual zona de Heráclio Sánchez y Antonio González eran huertas sin cultivar;los rezagados, víctimas de la ludopatía franquista, aprovechaban para jugar la última garrafina;y los músicos intentaban afinar sus instrumentos antes de salir de serenata, una actividad que consistía más en darle esquinazo a la policía que en ejercer el arte amatorio de Cirano de Bergerac.
En una de esas noches luminosas recuerdo ver allí a Antonio Chaparra, un músico curtido en tierras americanas que servía tanto para un barrido como para un fregado. A Chaparra lo podías tocar tanto por joropos como por guaranías, se arreglaba igual con un guapango que con un corrido y cantaba el tango igual que la milonga. Era un hombre de la noche y del día, pero más de la noche, que es cuando mejor se canta; porque hay más silencio para esuchar y más oportunidad de molestar a quien no le gusta. Por esta razón musical, Chaparra visitaba el bar Castillo algunas noches.
De la noche al día, Antonio Chaparra pasaba también, por si veía a algun conocido, por casa de Pepe el Gago, sabiendo que Don Luis Ramos solía llevar, al mediodía, un papelón de castañas calentitas que se intentaban bajar a base de vino tinto.
Fue allí donde se trató el preparar una cazuela de pescado en la finca que Don Luis tenía en Los Baldíos, la que hoyes el cementerio municipal, el día de San José. Chaparra fue invitado en su doble condición de músico y de pinche de cocina, y allí estuvo desde temprano preparando las papas, el pescado y el gofio escaldado.
Después de la comida, los estómagos llenos y algunos vasos de vino ingeridos, Don Luis propuso regresar a La Laguna para felicitar a Don José Peraza, pues según él le gustaría tener en su casa a un grupo nutrido de los recién creados Sabandeños, arrendatarios del nombre de su finca Sabanda de Punta del Hidalgo.
En el portalón de la casa de la Trinidad, Don Luis, que no las tenía todas consigo, advirtió al Chaparra diciéndole:
«Téngame cuidado Chaparra que vamos a entrar a casa de un caballero».
Y éste le contestó:
«Descuide y quédese tranquilo que yo no voy a hacer nada más que lo que usted me diga».
Cuando entramos en casa de Don José era temprano. Aún no había llegado ninguno de los invitados que, sin ser avisados, todos los años se acercaban a su casa para felicitarlo, pero todo estaba preparado. En el despacho, situado en el entresuelo, había una gran bandeja de plata, sobre la mesa, con vasos de whisky de cristal tallado, también una jarra con agua fría y un cubo de hielo con las pinzas sobre la tapa, también de plata. Al lado, en posición de firmes, esperando las órdenes del caballero, estaba el «Pabiba», un conocido personaje de La Laguna que, sólo por aquel día, le prestaba a Don José servicios de camarero, de ayuda de cámara o de portero mayor, pues igual atendía al servicio del bar como contestaba a las llamadas telefónicas y hacía la recepción a los que iban llegando. Desde que el Chaparra lo vio se dio cuenta de que aquél era su hombre.
Ya estában todos sentados y servidos cuando el Barón, de forma distendida, empezó a hablar de la Punta, de su querida Sabanda y de las hermosas folías que allí se cantaban el Chúmbale o Manolo el de Tita. En medio de la disertación, el Chaparra empezó a arpegiar su guitarra mientras Don Luis le daba pataditas disimuladamente para que se callara. En vista de que no le hacía caso, faltando a lo prometido antes de entrar, Don Luis le recriminó diciéndole: ¡Cállese Chaparra! Pero Antonio, como si no fuera con él, sentenció: «Cuando un hombre habla bonito es bueno acompañarlo por música».
D.Luís Ramos.Centro de la imagenEl teléfono no dejaba de sonar y el seudomayordomo anunciaba el nombre del comunicante a lo que Don José se ponía inmediatamente al aparato. Una y otra vez llamaron varios profesores de la Facultad de Derecho, algunos directivos del Ateneo y diversos amigos, todos ellos cantados en voz alta por el «Pabiba» como si estuvieran entrando en un baile de la Corte de Viena. En un remanso, después de tanta llamada y de servir la segunda ronda de whiskys, Don Luis comentó: «Hay que ver la cantidad de gente que le llama»; y Don José, quitándose méritos dijo:
«Es que el nombre es muy conocido y todo el mundo se acuerda por ser un día de fiesta tan señalado».
El Chaparra no aguantó la oportunidad y salió al quite rápidamente:
«Si Vd. se llamara Nepomuceno no lo llamaría nadie por teléfono».
A Don Luis se lo llevaban los demonios, pero no pudo decir nada porque una carcajada general, a la que se incorporó el Barón, corroboró el aserto de Chaparra.Sólo dos rostros permanecían graves ante la situación esperpéntica: el de Don Luis Ramos, demudado pensando en su responsabilidad por haber introducido a semejante individuo en casa de un señor de tal renombre, y el del» Pabiba» , que no salía de su asombro ni del papel de gravedad que tenía asignado en aquella ceremonia.
Fue pasando el tiempo y el teléfono iba amainando a la vez que era más frecuente el sonido del timbre, al que acudía diligente el «Pabiba». Parecía, por momentos que no iba a poder con todo: servía los whiskys, recogía las llamadas telefónicas y acudía veloz a abrir la puerta para recibir a las visitas.
Casa Peraza de Ayala
El despacho cada vez estaba más lleno y el «Pabiba», con su smoking impecable parecía controlar plenamente la situación. Para el Chaparra, aquél era el centro de la reunión, la clave de lo que ocurría en aquella casa, igual que él lo había sido por la mañana, en la finca de Don Luis Ramos, preparando el pescado, encargándose del servicio y tocando luego la guitarra.
Todo ocurrió de repente, nadie sabe cómo fue el principio, ni si hizo algún amago previo capaz de abortar la acción. El Chaparra se levantó decidido del asiento que ocupaba y dirigiéndose al «Pabiba» le dio un manotazo en la espalda que hizo peligrar los whiskys recién servidos que tenía en la mano, y le dijo: «Oiga compadre, ¿Vd. sabe donde está el meadero? «.
Don Luis exclamó: ¡No, por Dios! y salió escaleras abajo sin despedirse siquiera de Don José.
Chaparra estuvo mucho tiempo sin comer castañas calentitas y eliminó los alrededores de la esquina de Herradores con Núñez de la Peña de su itinerario habitual. El bar Castillo estuvo mucho tiempo sin verlo, aunque estaba presente con frecuencia en el relato divertido que los testigos hacían del percance del día de San José.
