25 Aniversario «La Laguna Patrimonio Mundial»: San Diego del Monte en 1910 (y II) Recopilación: Julio Torres Santos

(…) Los frailes de San Diego atravesaban la laguna en barcas. Hábiles remeras, cruzaban las aguas cenagosas, imágen del mundo corrompido que la mística pinta y maldice, precaviendo contra sus riesgos innumerables al pecador.

Serían de ver los buenos religiosos en la tarea de conducir sus embarcaciones a través del reducido piélago, arremangados los hábitos, aferrados al remo los brazos nervudos, expertos en manejar el timón de la nave de Dios… o que hiciese de manera que tornara al conyugal redil un marido descarriado, y la prole crecía lozana, y el marido en extravío tornaba sumiso y tierno. De estos prodigios, y aun de otros mayores, obró muchos Fray Juan.

¡Qué falta nos hacen hoy hombres así, en quienes floreciera mil veces el milagro, no para creer, que la fe verdadera no necesita estímulo, sino para aligerar con celestes dádivas y bendiciones la carga de la vida!

Aun está en pie la’ celda del leguito. Las paredes, cubiertas de inscripciones, algunas harto irreverentes, desvían la imaginación del rumbo glorioso que el recuerdo de tantas maravillas la hace seguir; y cuando se considera que en tan estrecho recinto tuvo albergue tanta beatitud y tanta potencia milagrera, el ánimo del visitante se anonada y se confunde. ¿Por qué se habrá extinguido para siempre la casta maravillosa de los legos que resucitaban pollinos? En un lienzo comido por el tiempo, campea, apenas discernible, la imágen de Fray Juan. Era muy feo, como casi todos los Santos.

En la época en que el convento de San Diego se hallaba en su mayor auge, las tierras bajas que rodean’ la antigua ciudad de San Cristóbal estaban anegadas y formaban un extenso lago.

De ahí la denominación que aquella lleva desde su orígen.

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