Vecinos de la ciudad (IX). Simulacros de fe (I)

La sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes muestra hasta el 15 de diciembre la exposición Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX)

La religiosidad latente durante el Antiguo Régimen es calve para comprender el auge del retrato en una ciudad como La Laguna, porque, a pesar de que no era indispensable para su fomento, ayudó a divulgar devociones notables, fijar la imagen de algunos fieles en entornos piadosos, perpetuar anhelos de la vecindad y, por lo general, convertir un sentimiento común en algo cotidiano. En ese tiempo la religión lo impregnaba prácticamente todo, teniendo una manifestación evidente en la vida pública y en la cotidiana. Por esa razón, el culto solía desarrollarse en espacios colectivos habilitados para ello y en el propio hogar, donde, a tenor de lo deducido por las obras conservadas e inventarios que han ido trascribiéndose durante los últimos años, sabemos que existieron muchas representaciones de carácter sacro. Se ha señalado ya que La Laguna era una capital de porte y significación nobiliaria [I], aunque fue también una localidad dada a la exaltación religiosa en todo momento y por medios diversos [IV].

Nunca llegó a aclamarse como tal con un sentido continuo, pero su apariencia global, tanto en la morfología urbana como en la simbólica, no fue ajena a argumentaciones que San Agustín defendió a la hora de caracterizar la civitas dei en el siglo V. Gracias a ese término, esgrimido a veces por los predicadores desde el púlpito, se entendía que la auténtica ciudad de Dios era representada por el cristianismo y la verdad espiritual, diferenciándose así de urbes paganas que mostraban símbolos de decadencia y vivían sumidas en el pecado. Algunos episodios del acontecer histórico de La Laguna insisten en esa circunstancia, porque, no en vano, en ella solían residir los vicarios de la isla de Tenerife y a ella acudieron con frecuencia obispos y religiosos influyentes del único obispado que existía en el Archipiélago. Aunque hubo intentos previos, la diócesis Nivariense no se instauró hasta 1819, cuando los usos religiosos de la época Moderna empezaban a cambiar y el discurso que evocan las obras aquí recogidas, representativas de un trasfondo particular e inconmensurable, fue reinventado a la luz de la razón. No obstante, hasta el siglo XIX pervivieron con contrariedades rasgos de la devotio moderna que anhelaban todo tipo de fundaciones, puesto que en la ciudad existieron dos parroquias históricas que pleiteaban entre sí por derechos y privilegios eclesiásticos, tres conventos de frailes, dos monasterios de clausura, un elevado número de ermitas y varias capillas de cruz, además de oratorios particulares en los domicilios y haciendas principales del campo (…)

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