Vecinos de la ciudad (V). Nobleza y limpieza de sangre: las órdenes militares de caballería

La sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes muestra hasta el 15 de diciembre la exposición Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX).
Segundo marqués de Villanueva del Prado, Alonso de Nava Grimón y Alvarado Braca-monte (1655-1716) fue, en palabras de Viera y Clavijo, uno de los sujetos de más reputación que jamás hubo en las Islas. Con una renta de más de 30.000 pesos, fruto de sus viñas de Santa Úrsula, Los Realejos y Valle Guerra, mantenía «una casa esplendida, llena de criados mayores, libreas, coches, tiros de mulas de la Mancha y caballos frisones». Viste, en este retrato, jubón y ropilla de raso adamascado, con mangas dobles, calzones estrechos, medias blancas con ligas y lazos y zapatos con lazos a juego, además de espada a la cintura y sombrero en su mano izquierda, de acuerdo a la sobria moda dominante en tiempos de Carlos II (1665-1700), en la que el negro, convertido por la regia etiqueta española en el color del poder y la elegancia, es el protagonista absoluto.
Su aspecto juvenil, así como la venera y el manto con la cruz de la orden militar de Calatrava que ostenta, invitan a pensar que se trata de un cuadro con tintes conmemorativos, realizado hacia 1668, cuando, a la edad de trece años, juró y vistió dicho hábito en el acto de su cruzamiento celebrado en la iglesia de San Agustín de La Laguna o, en todo caso, en los años inmediatamente posteriores. Bordada en rojo y bien visible sobre la hombrera de la capa, la insignia de caballería imprime una nota de color, en tanto que sobre el pecho centellea el hábito o encomienda de Calatrava. Conforme a los usos nobiliarios de la época, la joya, con cruz esmaltada en rojo y orla festoneada de diamantes engastados, pende, baja, de una cinta de seda sujeta a un pasador triangulado, a juego con ella, que, a modo de corbata, lleva bajo la abotonadura del cuello.
Con traje negro de golilla recta y larga melena lisa partida en raya a un lado, al estilo adolescente del rey, este retrato, en el tránsito de la edad pupilar a la mayoría de edad, evidencia su proximidad con los modelos cortesanos del momento. No en vano, el marqués se distinguió por sus poderosas alianzas y parientes en la corte y en los consejos de Guerra y Estado. Fallecido en 1716, en el inventario practicado en sus casas principales de La Laguna figuran diferentes retratos reales, que consagraban, a la vista y en el seno de sus súbditos más fieles y leales, tales imágenes de prestigio; además de «un vestido de golilla de fondo usado» y, a la cabeza de la plata labrada, «dos conchas grandes», una de las cuales podría ser el fastuoso ejemplar que perteneció a la casa de Nava, hoy en poder de las vecinas monjas catalinas.
Como propone el investigador J. A. Lorenzo Lima, el cuadro se halla sin duda en relación con el arte de Gaspar de Quevedo, paternidad, patente en especial en el rostro, que compartimos. Obra de la etapa final del pintor, cuya trayectoria está documentada hasta 1670, podría pensarse que formaba pareja con su primera mujer, María Viña de Vergara, con la que se desposó en 1674, al modo de los retratos matrimoniales de Fernando del Castillo Cabeza de Vaca y Catalina Inés Val-cárcel y Lugo, casados en 1687, o de Juan Yansen y Mariana Lesur de la Torre, de 1689. Tras el repentino fallecimiento de su esposa en julio de 1687, su viudo contrajo segundas nupcias tres meses después. Fechado ese mismo año según se ha publicado recientemente, el lienzo de la marquesa, amén de otras diferencias, está sin embargo claramente emparentado con un grupo de retratos de finales del XVII y principios del XVIII, con los que comparte similar trazado de cortinajes y «damascos de España», obrados acaso por Feliciano de Abreu (…1655-1706), discípulo de Quevedo.
