Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XXIII). Visita a Pompeya y Sorrento (II)

La Pompeya antigua fue muerta y sepultada bajo una gruesa capa de cenizas amasada con agua caliente por la terrible erupción del Vesubio del año 79 después de Cristo. Trás el silencio de la muerte, cayó sobre Pompeya cadáver el triste olvido de muchos siglos de historia de la Humanidad, hasta que el año 1748, siendo rey de Nápoles nuestro Carlos III, se empezaron las excavaciones habiendo sido motivado este histórico acontecimiento por el hecho casual de haber encontrado unos labriegos, cuando abrían un pozo en unos viñedos, algunos objetos de arte. Fué, pues, Carlos III quien empezó a despojar de su mortaja de cenizas a la Pompeya difunta.

Visitémosla. Cuatro son las puertas que dan acceso a las excavaciones. Nosotros penetramos por Porta Marina. En la imposibilidad de relatar cuanto allí vimos, me contraigo a una exposición general. Al franquear la puerta una escena fantástica nos sorprende. Motívala la alineación perfecta de calles paralelas y transversales que parecen trazadas sobre un inmenso tablero de ajedrez, ostentando a ambos lados hileras de paredes blanquecinas, en parte derruidas, intactas en parte. Esta es la ciudad resucitada. Empezamos a caminar y observamos que las calles están cubiertas de piedras irregulares y lisas siendo sus aceras altas. De tramo en tramo, tres piedras grandes y sobresalientes, distantes una. de otra como unos cincuenta centímetros, a modo de pasarela o puente, ocupan la anchura total de la calle. En los días de lluvia, gracias a la colocación de estas piedras, podía continuar en la ciudad el tráfico rodado y de peatones. Las casas están sin techos y los huecos al descubierto. Van apareciendo multitud de arcos.

Aquí el Antiquarium, nos dice un experto guía; más allá el Foro, y el templo de Apolo y el de Júpiter, conoudo por el Capitolium; luego el Teatro Grande y a su lado, el Teatro Pequeño; a continuación la vía Stabiana con muchos sepulcros y las termas del mismo nombre, las Termas Centrales o baños públicos, la casa de Salustio y la del Cirujano, la Villa de los Misterios con pinturas murales lúbricas, talleres de Tejedores, panadería, tabernas y hasta lupanares. A lo largo del recorrido de estas desérticas y misteriosas calles y de las ruinas de sus edificaciones va apare¬ciendo con meridiana clarividencia el sentido exacto en todos sus aspectos de la vida de aquella antigua sociedad.

¡Qué espectáculo más conmovedor debe ser el apreciar estas ruinas de noche a la pálida luz de la luna!

Por la vía de la Abundancia hemos descendido hasía el Anfiteatro, después de haber recorrido todo el recinto en muchas direcciones. Esta magnífica plaza de espectáculos fue objeto de nuestra curiosidad por algunos minutos, contemplándola desde lo más alto de sus muros. Como el de Roma fue este Coliseo una obra acabada en su género, con galería, gradas, fosos, arena, etc., pero, de proporciones mucho más pequeñas. Se dice, que en este gran Anfiteatro, capaz para veinte mil personas, se hallaba reunido el pueblo cuando tuvo lugar el cataclismo que borró a Pompeya de la faz de la tierra.

Hemos terminado nuestra visita a la ciudad muerta y luego, por obra de los hombres, resucitada.

Al abandonar aquellas ruinas llevábamos en el alma una angustia seca y profunda que nos desazonaba: era la angustia que inevitablemente siente el hombre cuando su alma está poseída del torturante sentimiento de la tristeza por el recuerdo de seres y cosas perdidas para siempre como por ejemplo, la que se apodera de nosotros cuando el día de finados salimos de nuestro cementerio, en donde hemos dejado las siemprevivas de nuestras oraciones prendidas de nuestros más tiernos y queridos recuerdos, con la diferencia de que de nuestras necrópolis, junto con la tristeza, sacamos también para mitigarla esa sublime palpitación del religioso y emocionado amor hacia los que allí duermen eí sueño de la muerte, y las plegarias siguen afines pegadas a nuestros labios ungidas siempre con el bálsamo de una esperanza cierta, pero de las ruinas de Pompeya, de donde ha desaparecido el concepto individual de la persona y donde sólo pervive eí de colectividad, únicamente extraemos, adherido al corazón, el silencio frío que dos mil años han ido depositando sobre una sociedad extinta y petrificada al momento de morir.

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