Vecinos de la ciudad (IV). Oligarquía con estirpe: la aristocracia o el artificio del poder (y II)

La sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes muestra hasta el 15 de diciembre la exposición Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX).

(…) La efigie que refleja mejor los modismos previos corresponde con el retrato del segundo marqués de Villanueva del Prado, Alonso de Nava Grimón y Alvarado Bracamonte (1655-1716), a nuestro juicio una obra de Gaspar de Quevedo (1616-1670…). Fue pintado en La Laguna después de su envestidura como caballero de la orden de Calatrava en 1668, quizá al tiempo que dicho pintor residía ya en la ciudad. Lo importante es que en él o en obras parecidas que no conocemos se codificaron los rasgos que pintores locales, a buen seguro continuadores del arte de Que-vedo entre los que se encuentra Feliciano de Abreu (…1655-1708), reproducirían en obras afines hasta finales de la centuria. En sus trabajos hay una tendencia clara a figurar a los personajes en pie y con el atuendo distintivo de la época, mostrando también insignias de órdenes militares y una ambientación indefinida, donde no faltan espadas, cortinajes de damasco recogidos en un lateral y otros símbolos de porte nobiliario como escudos e inscripciones, las últimas dispuestas a veces con posterioridad.

El universo femenino no permaneció al margen de dichas novedades y, como otros nobles de aquel tiempo, las damas fueron figuradas conforme a modismos imperantes en la época de Carlos II. Lo ilustran así retratos muy diversos, destacando en ese sentido el de María Viña de Vergara y Alvarado de Bracamonte, marquesa de Villanueva del Prado, que procede de una colección de Sevilla y, al parecer, ofrece datación en 1687. Muy semejante a él es el de María Ana Lezur de la Torre, fechado dos años después y pareja de una efigie análoga de Juan Yansen Verschueren, su marido.

Donde se evidencian mejor las novedades que impuso el siglo XVIII es en la figuración de mujeres aristócratas, ya que la nueva dinastía de los Borbones trajo consigo cambios notables en el vestir y en la apariencia pública de nobles, burgueses y otros vecinos de cualquier ciudad notable. El retrato hasta ahora desapercibido de Antonia Josefa del Hoyo Solórzano y Figueroa (1717-1735) es un buen ejemplo para calibrar dichas transformaciones [II.2], al igual que lo es el de José Jacinto de Mesa y Castilla (1690-1780) entre las efigies masculinas. Se da la particularidad de que el último, ya estudiado con detalle, ostenta la fecha de 1749 y la firma del joven Juan de Miranda (1723-1805), quien un año después pintaría el retrato semejante de Baltasar Peraza de Ayala (1701-1770) que cuelga aún en la ermita de la Trinidad [fig. 2]. Algo posterior es el óvalo donde José Rodríguez de la Oliva (1695-1777) figuró a Fernando de la Guerra y del Hoyo (1734-1799), vizconde del Buen Paso y marqués consorte de San Andrés, cuya valía radica precisamente en que ejemplifica las novedades aportadas por el atuendo común a mediados de siglo, es decir, el tendente al uso de pelucas con menor volumen y prendas confeccionadas con terciopelo bordado, no ya con sedas coloristas.

Estos aristócratas y otros de su tiempo eran partícipes de un mundo en cambio, por lo que no desaprovecharían tal coyuntura para conceder un reconocimiento mayor a su descendencia o linaje. Aunque esa práctica fue común en el siglo precedente, el Setecientos propició la petición de diversos títulos y distinciones nobiliarias desde La Laguna. Para ello era oportuno presentar relaciones genealógicas, limpiezas de sangre o autos de filiación y nobleza, a veces incluyendo escudos compartimentados que dieran cabida a todas las armas de la familia con sus alianzas. Muestra de dicha dinámica son ejemplares que pertenecieron a los Roo, Bigot y Villarreal (1707) y a los Mesa con apellidos afines (1789), ambos en el archivo de Ossuna, siendo el último un trabajo probable de Cristóbal Afonso (1742-1797).

Las primeras décadas del siglo XIX no aportaron novedades a la efigie nobiliaria, aunque, por lo general, los vecinos más notables de la ciudad recurrieron a Luis de la Cruz (1776-1853) para perpetuar su imagen en lienzos y miniatura. El repertorio de obras a señalar en ese sentido es ingente, lo que viene a demostrar que el retrato era ya un género popular y no exclusivo de la oligarquía reformada. En este tiempo predominaron cuadros de formato y acabado muy diverso, donde los modelos, sobre todo hombres y mujeres que estaban en contacto con la realidad europea, adoptan cambios, modismos y usos sociales que triunfaban ya en Inglaterra y Francia. Apareció entonces el retrato en grupo [VII.3], al igual que una preocupación por singularizar la efigie de cada individuo sin excluir los atributos del pasado. Lo demuestra así una representación en el olvido de Juan Primo de la Guerra (1775-1810), tercer vizconde del Buen Paso, cuyos familiares y él mismo fueron retratados varias veces durante los primeros años del siglo.

De esas mismas fechas podría ser la figuración conocida de Juan Tabares de Roo (1764-1847), regidor y secretario de la Junta Suprema, obra de atribución tradicional a Luis de la Cruz que sorprende por un marco decorado con escudo y el formato, no habitual décadas antes ni en aquel momento. Al margen de ello, su acabado de técnica suelta y pincelada algo expresiva, a nuestro juicio contraria al arte de dicho maestro, preludia una sensibilidad de corte romántico que conduce irremediablemente al siglo XIX.

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